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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pidamos a Dios que nos ilumine para ser fieles a la vocación a la que hemos sido llamados, el matrimonio o el celibato.
Homilía o233006a, predicada en 20160907, con 5 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Nuestra primera lectura en la Eucaristía de hoy está tomada del capítulo séptimo de la primera Carta de San Pablo a los Corintios. Creo que este capítulo es importante para recordar la diferencia que enseñamos en la Iglesia Católica entre lo que son los mandatos y lo que son los consejos. Una cosa son mandatos, otra cosa son consejos. Como indica el nombre, los mandatos o mandamientos se refieren a aquellas cosas que son buenas o que son malas y que, por consiguiente, hay que hacer o hay que evitar. Así, por ejemplo, cuando se nos manda que seamos respetuosos y afectuosos con nuestros padres, ese es un deber, ese es un mandamiento.
Cuando se nos dice, en cambio, como es el caso del texto de hoy, cuando se nos dice: Yo no tengo un mandamiento, así nos dice el apóstol. Yo no tengo un mandamiento del Señor con respecto al celibato, es decir, permanecer solteros, permanecer sin pareja y sin hogar para Cristo, en razón de Cristo, por motivo del Reino de los Cielos. Dice San Pablo: «Yo no tengo un mandamiento, pero doy mi parecer», ¿ves? No se trata de un mandamiento, porque si fuera un mandamiento, si fuera algo obligatorio, quiere decir que toda persona que se une en matrimonio está faltándole a Dios, está cayendo en pecado. Y Pablo aclara y dice: No, no es un pecado, por supuesto que no es un pecado, el casarse no es pecado, el unirse en matrimonio no es pecado. Pero el hecho de que no sea malo tampoco quiere decir que sea el máximo, bien porque se puede aspirar a un bien mayor.
Ese bien mayor es del que nos habla también Cristo, por ejemplo, en el capítulo 19 del Evangelio según San Mateo. Ahí explica Jesús que es una vocación, que hay personas que sienten ese llamado y sienten la libertad interior para acoger ese llamado. De modo que sí, es un llamado, no es algo que sea estrictamente obligatorio, pero si alguien ha recibido ese llamado, entonces hará bien en ser fiel a esa inspiración y hará bien en responderle a Dios con esa invitación que le ha hecho. Así que, vistos como estados de vida, es más perfecto permanecer célibe, permanecer soltero para entregarse completamente al Señor, como dice Pablo, en cuerpo y alma, de modo que cada sacrificio, cada penitencia, cada cosa que se vive, se vive únicamente en razón de Dios.
Porque lo que le puede suceder y, de hecho, le sucede a veces a las personas casadas, es lo que Pablo llama la tribulación de la carne. Equivocadamente, muchas personas piensan que la tribulación de la carne se refiere, por ejemplo, al deseo sexual. No tiene que ver con eso, la tribulación de la carne es el conflicto en el que entra una persona cuando sabe que lo que Dios quisiera de ella es algo, pero si realiza eso, entra en conflicto con su pareja. Pensemos en el caso de una persona que quiere comprometerse, tiene el tiempo y quiere entrar en un compromiso de servicio más amplio en su parroquia, pero resulta que su pareja, por ejemplo, su esposo, se disgusta y continuamente está riñendo a esta mujer y le está diciendo que está abandonando el hogar, y ella no lo está abandonando, pero le dice eso simplemente para impedirle esa buena obra.
Entonces, esta pobre mujer queda en la situación de que siente que Dios la llama a servir un poco más, pero también tiene un esposo y no puede entrar continuamente en conflicto con el esposo en esa clase de decisiones. Habrá cosas en las que sí tiene que entrar en conflicto con el esposo, si el esposo le dice mira, vamos a volvernos narcotraficantes o vamos a poner un prostíbulo, pues obviamente ella tendrá que entrar en conflicto con esa propuesta que es criminal y que es completamente contraria a Dios. Pero en algo como esto ella no puede entrar, si el esposo le pone esa clase de resistencia, ella no puede entrar en ese conflicto permanente. Entonces, eso es lo que Pablo llama tribulación de la carne.
Resumiendo, como estados de vida, hay dos que se mencionan en el texto de hoy, el matrimonio y la consagración a Dios, o el dedicarse solamente a Dios, lo que usualmente se llama virginidad, el entregarse solamente a Dios, el celibato por el Reino de los Cielos. Y lo que nos está enseñando hoy la lectura es que ese estado de celibato por Dios es mejor que el matrimonio. Si esa es tu vocación, da ese paso, encontrarás mayor paz. Por supuesto, si tu vocación no es esa, el mismo Pablo explica, no estás cometiendo ningún pecado, si tú celebras y vives tu matrimonio. Que Dios nos ilumine y que cada uno de nosotros sea más y más fiel al don de la gracia.

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