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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo pronuncia las bienaventuranzas (los que se les ha roto el mundo) y desdichas (los que aún no e les ha roto el mundo) ante un mismo auditorio para que nosotros escojamos qué queremos para nuestra vida, invitándonos a que lo elijamos cuando se nos rompa el mundo.
Homilía o233003a, predicada en 20020911, con 24 min. y 22 seg. 
Transcripción:
Lucas era médico y estaba acostumbrado a mirar los síntomas, por ejemplo, San Lucas es el único que nos habla de ese sudor de sangre que tuvo Jesús en el momento de la oración del huerto. Lucas también nos cuenta cómo Jesús, en un determinado momento, viendo que el Evangelio tomaba fuerza entre los humildes, dice: «Se estremeció de alegría». Y eso es particular de Lucas haber dicho: Se estremeció. Y hoy, por ejemplo, en este texto de las bienaventuranzas, empieza con una sencilla descripción, Jesús estaba como mirando hacia el suelo, como recogido en sus pensamientos y de pronto levanta los ojos, así empezó el texto, ¿no? Levantó los ojos hacia los discípulos y les dijo. Y empiezan las bienaventuranzas según la versión de Lucas: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios», y así sucesivamente.
Subrayo este aspecto de lo descriptivo que San Lucas, porque Jesús dijo, según esta versión del evangelista, dijo cuatro bienaventuranzas, pero también cuatro lamentaciones. Y Jesús, según la versión de Lucas, no bajó la mirada, Jesús no cambió de auditorio. Entre los discípulos de Jesús, hay bienaventurados según la bienaventuranza que Jesús propone, y hay desdichados según la lamentación que Jesús pronuncia. Levantó los ojos y empezó a decir: Dichosos los pobres. Y cuando terminó todas aquellas bienaventuranzas: Pero, ay de vosotros los ricos, y no había bajado los ojos. Hay entre los discípulos de Jesús esa mezcla, y ahí creo que hay una enseñanza para nosotros.
No son dos públicos, no es que Jesús les estuviera diciendo a unos: Dichosos ustedes, los pobres. Bueno, terminé con ustedes. Váyanse, dichosos. Ahora voy con ustedes: Pobres de ustedes, ay de ustedes los ricos. No son dos auditorios, en un mismo discurso, Jesús proclama la bienaventuranza del corazón humano y la desgracia del corazón humano. A unas mismas personas Jesús les anuncia la felicidad y les pronuncia la desdicha. Bueno, y ¿cómo puede ser esto? Pues puede ser porque así es la Biblia, puede ser porque en el capítulo 28 del libro del Deuteronomio encontramos a Dios diciéndole a su pueblo: «Hoy pongo delante de ti la muerte y la vida. Escoge». A mi, ese texto del Deuteronomio me impacta profundamente. Escoge, esa es la palabra que Dios le pronuncia al hombre. Dios no se la dice a los rinocerontes, ni a los arroyos, ni a los gatos, ni a las culebras, ni a las orquídeas, ninguno de ellos puede escoger.
Pero a nosotros sí nos dice esa palabra, hoy pongo frente a ti la vida y la muerte, dice Deuteronomio 28, hoy están frente a ti, escoge. Pero lo hermoso de ese texto del Deuteronomio es que Dios le dice al hombre: Hoy pongo delante de ti la vida y la muerte, pero no le dice solamente escoge, le dice: «escoge la vida». Así también obra Jesús con nosotros. Mira, hay bienaventuranza y hay desdicha, escoge. Pero Él mismo, el mismo Jesús con su tenor de vida, con su corazón amoroso, con las señales del Reino, nos está diciendo, nos está gritando: Escoge la bienaventuranza.
Bueno, ¿qué tenemos hasta aquí? Que en la versión de San Lucas es distinta a la versión de Mateo. En la versión de San Lucas, Cristo a las mismas personas, con los mismos ojos y con la misma seriedad, le pronuncia la bienaventuranza y la desdicha. Evidentemente, esto solo es explicable si Jesús está abriendo caminos y está diciendo: escoge. Y Jesús nos está diciendo escoge, pero nos está invitando a escoger la bienaventuranza, esa que Él vive, esa bienaventuranza que Él mismo es. O sea que lo primero que podemos dejar como enseñanza para nosotros hoy es: Dios me llama, me invita, o si queremos decirlo en terminología sartreana, me obliga a ser libre, escoge. Y es tremendo, tremendo pensar lo que eso significa. Escoge, construye tu vida, eres una escultura que tiene que terminar de hacerse. Eres una pintura que va a terminar de pintarse. Escoge, cuál es el rostro que quieres, cuál es la figura que quieres, cuál es el destino que quieres. Escoge, esa palabra evidentemente nos invita a una reflexión muy profunda y a tomar con la seriedad del amor lo que nosotros somos y lo que podemos ser.
