Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El llamado de Dios tiene que ver con la persona que lo recibe, con la comunidad cristiana en que vive y con el mundo al que va a servir. La vocación perfecta objetivamente hablando es la consagración plenamente a Él, pero lo definitivo es la manera de responder a la llamada que nos hace el Señor.

Homilía o233011a, predicada en 20240911, con 8 min. y 59 seg.

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Transcripción:

Una de las características de la primera carta a los Corintios, o en realidad de las dos cartas que se conservan, cartas de Pablo a los Corintios, es la variedad de temas que Pablo toca. Evidentemente, esta variedad de temas responde a la variedad de preguntas o inquietudes que le presenta la misma comunidad, porque Pablo evidentemente está tratando de responder a las inquietudes de ellos. Entonces, pues ahí tenemos esa, esa variedad. Nos encontramos con que Pablo les habla en distintos momentos, les habla de la Eucaristía, les habla de los carismas, les habla de la carne inmolada a los ídolos, les habla de problemas de inmoralidad que tienen que superar.

Y hoy, en el capítulo séptimo de la primera carta, Pablo les habla sobre una vocación muy especial. Es algo de lo que también nos habló Cristo, por supuesto, y que ante todo lo vivió Cristo, así como lo vivieron los apóstoles y así como lo vivió Pablo. Y es ese llamado particular que algunas personas han sentido el llamado a entregarse a Dios, el llamado a servir a Dios, sin formar una familia. Es decir, es tan natural que el hombre guste de la mujer, la ame y quiera formar un hogar. Es tan natural que la mujer sienta ese deseo de ser amada por un hombre y forme un hogar con ese hombre y tenga hijos, es algo tan natural, que nos puede llamar la atención que algunas personas pues parece que miran su vida de otra manera.

El mismo Cristo, pues, no tuvo una esposa ni unos hijos, los apóstoles, pues probablemente algunos de ellos habían sido casados, como fue el caso del mismo Pedro, pero pues evidentemente cuando ya se entregaron a la labor del apostolado, pues ya, ya ellos siguieron un camino sin una esposa, sin unos hijos. Y de esto tenemos plena certeza, porque si hubiera habido hijos de esos apóstoles, pues evidentemente esos hijos hubieran tenido un lugar particular, un lugar singular en la predicación o en la vida de aquellas comunidades cristianas. Y ningún, ningún, ninguno de los testimonios antiguos, ninguno de los escritos antiguos nos habla de eso.

Entonces, ahí es donde se presenta esta situación, que por una parte es completamente natural y es completamente bello que algunas personas o muchas personas sientan el llamado de formar un hogar, eso es muy bello. Pero, por otra parte, pues tenemos también la situación de que hay personas que tienen un llamado distinto. Jesús en un momento dado, llama a los varones que tienen ese llamado, los llama eunucos por el reino de los cielos y es algo, es algo, algo hermosísimo. Entonces, uno se pregunta ¿cómo se relacionan estas vocaciones? Y nuestra respuesta va a ir en tres pasos.

Primero, darnos cuenta de que como es Dios el que da las vocaciones, pues Dios no tiene que darle la misma vocación a todo el mundo. Si bien es perfectamente natural y hermoso, ya lo he dicho tres veces, que algunas personas o muchísimas personas se sienten llamadas a tener una esposa, tener un esposo, tener un hogar, tener unos hijos. Eso no significa que Dios le dé esa misma vocación a todo el mundo, eso es lo primero que debemos tener claro. Dios es el que hace el llamado y Dios hace el llamado de acuerdo con lo que Él mismo le ha dado a cada persona y, a la vez, de acuerdo con ese cuerpo místico que es la Iglesia y, a la vez, de acuerdo con las necesidades del mundo en cada época, porque eso es lo maravilloso del llamado. El llamado que Dios da, al mismo tiempo, tiene que ver con la persona que lo recibe, con la comunidad cristiana en que vive y con el mundo al que va a servir. Y solamente Dios es el que sabe cómo articular todo ello, a quién llama y cómo llama. Eso es lo primero, Dios es el Señor, Dios es el que llama.

Segundo, démonos cuenta que, según la enseñanza de Pablo, en sí mismo, es decir, desde un punto de vista objetivo, es superior la vocación de aquellas personas que se entregan a Dios completamente, en sí mismo. Es decir, es superior la vocación de aquella mujer que se entrega a Dios radicalmente como religiosa, por ejemplo, como virgen consagrada. Nosotros tenemos en Colombia vírgenes seglares dominicas, mujeres consagradas completamente al servicio de Dios. Entonces, la gente se entrega, hay una entrega de las personas. Y eso, para la vida de la Iglesia es una señal absolutamente preciosa. Esa señal preciosa en sí misma, tiene un valor de signo, un valor de llamado, un valor de ejemplo que es muy valioso, es tremendamente valioso para toda la Iglesia. O sea que, objetivamente hablando, es más perfecto el celibato por el reino de los cielos, a la manera de Pablo, a la manera de Cristo, a la manera de los apóstoles.

Pero aquí viene el tercer punto, si bien es un estado más perfecto el dedicarse completamente a Dios, eso no es lo definitivo en la eternidad. ¿Por qué? Porque si una persona, por ejemplo, toma un camino de perfección, como es la vida religiosa, pero luego vive en mediocridad, con egoísmo, con rebeldía, con murmuración. Su llamado era muy perfecto, pero su manera de vivirlo, pésima. Entonces, lo definitivo no es cuál es la llamada que Dios te hizo, lo definitivo es que la respuesta que tú le das a esa llamada esté llena de fe, esté llena de esperanza y, sobre todo, esté llena de caridad. Si bien es verdad que es más perfecto ser célibe por el Reino de los Cielos, vamos a ver cómo vas a vivir tú ese celibato, si lo vas a vivir en plenitud de amor o si lo vas a vivir en medio de egoísmo, de oportunismo, de mentira, de doble vida, de hipocresía.

Entonces son los tres elementos. Primero, que Dios es el dueño de todas las vocaciones y que solo Él sabe dar una vocación que al mismo tiempo responde a lo que tú eres, a lo que vives en tu comunidad cristiana y a lo que necesita el mundo. Segundo, que objetivamente hablando es más perfecto el estado de consagración a Él con todo nuestro ser, con todo nuestro cuerpo. Nadie duda de eso. Pero tercero, que lo definitivo no es si tu estado de vida es más perfecto, lo que es más importante es cómo respondes tú, desde la fe, la esperanza y la caridad, al llamado que Dios te hizo. Y por eso no es de extrañarse que haya laicos casados con hijos y ya han llevado, y tal vez están llevando una vida de enorme perfección, que puede superar a muchos de nosotros, religiosos o sacerdotes. Lo definitivo está en la respuesta, repito, de fe, esperanza y amor que tú le des al Señor.

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