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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Sin juzgar de personas individualmente consideradas, para San Pablo el estado de vida consagrado del todo a Dios es superior al matrimonio.
Homilía o233005a, predicada en 20140910, con 5 min. y 18 seg. 
Transcripción:
Toda la primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios está llena de doctrina, preciosa enseñanza que brota de situaciones específicas de aquella comunidad, pero que, bendito Dios, es doctrina que supera en su profundidad, en su belleza, en su alcance, supera ese contexto inmediato. Los problemas particulares que tenían los corintios indudablemente los aborda San Pablo, pero su sabiduría, la que le dio el Espíritu Santo, es tan grande que esas enseñanzas trascienden esos problemas específicos y han llegado a ser como una referencia permanente para la Iglesia.
Hoy, por ejemplo, tenemos una parte de un capítulo realmente muy importante, todos son importantes, capítulo séptimo de Primera de Corintios, es donde el apóstol se refiere al don del matrimonio y al don de la vida consagrada completamente a Dios. Lo que se suele llamar virginidad, entendiendo desde el principio que el sentido de esa vida virgen es esa consagración total a Dios, que por supuesto, excluye para el futuro cualquier relación de posesión en cuanto pareja, excluye la fecundidad de tener unos hijos, no porque eso sea malo, sino por una opción que le da su primacía y su lugar al Reino de Dios. San Pablo nos está enseñando dos cosas muy importantes.
En primer lugar, nos está diciendo que el matrimonio no es malo, pero, en segundo lugar, nos está diciendo que esta forma de vida, de celibato por Dios, de virginidad por Dios, entendiendo así virginidad, esta vida es superior, como estado de vida, es superior al matrimonio. Y eso es lo que necesitamos asimilar hoy, que el matrimonio no es malo, que el matrimonio tiene bendición de Dios. Si se celebra y se vive como Dios quiere, es un camino de santificación. Es el camino honesto y hermoso por el que Dios ha querido que se cumpla lo que Él mismo mandó: «Multiplicaos, llenad la tierra». Eso se cumple fundamentalmente a través del matrimonio, es un camino lícito, hermoso.
Pero, el otro camino que propone San Pablo, y esta es una novedad con respecto al Antiguo Testamento, es un camino superior. ¿Por qué es superior? Porque habla de un amor superior. Es superior porque nos acerca, hace más tangible, hace más próximo el estilo de vida que llevó Jesucristo, es superior porque está más cerca también de la realidad que nosotros tendremos, más allá de esta muerte que nos espera a todos, como lo dijo claramente Jesucristo, en el cielo ni hombres ni mujeres se casan. El matrimonio, camino precioso, para esta tierra. Pero bien lo dice la celebración del sacramento del matrimonio, la muerte los separa, el amor que hayan tenido en Dios ese esposo por esa esposa, esa esposa por ese esposo, ese amor en lo que tiene su fuente en Dios, permanece para siempre. Pero la calidad propia de esposo y de esposa como tal, es algo que cesa con la muerte.
En cambio, el amor que está en la persona que se consagra únicamente al Señor es un amor que traspasa la frontera de la muerte. Estas son algunas de las principales razones que esboza San Pablo y que luego la teología de la Iglesia ha desarrollado para que entendamos que el estilo de vida célibe, el estilo de vida virginal como estilo de vida, como estado de vida, es superior al matrimonio. Eso no significa que cada persona que esté en esa condición, en ese estado de vida, necesariamente está viviendo mejor que una persona casada. Muchas veces vemos que las personas casadas por su coherencia, por su generosidad, por el ejercicio de las virtudes, particularmente la fe, la esperanza y el amor, nos superan a muchos de los que tenemos otro camino. Pero es que aquí no estamos hablando de la comparación entre personas, sino la comparación entre estados de vida.
Que estas enseñanzas sabiéndolas entender, calen en nuestros corazones, que lleguen allá y que allá nosotros sepamos cómo el Señor a todos nos ha llamado a comunión con su amor y cada uno dentro de su propia vocación, es una proclamación, es un grito, es un canto a su hermosura.

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