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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La pobreza espiritual es el puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: confiar plenamente en Dios. En el Nuevo Testamento suelen llamarse ricos a los que se apoyan en sí mismos, es decir, los más desventurados de todos.

Homilía o233012a, predicada en 20260909, con 8 min. y 12 seg.

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Transcripción:

¿Te has preguntado alguna vez qué puente une al Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento? Es una pregunta que parece muy profunda, quizás demasiado académica, quizás demasiado erudita, quizás demasiado distante de nosotros. Con la esperanza puesta en Dios, espero que al terminar esta reflexión estés convencido, lo mismo que yo, que no se trata de algo lejano ni abstracto, sino que es algo profundamente cercano, intensamente real.

Cuando nosotros hablamos del Antiguo Testamento, hablamos de la ley de Moisés. Cuando hablamos del Antiguo Testamento, hablamos de los patriarcas como Abraham, Isaac, Jacob, hablamos de los reyes y de los profetas, hablamos del destierro y del retorno del destierro, estos son grandes temas que aparecen en el Antiguo Testamento. ¿Cómo conectan todas esas historias con, por ejemplo, Juan Bautista? ¿Cómo conecta todo ese relato, por ejemplo, con el mismo Cristo, con el bautismo de Cristo? ¿Cómo conecta todo eso con los milagros, con los exorcismos? ¿Cómo conecta con el Evangelio que escuchamos el día de hoy?

El Evangelio de las Bienaventuranzas según la versión de San Lucas, esto está en el capítulo sexto de ese evangelista. ¿Cómo se puede decir que hay una conexión entre una cosa y otra? No está tan fácil. He aprendido y quiero compartir de lo que he aprendido. He aprendido que la más profunda conexión está a través de una de las palabras que mencioné y que es la palabra destierro. La palabra destierro es muy importante. En el siglo VI antes de Cristo, lo que quedaba del pueblo de Dios, que era básicamente la tribu de Judá, fue atacado, fue sitiado, fue diezmado, maltratado, estrujado por un poder, el poder del Imperio caldeo.

Y esa situación, ese dolor, marcó profundamente la vida del pueblo de Dios. Como lo que quedó del pueblo de Dios en ese momento fue la tribu de Judá, por eso de ahí en adelante vamos a hablar particularmente de los judíos, son los judíos lo que quedó del pueblo de Dios. Y esos judíos que fueron desterrados, esos judíos que vivieron la tragedia del destierro, recibieron en esa profunda y dolorosa humillación, recibieron un don. Y ese don lo conocemos con esta palabra: pobres, los pobres de Dios, recibieron el don de la pobreza espiritual.

¿En qué consiste esa pobreza? Mira, pobreza espiritual quiere decir cuando una persona ha aprendido por la experiencia, porque no es una cosa únicamente de la cabeza, cuando la persona ha aprendido que no vale la pena, no sirve poner confianza en los poderes de este mundo, no sirve, no funciona. Porque es que a lo largo del Antiguo Testamento muchas veces el pueblo de Dios, incluyendo lo que quedaba al final, que eran los judíos, muchas veces ese pueblo buscó poner su confianza, por ejemplo, en el imperio de Asiria, o poner su confianza en Egipto, o poner su confianza en sus propios ejércitos.

Intentaron poner su confianza en muchas, muchas cosas, pero todo les falló, todo. Y el hecho de que todo les haya fallado, aunque es muy doloroso en sí mismo, fue una bendición, porque como todo les falló, aprendieron a fiarse solo de Dios, aprendieron incluso a desconfiar de ellos mismos, aprendieron que no puede uno considerarse abundante porque tiene riquezas, porque tiene poder, porque tiene salud, porque tiene juventud, porque tiene amigos. Aprendieron que, en realidad, la vida está llena de contingencias, de imprevistos, de injusticias, de tantas situaciones que nos rebasan, porque todo eso fue lo que ellos vivieron precisamente en el destierro.

En el destierro, podemos decir, que todo les falló. Sus propios planes, su propia virtud, sus propias certezas, todo se hundió, todo, todo se hundió. Por eso, el destierro es la palabra clave. Y lo que salió después del destierro, o lo que quedó después del destierro, o lo que volvió después del destierro, es precisamente lo que llamamos el resto. El resto de Israel, el pequeño resto, ese pequeño resto es el puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Fíjate que, estos acontecimientos del destierro sucedieron en el siglo VI antes de Cristo.

Y, sin embargo, si nosotros miramos, pues resulta que mucho después, bastante tiempo después, lo único que quedaba, ya lo dije, era ese pueblo pobre, ese pueblo humilde, era lo único que quedaba. Fueron muchos años, siglos enteros de paciente espera, de profundo dolor. Y en medio de ese dolor y en medio de esa espera, podemos decir que el pueblo iba forjando su esperanza con mucha dificultad. Pero ya no era una esperanza en que va a venir Egipto a liberarnos, en que va a venir Asiria, a liberarnos, ni siquiera en que los persas van a hacer algo por nosotros. Y menciono a los persas porque fue gracias a los persas que acabó el tiempo del destierro.

Pero no, ya la esperanza no está puesta en los persas, ni en los romanos, ni en Egipto, ni en las propias fuerzas. Esa es la pobreza espiritual y eso es lo que Cristo quiere decir cuando pronuncia las bienaventuranzas y dice: «Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de los cielos». Bienaventurados vosotros los pobres, los pobres son esos pobres los que han aprendido a apoyarse genuinamente en Dios y solamente en Dios y profundamente en Dios, obstinadamente apoyarse en Dios.

Por el contrario, los que siguen creyendo que todavía son abundantes y que tienen muchas riquezas, y que tienen mucha inteligencia, y que tienen muchos amigos, y que tienen mucho conocimiento, pobrecillos. ¡Ay de vosotros los ricos! Entonces, ¿qué son los pobres? Los que aprendieron a apoyarse en Dios, lección que viene de siglos atrás del destierro. Y ¿quiénes son los ricos? Los ricos son los que todavía creen que pueden apoyarse en sí mismos, son los más desventurados de todos. Ese es el puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, que Dios te bendiga.

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