Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

San Pablo nos enseña que un rostro aveces necesario del amor, es el rechazo firme y explícito a los miembros de una comunidad que actúan en abierta contradicción a la Voluntad de Dios

Homilía o231003a, predicada en 20100906, con 20 min. y 59 seg.

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Transcripción:

Hermanos. Una de las características admirables del apóstol San Pablo es cómo él toma un problema particular y específico y lo ilumina de tal manera que sus palabras luego se convierten en una enseñanza mucho más general, algo que nosotros, discípulos de Jesucristo, podemos aplicar en muchos otros contextos. Esto es propio de un verdadero maestro, que al resolver un problema particular, deja una enseñanza mucho más general. La comunidad de Corinto era una comunidad muy viva, quizás demasiado viva, en el sentido de que todo tipo de tendencias, teorías, formas de liderazgo y todo tipo de carismas también estaban como en ebullición. Era una comunidad supremamente activa, pero no toda esa actividad venía de Dios y no toda esa actividad le daba gloria a Dios. Recordemos una vez más que Corinto es un puerto, queda en el Mediterráneo, en Grecia y por consiguiente servía de puente para mercaderes y predicadores y filósofos y charlatanes de muchas partes del mundo antiguo.

Supongo que algo de eso queda también en nuestra época. Es decir, que el trigo de Egipto y las religiones o la religión egipcia y las telas de Siria y las religiones de los fenicios y las caravanas de Persia y los cultos zoroástricos. Todo este revuelto de mercancías y de ideas estaba continuamente a la orden del día en Corinto. Podemos decir que era como una de esas ollas grandes donde se echan muchas cosas para hacer un sancocho, para hacer una sopa. Tenía de todo Corinto. Y a ese lugar fue el apóstol San Pablo. Y con la fuerza del Espíritu Santo, y con ese talento que Dios le dio, logró formar una comunidad cristiana. Ese no es un logro pequeño, pero esa semilla indudablemente estaba siempre amenazada por los antiguos pecados. Podemos decir por las malas costumbres del lugar. Por ejemplo, Corinto, como suele suceder tristemente en los puertos, era un lugar donde abundaba la prostitución. Y junto con la prostitución, pues todo tipo de inmoralidad sexual. En un sitio así, donde circulan continuamente marineros, pues lamentablemente se presentan estas características. Es lo mismo que sucede en otros ambientes donde hay demasiados hombres solos, como pasa a veces en las explotaciones de petróleo o en los campos de las minas. No tiene que ser así. No es que sea así en todas partes, pero siendo realistas, es algo que sucede.

Y en Corinto el nivel moral, sobre todo en lo que tiene que ver con la familia y la sexualidad, era bastante bajo. Esta era como una carga, era como un lastre que llevaba esa población. Y es interesante notar que no por el hecho de aceptar a Jesucristo, ese lastre desapareció instantáneamente. Lo que uno ha sido no desaparece por arte de magia, solamente por aceptar la fe. La fe podemos decir que se convierte más bien en un principio de renovación. Pero esa semilla nueva de la fe tiene que ganar y ganar terreno. Y a veces se presenta como una especie de batalla entre lo que San Pablo llamaba el hombre nuevo y el hombre viejo. San Pablo nos habla del hombre nuevo como esa criatura, esa criatura renovada por el Espíritu, eso que Dios quiere hacer en nosotros. Ese es el hombre nuevo. Mientras que el hombre viejo son todas esas tendencias, malas costumbres, como decimos popularmente en Colombia, mañas que uno trae de su pasado y que no desaparecen instantáneamente, sino que muchas veces hay que luchar contra ellas, porque uno tiene que educarse no solo en términos de conocimientos, sino tiene que educar las costumbres, tiene que mejorar el nivel de vida.

Siendo así las cosas, pues no tiene nada de extraño que San Pablo en sus cartas a los Corintios tiene que referirse a todo tipo de problemas porque se presentaban excesos y uno de esos excesos es lo que está en el texto de la primera lectura de hoy. Resulta que un hombre empezó a llevar vida marital con su madrastra, la que había sido esposa de su padre o era esposa de su padre. Por supuesto, se trata de una relación incestuosa. Se trata de un escándalo mayúsculo, hasta el punto que San Pablo dice: Oiga, eso ni siquiera los paganos. Porque resulta que los que hicieron esto se supone que eran de una comunidad cristiana, de esa comunidad que San Pablo había formado. Entonces ahí es donde el apóstol empieza a tomar una posición mucho más drástica y esa posición se resuelve finalmente en lo que llamamos una excomunión. Ese es el problema específico. Pero como dije al principio.

