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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía o233002a, predicada en 19980909, con 17 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Las bienaventuranzas de Jesucristo han llegado hasta nosotros a través de los evangelistas Mateo y Lucas. Mateo trae una numeración un poco más larga y Lucas un poco más breve, pero en compensación diríamos, Lucas, además de las bienaventuranzas, trae también las malaventuranzas o las lamentaciones. No solo dice quiénes pueden llamarse dichosos, sino quiénes deberían considerarse tristes o desgraciados o no dichosos. Van por parejas, las cuatro bienaventuranzas y las cuatro lamentaciones. Así, por ejemplo, primero dice dichosos los pobres y luego, ay de vosotros los ricos. Dichosos los que tenéis hambre, y ay de los que estáis aseados. Dichosos los que lloráis y ay de los que ahora reís. Dichosos cuando os odien y hablen mal por causa del Hijo del Hombre, y ahí sí todo el mundo habla bien de vosotros. O sea que, en cierto modo, estas bienaventuranzas y estas lamentaciones se refuerzan mutuamente.
No es tan fácil saber a qué se estaba refiriendo Cristo, sobre todo si pensamos en esa del llanto y de la alegría. Dichosos los que ahora lloráis porque reiréis, y después lo contrario, ay de vosotros los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis. Eso es como un poco difícil de entender, a qué se podía estar refiriendo Jesucristo. Me parece que la manera de abordar este texto, porque tampoco vamos a esquivarlo, la manera de abordar este texto es apoyarnos en la bienaventuranza que es un poquito más larga, la que él explica más, dichosos vosotros cuando os odien los hombres, los excluyen y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame por causa del Hijo del Hombre.
Realmente esa causa que dice Jesús ahí, por causa del Hijo del Hombre, vale no solo para esa bienaventuranza, sino vale para todas. Es decir, ese cambio del llanto en la alegría, de la risa en el duelo, ese cambio de la pobreza en el Reino de Dios o de la riqueza en la nada. Ese cambio, en realidad, tiene que ver con el cambio de la llegada de Jesucristo. Podríamos decir que esa expresión, por causa del Hijo del hombre, de algún modo se repite en todas. O sea, uno podría decir: Dichosos los pobres por causa del Hijo del hombre, porque vuestro es el Reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque por causa del Hijo del Hombre quedaréis saciados.
Es decir, lo que está diciendo Jesucristo es que con su llegada, muchas alegrías se van a convertir en tristezas y muchos lamentos se van a convertir en cánticos de júbilo. Lo que está contando Jesucristo en estas bienaventuranzas de San Lucas, capítulo sexto, es el cambio tan dramático que sucede en la vida cuando llega Él, cuando llega Jesucristo. Muchas noticias que parecían malas se convierten en buenas, y muchas que parecían buenas se convierten en malas. Entonces, nosotros tenemos que preguntarnos por qué sucede así y cómo sucede esto.
Empecemos por lo que parece más difícil ¿por qué las malas noticias van a ser causa de felicidad, de gozo, de bienaventuranza? Por una razón muy sencilla, porque Cristo llega a nuestras vidas es a través de lo que andaba mal. Cristo empieza siendo Señor de nuestra existencia es a partir de lo que está débil en nosotros. Es decir, cada vez que Jesús dice dichosos, lo que sigue es una puerta, una puerta por la que Jesús sabe entrar y quiere entrar. Entonces, la pobreza, la sensación de estar necesitado, el carecer de bienes, el no encontrar justicia en esta tierra, esa sensación de impotencia, ese límite nuestro, se convierte en una puerta por la que Jesús puede entrar. Al contrario, el que está seguro en sus bienes, no tiene puertas, sino tiene un muro por el que Dios no va a poder entrar. El que tiene hambre tiene ahí también una puerta por la que puede llegar Jesús. En cambio, el que está saciado y satisfecho, tiene una barrera en la que no podrá entrar Jesús.
Esto cómo es de cierto, si nosotros recordamos nuestro propio proceso de conversión, preguntémonos sinceramente en qué momento y de qué manera llegó realmente Jesús a nuestras vidas, y siempre fue por una desgracia, siempre, siempre fue por una impotencia que encontramos, por un problema, por una ignorancia, por una enfermedad, por una culpa gravísima. Entonces, lo que está diciendo Jesús es que esas que son las puertas de la basura en nuestras vidas, esas son las puertas por las que Él entra. Él no entra por la puerta, sino entra por la puerta de la basura, y por consiguiente, benditas puertas de la basura, porque son a través de esas puertas y a través de esos llantos y a través de esa sensación de impotencia y a través de esa sensación de absurdo, es a través de esas puertas por donde entrará Jesucristo a reinar. Y una vez que Él entre entonces, eso que parecía una pobreza, pues fue la gran riqueza de nuestra vida, y esa que parecía una desgracia, fue la gran gracia de nuestra vida.