Pero miremos un poco el texto mismo de las bienaventuranzas, tratando de buscar luces, tratando de buscar en qué consiste esta bienaventuranza. Ya sabemos que Jesús nos invita, nos obliga, entre comillas, a escoger. Pues sepamos un poco que se puede escoger: «Dichosos los pobres porque vuestro es el Reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis porque reiréis. Dichosos cuando os odien los hombres y os excluyan». Jesús nos da, nos presenta como varios rostros de la desdicha, de lo que son desdichas humanas, la pobreza, la carencia, la tristeza, la mala imagen. Y a esos y a esos hombres y mujeres, a las víctimas de esas desdichas los llama dichosos. Es un lenguaje absurdo, desde luego. ¿Por qué? Una de las maneras de tratar de entender esta enseñanza de Cristo es tratemos de buscar qué tienen en común estas personas, qué tienen en común los que sufren carencias, los que lloran, los que son excluidos y marginados, los que pasan necesidad, qué tienen en común ellos.
Yo me atrevería a incluirlos dentro de una palabra que desde luego no está en el Evangelio, yo utilizaría la palabra dichosos los incompletos, dichosos los incompletos. Yo siento que tienen algo en común esos cuatro grupos de personas, esos pobres, esos que tienen hambre, esos que lloran, son incompletos, son cojos, no pueden, algo les falta, su mundo está roto. De pronto, en una traducción liberalísima podríamos decir, dichosos los del mundo roto, dichosos los que tienen roto el mundo, dichosos los que tienen roto el mundo, dichosos los que tienen grietas. Para ver si nuestra teoría es correcta, miremos al otro grupo para ver si ese otro grupo, el grupo de la desdicha, que seguramente somos nosotros mismos porque Jesús no cambió de auditorio, a ver si el grupo de la desdicha cumple con nuestra hipótesis de trabajo.
«Ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo. Ay de vosotros, los que estáis saciados, los que reís. Ay, si todo el mundo habla bien de vosotros». Parece que nuestra hipótesis funciona. Los del otro grupo son los del mundo completo, además, realmente no sabemos si Jesús estaba refiriéndose a cuatro grupos distintos de personas, como diciendo: El grupo de los pobres, el grupo de los que lloran, el grupo de los que tienen hambre y sed. No, es más o menos lo mismo, porque normalmente el que es pobre tiene hambre y sed. Es decir, no son cuatro grupos de personas dichosas y cuatro grupos de personas desdichadas, son cuatro miradas al mundo roto y cuatro miradas al mundo completo, entre comillas. Y lo que Jesús está diciendo es algo así como esto, si nuestra hipótesis es correcta, Jesús está diciendo algo como esto: Felices los del mundo roto, pobrecitos los que no se les ha roto el mundo. Y si lo miramos de esa manera ya no nos parece tan absurdo lo que estaba diciendo Cristo.
Lo que sucede es que Cristo era y es un gran Maestro, es el Divino Maestro, es el Maestro de maestros, y él utilizaba muchas de las técnicas que utilizaban los maestros judíos para grabar sus enseñanzas en sus oyentes. Una de esas técnicas, es decir, frases que parecen contradictorias. Porque una frase es contradictoria por su misma, por su misma fuerza, por su misma dialéctica interna, atrae la mente. Parece que Jesús lo que estaba diciendo era: Felices los que tienen grietas. Ay de aquellos que todavía tienen un mundo entero, un mundo completo. Ay de aquellos a los que no se les ha roto el mundo. Parece que ese fuera el sentido y es que por ahí como que va el texto, porque dice de esta manera: Ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo. No dice: Ay de vosotros los ricos, porque como ricos se merecen el infierno. No, son desdichados no por ser ricos, sino porque ya tienen su consuelo.