San Pablo tiene esa gracia de Dios, tiene ese talento para darnos una solución que no solamente va a ese problema específico, sino que también podemos aplicar a otras cosas. Y digo esto porque la lectura de hoy, por ejemplo, nos ayuda a descubrir uno de los rostros menos conocidos del amor, y es lo que podemos llamar la severidad del amor. A veces creemos que el amor tiene que tener siempre un aspecto de sonrisa, de ternura, de dulzura y ciertamente muchas expresiones de amor tienen ese aspecto. La mamá que acaricia al bebé, la pareja de enamorados que se abraza o que se besa, los esposos que caminan después de muchos años caminan juntos tomándose de la mano y recordando con una sonrisa tiempos pasados. Estos son rostros del amor. Pero la lectura de hoy nos advierte que no debemos pensar que estos son todos los rostros del amor. El amor también tiene que adquirir a veces el rostro de la severidad. Por eso Jesucristo, que es la expresión misma del amor de Dios en esta tierra, también tuvo que en ciertas ocasiones mostrar ese rostro áspero, ese rostro severo, que sin embargo tiene la misma motivación y tiene el mismo sabor y tiene la misma dulzura del amor. En otras expresiones, por ejemplo, cuando Jesús entra a discutir con los adversarios del evangelio, muchas veces tiene que pronunciar palabras durísimas cuando dice a los fariseos: que son sepulcros blanqueados y que la gente pasa por encima de ellos y no conoce lo que se está corrompiendo adentro. O cuando dice a los escribas: ustedes le cierran la puerta del Reino de los cielos a los demás, y tampoco entran ustedes. O cuando Jesús dice a los saduceos: que no entienden las Escrituras y los hace quedar en ridículo, aunque ellos fueran los sumos sacerdotes y la gente de mucha autoridad ante el pueblo sencillo. O cuando Jesús dice: Destruid este templo y yo lo reconstruiré en tres días, o cuando saca como en un acto profético, acto significativo y elocuente. Saca a los mercaderes del templo llevado por eso que llamamos Santa Ira. Estos pasajes y algunos otros ya deberían hacernos caer en cuenta de cómo el amor también tiene que tener ese rostro áspero.

Que el amor no siempre es caricia, que el amor no siempre es sonrisita, palmadita, besito. El amor también tiene que ser fuerte y tiene que ser claro y tiene que enfrentar los problemas. Y no es amar, tapar con una cobija de complicidad lo que en cambio merece rechazo. Por eso, cuando San Pablo toma esta actitud drástica, la más drástica, tal vez que recordamos durante su vida, está amando por amor a Cristo, por amor al Evangelio, por amor a la comunidad que ha sido burlada y profanada. El apóstol tiene que tomar esa postura. La excomunión es como el castigo supremo. Es sacar a una persona de la comunidad. Y San Pablo lo dice abiertamente. Dice de qué está hablando y de qué se trata. A nadie le puede quedar duda cuando el apóstol dice lo siguiente: Reunidos vosotros en nombre de Jesucristo, y yo presente en espíritu con el poder de nuestro Señor Jesucristo, entregar al que ha hecho eso en manos del diablo. Cuando ya se llega a pronunciar esas palabras que son las propias de una excomunión, llega el momento en el que uno siente como un sacudón y uno dice ¿pero dónde queda el amor? Cuando se llega a decir: Entréguenlo en manos del diablo. ¿Dónde queda el amor? ¿Ahí? ¿Será que hay alguna brizna de amor en esas palabras? A primera vista como que no.

Y mucha gente cree que la excomunión que sigue existiendo en la Iglesia y es parte del derecho de la Iglesia lo que se llama el Derecho canónico. Hay gente que cree que la excomunión es como una especie de venganza de la Iglesia, que es como una especie de desquite y que por supuesto, es un acto que carece de toda caridad. Nada más alejado de la verdad. Observemos qué sigue en el texto que hemos oído hoy. Dice San Pablo: que hay que entregar al que ha hecho eso en manos del diablo. Y luego dice: en la carne quedará. Destrozado, pero así su espíritu se salvará en el día del Señor. Es decir, que también la excomunión se hace por amor y por amor a la persona excomulgada. La excomunión es un acto de amor. Parece una contradicción, pero no lo es. En efecto, cuando una persona llega a esos extremos, como el del incestuoso de esta lectura, cuando se llega a ese punto, es evidente que la persona está enceguecida.

