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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El muro de la desconfianza y del prejuicio sólo se destruye con la fe viva.
Homilía o241002a, predicada en 20120917, con 5 min. y 5 seg. 
Transcripción:
Tenemos bastante certeza de que el evangelista Lucas es también el autor de los Hechos de los Apóstoles. Es decir, dos libros de la Biblia provienen de este mismo autor, Lucas. De hecho, en el comienzo de su obra de los Hechos de los Apóstoles, Lucas hace referencia a su otra obra el Evangelio. ¿Quién era este Lucas? No era judío. Ese dato es importante. Él recibió, si no toda la mayor parte de su formación como cristiano de la predicación de San Pablo Tuvo incluso el privilegio de acompañar a Pablo en algunos de sus viajes. Y en el libro de los Hechos de los Apóstoles hay una serie de secciones que los estudiosos de la Biblia llaman las secciones nosotros porque son aquellas partes en que Lucas escribe en primera persona. Salimos, encontramos, fuimos. Este Lucas que no es judío, lo vuelvo a destacar, tenía una percepción muy particular sobre el Evangelio del Señor, porque como es bien sabido, los judíos tenían un gran rechazo hacia los demás pueblos, hacia los pueblos paganos. Esos pueblos también los llaman la Biblia. Los gentiles. Los judíos despreciaban a los pueblos paganos por su estándar moral demasiado bajo, por sus costumbres corruptas, porque eran idólatras. Pero a su vez, esos pueblos paganos tenían una gran desconfianza y muchas veces verdadero desprecio hacia los judíos en quienes veían gente sencillamente obstinada, gente rebelde, gente pretenciosa y extraña. Esta distancia entre el pueblo elegido y los demás pueblos era como un muro. Y el apóstol San Pablo habla de cómo Cristo derribó ese muro, sobre todo en el momento de la cruz. Pero lo que tenemos en el pasaje del Evangelio de hoy, tomado del capítulo séptimo de Lucas, es un ejemplo de cómo se derriba ese muro, porque lo que encontramos es a un pagano, un centurión romano que le pide un favor a Cristo. La fama de los milagros de Cristo ha llegado a oídos de este centurión romano. Y él, que tiene uno de sus criados, sufriendo mucho en grave enfermedad, se pregunta si Cristo podrá hacer algo por ese hombre. Y entonces la necesidad y la compasión rompen el muro del lado de los paganos hacia Cristo. Y Cristo rompe ese muro tomando una actitud resuelta. Yo voy a curarlo. Es decir, ese muro de desconfianza, de prejuicio y de mutuo desprecio empieza a caer de un lado y de otro. Pero hay una victoria definitiva y esa victoria definitiva es la que da la fe, le dice el centurión: No es necesario que entres bajo mi casa. Yo tengo gente a mis órdenes. Yo sé lo que es la obediencia. Mándalo y con tu palabra mi criado quedará sano. Y Jesús llega a hacer este elogio que tuvo que sonar como un latigazo en los oídos de los judíos que estaban alrededor. En Israel. No he encontrado tanta fe. Fe. Fe. La fe es la que rompe el muro. Importante reconocer nuestra necesidad. Importante saber que hay un Cristo compasivo, pero solo la fe. La fe en ese poder de Dios termina de reventar ese muro. Y hoy te invito a que tú también, en el nombre de Jesús, rompas los muros, eches abajo las barreras. Hoy te invito a que en el nombre de Jesús y guiado por esa fe, quites ese último obstáculo y recibas el torrente de la bendición de Dios. Detrás de tu miedo, detrás de tu prejuicio, hay un Dios que quiere bendecirte. Como tú no te imaginas.

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