Pero miremos lo que sigue: Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre. Lo que Jesús pareciera estar diciendo es: Felices los que ya se les rompió el mundo. Ay de aquellos a los que no se les ha roto el mundo. Y eso tiene mucha lógica. Tiene mucha lógica desde tres puntos de vista que vamos a compartir ahora. Tiene mucha lógica desde el punto de vista de la experiencia del mismo Jesús. Resulta que Jesús, día a día, comprobaba ¿qué? Que los que tenían el mundo roto estaban cerca de él. Abrían los oídos, las orejas y el corazón para beberse el Evangelio. Los del mundo roto, los del mundo roto, abren el mundo, precisamente porque están descontentos, están buscando una alternativa. Precisamente porque les ha ido mal, están buscando que les vaya bien. Precisamente porque no tienen nada, están buscando poseerlo todo.
De manera que los del mundo roto, en la experiencia de Jesús, eran los que tenían el oído atento, mientras que los que estaban bien con su mundo completo, aquellos a los que no se les había roto el mundo, es decir, los que eran ricos y tenían como echarse sus chistes, pasarla bueno, vivir saciados y tener buena imagen. Esos que tienen buena imagen, que casi parece que es la mayor desgracia de una persona según Jesús, porque cuando todo el mundo habla bien de nosotros, todo el mundo nos habla bien y entonces nunca nos agrietan el mundo. Uno necesita gente que le agriete el mundo, porque si no uno cree que todo está en orden y que todo va bien. Un verdadero amigo es alguien que le agrieta a uno el mundo y que le dice: Oye, tú no eres tan bueno como pareces. Esto no lo hiciste bien. Mira, corrígete de esto. Ese es el verdadero amigo, el verdadero amigo me agrieta al mundo. Pero si un amigo no me agrieta el mundo, entonces no es un amigo, es alguien que me dejará hundir a la hora en que yo me caiga, me dejará hundir. Ese no es un verdadero amigo. Mi amigo me agrieta el mundo.
Bueno, pero dijimos que íbamos a encontrar, con la ayuda de Dios, algo de lógica en esto. Y ya vemos que en la experiencia de Jesús, así era. La gente que tenía los oídos atentos, la mirada fija, el corazón en vilo, estaban así, así, bebiéndose las palabras de Cristo. ¿Quiénes eran? Los del mundo roto, en cambio, los otros, los que estaban felices y completos ¿qué veían en Cristo? Un estorbo o un peligro, o sea que la experiencia de Jesús muestra esto. Pero no es solamente la experiencia de Jesús, es otra cosa. Fíjate lo que estamos diciendo, la especie de traducción que estamos haciendo de estas bienaventuranzas, estamos diciendo lo siguiente, mire, que Jesús dice: Dichosos los del mundo roto, pobrecitos los que no se les haya roto el mundo. Pero la frase completa es: Pobrecitos los que no se les haya roto el mundo porque se les va a romper. O sea que en la perspectiva de Jesús parece que la cosa es así, a unos ya se les rompió el mundo y a otros se les va a romper. Y eso también tiene mucha lógica, tiene muchísima lógica, porque eso es así.
Creo que una de las actividades humanas, llamémosla profesión, en donde uno más fácilmente puede comprobar que eso es cierto, es como sacerdote, porque uno está viendo muchas historias, muchas vidas en muchos momentos. Y hay una cosa muy real y es que la gente busca al sacerdote, especialmente cuando el mundo se le rompe. Y ahí comprueba uno que el mundo se le rompe a todo el mundo, valga la redundancia. Aquí es donde me ven, con todas las características visibles y no visibles, he tenido ocasión de confesar a personas tan distintas, ya tengo obispos en mi cuenta de confesados, me permito contarles, hasta allá ha llegado Dios conmigo. Obispos, sacerdotes, monjas, vírgenes, separados, viudos, niños, asesinos, de todo. Desde gente que uno siente que parece que nunca ha perdido la gracia bautismal, hasta gente que uno duda de si fue bautizada, todo género de personas.
Y lo que uno comprueba una y otra vez es que el mundo se le rompe a todos, a todos por una enfermedad, por una tristeza. Hay una frase que me gusta mucho: Si hubiera una vida sin ningún sufrimiento, no habría mayor sufrimiento que dejar esa vida. O sea que, si existiera una persona que no tuviera ningún problema, nada de nada, como se dice, no le duele una muela, nunca le sucede nada, nunca nadie le pone ningún problema, todo le funciona, todo va muy bien, nunca sufrió nada. ¿Cuántos años va a vivir? 213. No, no va a vivir 213, va a llegar a la muerte. El mundo se le rompe, el mundo se nos va a romper o se nos ha roto a todos y esa es una enseñanza muy grande.