Es evidente que la persona está tratando de llamar bien al mal y de llamar mal al bien. Es evidente que su conciencia no solamente está extraviada, sino que está cauterizada. Es decir, la persona ha perdido la capacidad de reconocer el bien o ha perdido la capacidad de obrar en consecuencia, o ambas cosas. Y en ese estado tan lamentable en el cual la persona ya no puede obrar por sí misma, lo que más necesita es ser despertada. Hay que sacarla de ese estado lamentable. Y una de las maneras de sacar a la gente de su estado lamentable es que experimenten las consecuencias de lo que han hecho. Este es de los recursos educativos más antiguos y más eficaces. Por ejemplo, un joven recordemos la famosa parábola del hijo pródigo. ¿Qué es lo que sucede ahí? Una de las maneras de entender ese pasaje es que lo que hace el papá al entregarle la herencia a ese hijo y dejarle que se vaya de la casa, porque eso era lo que él quería. Al permitir eso, lo que está haciendo el papá es entregar a ese hijo a las consecuencias de sus propios actos. Como quien dice. Coma de su propio cocinado. Vaya y viva entonces lo que usted ha querido escoger. ¡Vaya, vaya! Es decir, experimente la dureza ya que no quiso entender otro lenguaje.

Experimente la firmeza y la severidad, ya que no entendió a través del consejo y de la caricia y del abrazo. Váyase, vaya y sufra entonces, vaya y padezca, vaya y dese cuenta a quién está sirviendo. Y cuando la persona se da cuenta a quién está sirviendo, entonces recapacita. Como le sucedió al hijo pródigo. El hijo pródigo se da cuenta de lo que está haciendo. Se da cuenta de que está comiendo comida de cerdos, que su existencia es peor que la de cualquier esclavo en casa del Papa. Es decir, le sirvió estar lejos porque lejos probó de su propio cocinado. Se dio cuenta qué era lo que estaba haciendo y al sentir la dureza de las consecuencias. Entonces un día como que se sacudió y despertó y dijo: Pues volveré a la casa de mi padre. Esa es la excomunión. Esa es una excomunión. La excomunión es eso es decirle a la persona, puesto que no has querido entender de ninguna manera en qué es que consiste la fe, puesto que los principios más fundamentales de nuestra comunidad no significan nada para ti. ¡Vete, Vete, lárgate y sufre lo tuyo! ¡Experimenta las consecuencias de lo tuyo! La gente se asusta de que aquí se diga entréguenlo a las manos o al poder del diablo. No tiene nada de extraño el que se sale de la casa de la Luz. ¿Qué va a encontrar, hermanos? si no es oscuridad. Sacar a una persona, o mejor dicho, declarar que una persona se ha salido de la comunión y del amor, que significa que para esa persona lo único que va a existir es el desamor y el odio.

Pero detrás de ese acto tan duro, tan supremamente duro, hay amor. Y es el amor que quiere finalmente la salvación del otro. Vete, estoy seguro de que esta excomunión te va a despertar y a través de ese despertar tú vas a descubrir a quién estás sirviendo con tus obras muertas. Vas a descubrir qué es lo que estás haciendo con tu vida. Y cuando tú descubras lo que estás haciendo con tu vida, tendrás que escoger. Me quedaré sirviendo por toda la eternidad al Rey de la muerte que es el demonio, o volveré a la casa. Volveré a la casa de mi padre para servir al Rey de la vida. Es exactamente lo mismo que encontramos en el capítulo veintiocho del libro del Deuteronomio. Pongo frente a ti la vida y la muerte. Escoge. A cada uno le van a dar lo que escoja. La excomunión es devolver a la persona a esa elección radical y primera. Escoge, escoge. Tú tienes que definir qué es lo que vas a hacer. Qué importante, mis hermanos, en el tiempo de hoy que redescubramos este rostro severo pero al mismo tiempo tan majestuoso del amor. Qué importante. Porque a veces creemos que cuando el Papa se pone serio, cuando los obispos declaran la verdad, por ejemplo, de la excomunión que tiene todo el que participe en un aborto voluntario, la gente dice: ¡Ay, qué crueldad, qué dureza! ¿Dónde queda la misericordia? Jesús es misericordioso, Sí. Y por misericordia a veces hay que darle una patada a la gente. Vaya al frío de la calle entonces, a ver si aprende a valorar el calor de la casa. Quédese con el frío, coma de su propio cocinado, experimente las consecuencias de sus actos y ya veremos a qué conclusión llega usted. Pero eso se hace por amor.

Y por eso, si se llegara a declarar una pena de excomunión por otro motivo distinto del amor, sería un abuso inaudito de poder. Pero San Pablo ciertamente en este pasaje nos muestra cuál es el verdadero sentido de ese castigo, como los demás castigos cuando se imponen con verdadera caridad. Este castigo no es otra cosa, sino un llamado, un llamado último a la conversión. Pidamos al Señor, entonces que, pidamos al Señor que nos muestre la integridad del amor. Pidamos al Señor que nos dé la plenitud de la luz. Por supuesto que nunca tengamos que llegar a esos extremos, pero que si vemos que nuestra Iglesia alguna vez toma ese rostro severo, también en ese rostro severo, sepamos encontrar la dulzura del corazón de Jesucristo que merece todo honor y toda gloria por los siglos. Amén.

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