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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Gracias, Señor, porque me creaste
Homilía o233001a, predicada en 19960911, con 12 min. y 51 seg. 
Transcripción:
La palabra que dice Jesús en este Evangelio describe muy bien lo que Él quiso para nosotros. La palabra que más repitió Jesús en este Evangelio fue la palabra dichosos, otras traducciones de la Biblia dicen felices, y a veces se oye también bienaventurado. En griego se dice «makários» y en latín se dice «beatus» de donde viene la palabra beato o beata. Cuando la gente ve a una señora muy piadosa, que reza mucho, que va mucho a la Iglesia, dicen que es una beata. Eso se dice a veces como si fuera un insulto. Pero lo que se le está diciendo es, una bienaventurada, porque «beatus» en latín significa bienaventurado.
¿Para qué vino Jesús a esta tierra, para qué predica, por qué le vemos cansarse trabajando, para qué son sus milagros? Para que, finalmente, se pueda recuperar la bienaventuranza, la beatitud, la alegría. Para que nosotros podamos tener vida en abundancia, para que nosotros podamos sentirnos felices de haber sido hechos por Dios, para que nuestro corazón pueda rebosar de alegría y en la boca nos salga una canción que diga: Gracias, Señor, porque me creaste. Una santa, una santa muy hermosa con la hermosura de Dios, Clara de Asís, tiene una de sus más inspiradas oraciones y poesías, con palabras muy semejantes a las que acabo de decir: Gracias, Señor, porque me creaste. Gracias porque me pensaste, porque pensaste en mí, porque me hiciste.
Pero una persona no puede decir ese gracias cuando se siente agobiada por la tristeza, por la soledad, por la pobreza, por el llanto. cuando nos encontramos con una persona que sufre mucho, pues casi siempre, si a esa persona le acercáramos un micrófono y le dijéramos: Usted ¿cómo se siente? Pues la persona no va a decir: Me siento plena, feliz, estoy contento. Yo no sé qué es lo que siento. Seguramente no dice eso, porque sí sabe qué es lo que siente. Cuando uno está contento no sabe qué es lo que siente, pero cuando uno le duele algo, ahí sí sabe. Por ejemplo, uno dice: Me duele una muela. Entonces uno sabe qué es lo que le duele, la muela, o me duele el estómago, o me duele la cabeza. O siento dolor o sufrimiento porque hay injusticias contra mí. En cambio, cuando uno está contento, a veces uno no haya ni cómo describir por qué es que está contento.
Pero entonces, aquí nos podemos hacer una pregunta. Mire, hemos dicho que Dios quiere que nosotros seamos felices de haber sido creados y de ser suyos. Y hemos dicho también que cuando una persona tiene sufrimiento o soledad, o llanto o injusticia, pues no se va a sentir contenta. Entonces, ¿cómo vamos a explicar las bienaventuranzas, qué son esas palabras tan raras que dice Jesús? Como eso de: «Dichosos vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios». Aquello de: «Dichosos vosotros los que lloráis, porque después reiréis». ¿Cómo le dice Jesús a una persona que está triste o que está sola, a una persona que tiene dolor o que padece injusticia, quizás porque está enfermo, quizá porque es perseguido, por qué le dice Jesús a ese tipo de personas, por qué les dice dichosos, por qué llama dichosas a esas personas?
Uno más bien diría no, dichosos los que tienen harta plata y con toda su plata pueden darse todos los gustos. Dichosos los que se ríen por la mañana, se ríen a mediodía y se ríen por la tarde, eso serían los dichosos. Pero si uno se encuentra a una persona que está llorando, qué tal acercarse uno a esa persona y decirle: Feliz, dichosa tú que estás llorando. Eso parece como raro. Pero puesto que Jesús es nuestro Divino Maestro, debe ser que alguna razón tiene para llamar dichosas a estas personas cuando sufren. Y hay que tener en cuenta que, en la Biblia, pero en la parte del Antiguo Testamento, hay muchas bienaventuranzas para la persona que las cosas le salen bien. Por ejemplo, allá donde dice: Será dichoso, le irá bien, dice un salmo, su mujer, como una vid fecunda en medio de su casa, sus hijos como renuevos de olivo en torno a su mesa. Ahí se está felicitando a la persona que tiene un hogar feliz.
Pero es que lo extraño no son esas bienaventuranzas del Antiguo Testamento que se parecen mucho a la manera como uno piensa normalmente, lo raro, raro, son estas bienaventuranzas, eso de que felices los que lloran y los que padecen injusticia y las demás. ¿Qué podemos decir nosotros, por qué Jesús habla así? Por qué resulta, resulta lo siguiente, imaginémonos que Jesús venía como trayendo una inmensa bolsa con muchos regalos, regalos, regalos, regalos, regalos. Pero Jesús no hacía mucha bulla, Él iba con su bolsa de regalos, pero no hacía mucha bulla. Las personas que ya estaban contentas, que ya estaban felices, no se acercaron a Jesús porque ya estaban contentas y no necesitaban más regalos.
El ejemplo que siempre digo es el de los niños y también las niñas, cuando durante la mañana o durante la tarde se ponen a comer una cantidad de chucherías o galguerías o golosinas. El niño o la niña que come chetos, maní, dulces, bocadillos, gelatinas, papas fritas, pataconcitos, chicharrones, turrones, ese niño que durante la mañana ha estado comiendo de todo eso, cuando llega el momento del almuerzo, entonces llega el momento de los problemas. Y usted ¿por qué no come? El niño ya no come lo que sí le podía alimentar porque tiene el estómago lleno de cosas que no alimentan, que son muy ricas, pero que alimentan poquito.
Eso es lo que pasa también con la bienaventuranza, pobre de aquel que se sienta contento con su plata, porque es que acuérdate que Lucas, el evangelista no solo dice dichoso, sino dice: Ay de vosotros, ay de vosotros los ricos, y ay de vosotros los que reís. Ay de vosotros cuando todo el mundo hable bien de vosotros. Ay de aquel que se sienta contento con su alegría, contento con su plata, contento con su fama o contento con su salud y se sienta saciado con eso, porque se va a parecer a aquella persona que estaba tan contenta en su casa con lo que tenía, que cuando pasó Jesús con su bolsa de regalos, no recibió nada, se quedó sin nada.
Entonces, viene a resultar como una especie de revolución, porque los tristes, los emproblemados, los pobres, los que tienen por qué llorar y por qué sufrir, les va mejor. Pero les va mejor no por una ley, no por una ley del universo, no por una ley de ningún país, sino por la gracia de la presencia de Cristo en nuestra tierra. Precisamente porque está Cristo en nuestra tierra, porque Él quiso venir y Él es el gran regalo de Dios, el que esté contento con otros regalitos, se queda sin el regalo de Cristo, se queda sin recibir a Cristo.
Bueno, y uno cada rato comprueba esto, cada rato comprueba esto. ¿Cuándo nos acercamos más a Dios? Cuando tenemos necesidades. Uno casi puede asegurar, cuando en la iglesia ve llegar a las personas, puede asegurar que apartando aquellas que vienen por costumbre o por disciplina o por buen hábito, la gente que aparece en la iglesia es porque tiene alguna necesidad. Y eso lo sabe Dios y por eso Dios sabe que termina siendo más dichoso el que tenía más tristeza, pero no por una ley impersonal, abstracta, absoluta, cósmica. No es una ley, es una persona la que causa esa felicidad, de modo que uno tiene que meter a la persona de Cristo en la mitad de las bienaventuranzas.

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