La tercera lógica tiene que ver con esto que hemos dicho del mundo que se va a romper o que se rompe. Preguntémonos ahora, amados hermanos, ¿quién es Jesús? Si Jesús sabe esto, ¿quién es Jesús? Yo lo describiría de esta manera, vamos a suponer que esta pared es la Torre de Babel. Esta pared es la Torre de Babel, y vamos a suponer que los seres humanos hay una escala obviamente diminuta, porque si esta es toda la Torre de Babel, los seres humanos tienen que ser muy pequeñitos dentro de esa torre de Babel. Los microbios u hormiguitas que van aquí subiendo por esta torre de Babel. ¿Por qué hablo de la Torre de Babel? Porque en el fondo eso de cerrar el mundo no es otra cosa sino la Torre de Babel. La lógica de la Torre de Babel es esa: Yo, yo puedo, yo me basto. Tengo los recursos, la salud, la alegría y todos hablan bien de mí, yo me basto, esa es la torre de Babel.
Y aquí empiezan las hormiguitas a trepar, a trepar por la torre de Babel. Pero resulta que hay unas hormiguitas que no suben muy alto porque están mal alimentadas, porque pertenecen a un país subdesarrollado y se cayeron. Y hay otras hormiguitas que subieron otro poquito, pero también se cayeron porque se enfermaron y otras hormiguitas subieron otro poquito, pero se cayeron porque las traicionó un amigo y otras hormiguitas. De acuerdo con esta parábola de las hormigas en la Torre de Babel, lo que acabamos de decir es que finalmente todas las hormigas se van a caer, unos más alto y otros más bajo, pero a todos se nos va a romper el mundo.
Entonces, ¿quién es Jesús y qué es el Evangelio? La manera tierna de describirlo es que Jesús tiene un pañito o un pañuelito y está esperando a que se caiga la hormiguita para agarrarla. El Evangelio es ese pañito o casulla, en este caso, el Evangelio es ese pañito en el que Jesús va recogiendo nuestras vidas. Y Jesús lo que nos está diciendo es: Dichosos los que ya están en mi pañuelo y lo que les está diciendo a los que siguen trepando por allá es: Oigan, se van a caer. Claro, los que siguen subiendo mientras sigan en la riqueza y en la felicidad y comamos y bebamos hasta que nos digan el colesterol y gocemos y todo el mundo hable bien de nosotros. Los que están trepando y creen que se bastan a sí mismos, Jesús les dice: Oiga, que no es así, que por ahí no es. Pero Él sigue con su pañito y ahí van, cayendo uno tras otro, hasta que de pronto, en una de esas cayó una hormiguita gorda, Nelson.
Todos caemos, todos estamos llamados al pañito o pañuelito o casulla sacerdotal de Cristo, todos. Y el Evangelio es un llamado para eso, es como si Jesús estuviera diciendo: Desengáñense, ustedes son demasiado pequeños, demasiado débiles para emprender una aventura imposible, desengáñense, desengáñense. Busquen, por favor, que el día que se caigan haya unas manos que puedan recibirlos y esas son las manos de Jesús. Entonces, Jesús está recibiendo de alguna manera ese fracaso de los hombres, Jesús está acogiendo la miseria de los hombres. Alguien dirá: Muy triste su visión del cristianismo, muy triste, muy deprimente. Entonces ¿qué? Entonces tiene uno que esperar a tener un problema, ¿tiene uno que?
Pues la verdad, para serle franco, sí, lo que pasa es que los problemas, a veces, son a ojos humanos más grandes o más pequeños. Evidentemente, si uno ve a María Magdalena poseída por 7 demonios, pues uno dice, que caidota. A otros, si uno mira a un Santo Domingo Savio, si uno mira un santo Tomás de Aquino, uno dice: Pero ¿a qué hora se cayeron? Pero todos, todos necesitamos entrar en el proyecto de Dios abandonando la locura de la Torre de Babel, la locura de creer que podemos hacerlo todos, nosotros solos. Y por eso el mensaje de la bienaventuranza: Bienaventurado, bienaventurado el que sabe soltarse del proyecto loco. Bienaventurado el que sabe creer en la locura de mi proyecto, dice Jesucristo.

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