Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pidamos al Señor no ser ciegos a nuestras necesidades, que descubramos nuestra pobreza y que desde ella sepamos ser fieles y felices ante Dios.

Homilía o233008a, predicada en 20200909, con 6 min. y 38 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy nos presenta una versión de las bienaventuranzas según San Lucas. En la Biblia tenemos dos versiones de las bienaventuranzas, una según San Mateo en el capítulo quinto, y otra según San Lucas en el capítulo sexto. Hay varias diferencias entre estas dos presentaciones. En Mateo resultan unas 7 u 8 bienaventuranzas, según se haga la cuenta. En Lucas son solamente 4, pero además, en Lucas hay un contraste entre 4 bienaventuranzas y otras 4 que a veces se han llamado malaventuranzas, y que a veces se presentan con la expresión ¡ay de vosotros!, es la traducción usual.

Es muy interesante ver el origen de esa interjección, esa exclamación de Cristo: ¡Ay de vosotros! Ese ay de vosotros, en latín se dice «Vae», en griego se dice «Ouaí» Ese «Ouaí » es una expresión que puede denotar dolor, o puede denotar denuncia, tiene esos dos significados. Y creo que este pasaje del Evangelio es uno de esos en los que ir a nuestras raíces griegas ayuda. Si se mira la etimología, si se mira el origen de esa exclamación de Cristo, ese «Ouaí» en griego, es, en primer lugar, una lamentación, es una señal de pesar, una señal de dolor. Luego, con el tiempo, esa señal de dolor se interpretó también como una señal de denuncia, como cuando yo estoy muy disgustado, estoy indignado con alguien y le digo: ay de ti, como advirtiéndole lo que se le viene encima.

Pero repito, porque esto es clave para esta explicación, el primer sentido del griego «Ouaí» es que hay dolor. Y ese dolor, que es el sentido primario de esa expresión de Cristo, es dolor por aquellos a los que el mundo considera muy felices, empezando por los que abundan en bienes materiales. Quedémonos con la idea de que se trata de una expresión de lamento y un lamento que Cristo dirige a estas personas, así como les asegura felicidad y, en cierto sentido, se une a la felicidad de aquellos que reciben las bienaventuranzas, Cristo está aquí lamentándose por aquellos que quedan como excluidos de esa felicidad. ¿Es una exageración de Cristo, es una exageración de la predicación de la Iglesia? De ningún modo.

Hay un mensaje muy bonito, una meditación muy bonita que tiene San León Magno, Papa del primer milenio. San León Magno, reflexionando sobre las bienaventuranzas, por ejemplo, dice: No cabe duda de que es mucho más fácil para la persona necesitada adquirir virtudes que son muy conformes al Evangelio. Virtudes como la humildad, como la mansedumbre y como la confianza. Podemos decir que el tener que enfrentarse uno con su propia situación de necesidad, el tener que el tener que afrontar esa necesidad, hace que más fácilmente y más ágilmente pueda llegar a estas virtudes.

Mientras que la persona que abunda en sus propios recursos o en sus propias cualidades, o en sus propios conocimientos, o en la multitud de sus amigos, o en la capacidad de impacto de influencia que tienen otros, esa persona que tiene toda esa abundancia, esa persona, le cuesta más trabajo, por ejemplo, desarrollar la humildad. Es muy fácil para la persona que abunda en riquezas, en conocimientos, en amigos, en salud, en belleza, también la belleza física entra en esto, la persona que abunda en todas esas cosas le queda un poco más difícil no utilizarlas únicamente para su provecho, no llenarse de orgullo, no despreciar a otros, aprender a confiar en los demás. Con muchísima frecuencia, la persona que tiene amontonados muchos recursos y ya dije, recursos materiales o de otro orden, esa persona que se siente rica en todo eso, difícilmente encuentra espacio para la mansedumbre, difícilmente encuentra espacio para la oración.

Existen personas, lo dice el mismo Papa León Magno, existen personas que por supuesto, desarrollan estas cualidades, pero seguramente las desarrollan porque descubren su necesidad en otros campos de la vida, en otros aspectos de su vida. O sea que sigue cumpliéndose que, muchas veces, lo que nos lleva a las puertas del Evangelio y con el Evangelio, a las puertas de una felicidad duradera, muchas veces lo que nos lleva es la necesidad y en ese sentido la pobreza. Y por eso cuando vemos a una persona que no parece tener esa pobreza o por lo menos no logra verla, no logra encontrarla ¿qué sentiremos hacia ella? Lamentación: Ay, pobre. Ay, pobre rico. Ay, pobre. Le costará mucho trabajo. Y muchas de estas personas llegan de corazón a Dios solamente cuando una necesidad muy grande como una enfermedad, como un problema gravísimo de un hijo, les toca el corazón.

Jesús se estaba lamentando y Jesús sabía por qué tenía que lamentarse. Jesús sabía que estaba diciendo, y por eso nosotros hemos de pedir al Señor que no seamos ciegos a nuestras necesidades, que descubramos nuestra propia pobreza y que desde ella sepamos ser fieles y también felices ante Dios.

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