Cuántas veces, como le pasó a San Ignacio de Loyola, un desastre, una herida, una convalecencia, se convierte en el motivo de la conversión. Sí, igual podríamos nosotros decir: Ay, pero ¿por qué tiene que ser así, por qué la gente no se convierte de otro modo? ¿Y su merced no es gente? Ve cómo fue su conversión, que nosotros sepamos, son muy poquitas las personas en la historia de la humanidad que no se han convertido a garrote y a golpes, y las pocas que no se han convertido, que no se han vuelto a Dios por causa de golpes y de garrotes, han sido personas que han entrado por una senda que se llama la senda de la humildad, y a la senda de la humildad solo se llega a través del garrote que han recibido los antecesores nuestros.
Así, por ejemplo, María no tuvo que recibir ningún garrotazo para aceptar a Dios como su Dios y al Señor como su Señor. María Santísima no necesitó esos garrotazos, pero es que no los necesitan los corazones que son ya humildes. Pero esa humildad existencial y profunda solo existe, solo se da como el desenlace de una historia que es la historia de todo el Antiguo Testamento, es decir, todo el garrote del Antiguo Testamento preparó la humildad de la Virgen María y por eso María ya no tuvo que recibir ese garrote para creer. Ya otra cosa son los dolores de ella, de los cuales podríamos hablar en otra ocasión, pero ya esos no fueron dolores para convertirse, fueron dolores inherentes a su participación en el plan de salvación.
Entonces, ya vamos entendiendo, cuando Jesús dice estas bienaventuranzas y dice estas lamentaciones, lo que está diciendo es que cuando aparece el Hijo del Hombre, cuando aparece el mismo Cristo en nuestra vida, descubrimos que muchas cosas que eran nuestras grandes limitaciones, en realidad son nuestras grandes posibilidades. Y, al contrario, esas cosas de las que nos sentíamos súper orgullosos, esas cosas que considerábamos que estaban muy bien y muy firmes, a veces han sido los grandes obstáculos para que Dios nuestro Señor reine en nosotros.
¿Qué aplicación podemos ahora darle a ese texto en nuestra vida? Ya hemos dicho una especie de aplicación cuando hemos relacionado esto con nuestra propia conversión. Pero esa no es la única aplicación, resulta que esto vale no solo para el momento de la conversión, sino vale para toda la vida de uno. En la segunda Carta a los Corintios, capítulo noveno, el apóstol San Pablo se refiere a una especie de aguijón, él dice que fue como una especie de emisario de Satanás que perturbaba su carne, no sabemos a qué se refería el apóstol, probablemente a los dolores con sus hermanos de raza, no sabemos a qué se refería. Pablo habla de un aguijón, de algo que fue tan fastidioso, tan doloroso para él, que él tuvo que pedirle a Dios. Y dice: tres veces le pedí que me librara de ese aguijón, de esa incomodidad, de esa piedra en el zapato. Y Dios, hasta donde sabemos, no le quitó ese aguijón, sino que le respondió: Solamente te basta mi gracia, que mi fuerza se muestra perfecta en la debilidad.
Eso ¿qué quiere decir? Que no solo estas bienaventuranzas valen para el proceso de conversión, sino que Dios siempre dejará unas cuantas piedras o garbancitos o cosas semejantes en los zapatos. Dios siempre dejará unos cuantos aguijones, algunas indicaciones que humillen nuestra soberbia, que no nos hagan sentir tan demasiado independientes de Él que lleguemos a perderlo a Él. Claro que no faltará la persona que quiera hacerle un trato a Dios y diga: Mire, yo no me voy a retirar de ti, pero quítame todos los aguijones, las piedras en el zapato, que yo puedo llevar una vida tranquila, una vida sin tentaciones, porque ese aguijón puede ser ¿qué? Puede ser una tentación, ese aguijón puede ser una incomodidad, puede ser un problema familiar, puede ser la enfermedad de alguien, puede ser un defecto de temperamento, cuántas cosas puede ser ese aguijón.
Entonces, uno quiere decirle a Dios: Señor, quítame este aguijón. Para explicar por qué Dios no quita ese aguijón hay que mirar a esa lámpara que está colgada del techo. Esa lámpara está colgada por una sola cadenita. Qué tal que esa lámpara le dijera al pecho: Suéltame, desata esta cadenita, Suéltame, desata esa cadenita para que yo pueda ser libre. Dios nos tiene agarrados por un solo hilo y ese solo hilo es nuestra indigencia, nuestra completa necesidad de Él. Cuando nosotros le decimos a Dios que desaparezca toda tribulación, todo problema, toda contradicción, en realidad lo que le estamos pidiendo es: Señor, dame paraíso.
Y la salvación no viene del paraíso, tú te acuerdas que, en el Génesis, Dios puso un ángel con una espada para que no se devolvieran al paraíso. Y la interpretación que uno tiene es como que Dios estaba tan bravo, tan bravo, que para que no volvieran a jugar en el jardincito que les había hecho, entonces los echó. Ese ángel es una muestra de la misericordia de Dios, con ese ángel y con esa espada de fuego, el texto sagrado nos está indicando que el camino de la salvación ya no viene para allá, que el anhelo supremo de Dios está ligado, ha quedado ligado, después del pecado original, el anhelo de Dios está ligado a la conciencia de la propia indigencia, porque es tan grande la creación, es tan bello existir, es tan maravilloso tener paz y armonía por dentro, que si nosotros tenemos eso, nuestro pobre corazón se queda incapaz de anhelar algo más.
De manera que dejemos el proceso y el camino de nuestra santificación, dejemos nuestro progreso espiritual en manos de Dios. Él sabe qué dificultades, qué contradicciones y qué tentaciones requiere cada persona. Él sabe qué espantos puede mandar, en qué noches, a cuáles piezas. Él sabe a quién se puede asustar, a quién no hay que asustar. Él sabe quién tiene que estar tentado, quién no, Él sabe quién se tiene que enfermar y quién no, y Él sabe finalmente cuánto y de qué modo ha de llegar a nosotros la idea y luego la realidad de la muerte, Él sabe eso. Una vez que la muerte se ha convertido en condición existencial de esta, nuestra vida, necesitamos algo que nos recuerde que este no es el lugar definitivo.
Y por eso, es providencia de Dios que haya esas incomodidades, esas incomodidades, esas contradicciones, esas tentaciones, ese no encontrar paraíso. Precisamente, la persona que más desea paraíso, está mostrando que más necesita algo que lo aguijonee. Cuánto más le pedimos a Dios que no haya ninguna incomodidad, más le estamos mostrando que sí necesitamos algo que nos esté moviendo, porque pedirle a Dios que nos quite toda incomodidad y toda contradicción es decirle: Señor, me voy a sentar aquí. Y cuando uno se sienta, uno deja de ser peregrino y uno entonces se pierde de los mayores bienes. O sea que esto no tiene escapatoria, esto no tiene escapatoria. Lo que se necesita es ¿qué? Un corazón generoso, un perpetuo estar recibiendo a Jesucristo, un aceptar sin mayores quejumbres, sin mayores lamentaciones, las contradicciones pequeñas y grandes que suceden y estar siempre en tónica de buscar su voluntad, de seguir su camino, de obedecer a su voz, estar en esa tónica.
Advertencia, hay que tener especial cuidado de no caer en la murmuración de la voluntad de Dios, porque cuando aquí decimos aceptar esas contradicciones pequeñas o grandes, no estamos diciendo lo que uno murmura. Cuando llegan esas contradicciones, por ejemplo, dificultades familiares, problemas con los hijos o el esposo o lo que sea, y nosotros nos dedicamos a coger el teléfono para contarle a medio Bogotá y parte de Colombia: Estoy sufriendo, me pasan muchas cosas, tengo un dolor terrible. ¿Qué le pasa a esa persona? Que le cae encima esta palabra de Cristo, cuidado con ya tener tu consuelo. Tu empiezas a contarle a todo el mundo: Figúrese que me pasa esto y además me pasa esto otro. Entonces, la otra persona dice: Sí, sí, lo mismo estamos acá. Ay es una situación tan difícil. Bueno, pero yo, yo la comprendo, yo la consiento y usted me consiente y aquí nos consentimos. Ya tuvo su consuelo. Entonces, se perdió de la bienaventuranza de Cristo.
Pero tampoco se puede caer en el otro extremo de la persona que empieza a congestionar la cara, ¿no? Entonces, bueno, yo voy a aguantar y voy a aguantar, voy a aguantar. Entonces, sucede el fenómeno de la olla de presión. La persona aguanta y aguanta y un día explota, tampoco es esa la idea. Ni ollas de presión, ni ollas de presión, ni operación teléfono. A ver, a contarle a todo el mundo que estoy, yo estoy que sufro, yo aquí padeciendo, padeciendo, sufriendo los males del prójimo. Entonces, ni ollas de presión, ni operación, teléfono. ¿Qué es lo que quiere Cristo? Que cuando lleguen esas tribulaciones, nosotros tengamos los ojos bien abiertos y el corazón muy atento, de pronto es la visita de Dios. Entonces, antes de correr a quejarnos con otras personas, antes de entrar en la posición de la víctima o antes de empezar a acumular presión como una olla, antes de todo eso, busquemos, de pronto es a causa del Hijo del Hombre, de pronto es la visita de Dios.
Cuando uno descubre la visita de Dios en esas cosas, pero tienes que descubrirla tú, eso no puede ser que yo te la diga, tiene que ser que la descubras tú. Cuando tú descubres la visita de Dios en esas cosas, sucede algo maravilloso: Creciste, creciste, porque uno no se puede morir con la misma estatura espiritual del día de la conversión. Uno tiene que crecer, tiene que avanzar, tiene que seguir, pero no se crece sino así, porque así es como uno se amarra, así es como uno se liga al amor de Dios y al querer de Dios.
De modo, pues, que sigamos esta celebración. No estamos solos ni desamparados, nos vamos a nutrir con el pan del cielo, que es el mismo Cristo. Y pidámosle en esta comunión que nosotros sepamos reconocer su visita: Ah, es la visita de Dios, ya entiendo, ya entiendo. Entonces, no voy a quejarme con otras personas, ni voy a creerme víctima, ni voy a acumular, sino voy ¿a qué? Voy a crecer, voy a unirme más a Él. Y entonces la bienaventuranza de este Evangelio se cumplirá también en mi vida.

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