Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo "increpa": habla con autoridad y reprende a cuanto nos puede hacer daño, sea natural o sobrenatural.

Homilía o223008a, predicada en 20200902, con 15 min. y 29 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos queridos, dos veces en el Evangelio de hoy aparece un verbo que, yo creo que, uno utiliza pocas veces, el verbo increpar. Seguramente nos dimos cuenta que Cristo increpa a la fiebre y Cristo increpa a los demonios. Increpar ¿qué entendemos por increpar? Increpar es hablar con fuerza y con autoridad, reprendiendo. Cristo habla con poder a la fiebre y Cristo habla con poder a los demonios. La fiebre desaparece, los demonios son expulsados.

¿Qué podemos entender de este verbo, increpar y por qué es importante? Hablar con autoridad, reprendiendo. ¿Qué representa la fiebre dentro de este texto? Pues fiebre es una condición sintomática que indica un desarreglo en un determinado organismo, por ejemplo, típicamente una infección o un contagio. Precisamente uno de los síntomas frecuentes para identificar COVID-19 ha sido la fiebre y no cualquier fiebre, una fiebre alta. No se da siempre este síntoma, pero cuando se da, se trata de una fiebre alta, como la que tenía la suegra de Pedro, fiebre alta. Esa fiebre entonces, ¿qué representa? Representa el mal natural, es decir, el mal que acontece en nuestra naturaleza, los males propios de nuestra naturaleza.

Y mientras tanto, vemos que el verbo increpar se utiliza también en el caso de los demonios. ¿Qué indican estos demonios? Son los males sobrenaturales, ¿por qué? Porque los demonios son ángeles caídos, ángeles que se rebelaron contra Dios y que, por consiguiente, luchan contra la imagen de Dios, que está en cada uno de nosotros. En casos graves, casos puntuales, esa guerra de los demonios llega hasta el punto de la posesión diabólica. Entonces, ¿qué tenemos aquí? Tenemos que en el ser humano, en cada uno de nosotros, pueden darse males naturales, como es una fiebre, o males sobrenaturales, como es el ataque de los espíritus del mal, ataque que, repito, en el peor de los casos se convierte en una posesión. Pero, aunque no se dé posesión propiamente diabólica, el ataque del enemigo sí puede llegar de muchos modos a nosotros.

Por ejemplo, ese ataque puede darse, como nos enseña Santo Tomás de Aquino, con una especie de repetición en nuestra imaginación o en nuestra memoria, en nuestro recuerdo, es una de las estrategias que utiliza el enemigo para aprisionarnos. Por ejemplo, una persona tiene un dolor con alguien más. Diríamos que, en condiciones naturales, esos dolores van pasando, pero el enemigo no quiere que a ti se te apague ese dolor. Entonces, el enemigo no puede trabajar directamente en tu voluntad, salvo el caso de posesión diabólica, que repito, es muy, muy escaso, pero se da. El enemigo lo que hace es traerte una y otra y otra y otra vez la imagen, es decir, el recuerdo vivo, el recuerdo prácticamente presente del daño que sufriste. De manera que, en la repetición de esa imagen, tú llegues a un punto de exasperación y de odio continuo, que ese es el propósito del enemigo en ese caso, ese es el agobio que trae el demonio.

Otro ejemplo de ataque del demonio, porque a veces la gente cree que el ataque del demonio es solamente la posesión, no es así. Estoy guiándome por la enseñanza de Santo Tomás de Aquino sobre esta materia. Pensemos en la persona que tiene un matrimonio, tiene su matrimonio, seguramente con las altas y bajas que tiene toda relación matrimonial, tiene su matrimonio, tiene su hogar. Pero esta persona que tiene su hogar, empieza a fijarse en otra persona, vamos a suponer que es el caso del hombre, empieza a fijarse en otra mujer. Fíjate si él se fija por un momento en esa mujer y ese pensamiento se extingue, no alcanza a hacer daño. Pero ¿qué pasa si este hombre se obsesiona con esa mujer? La imagina, la recuerda, vuelve a ella, empieza a suponer cómo sería estar con ella, estar con ella. En la repetición continua y obsesiva de esa imagen, llega el momento en el que él pone su felicidad en eso, eso es lo que quiere el enemigo. La repetición continua de una imagen llega a condicionar la felicidad que tú puedes buscar. Ese es el tipo de ataque que trae el demonio en ese caso. Esto que estamos diciendo es lo que se llama el ataque ordinario del enemigo.

El ataque extraordinario es el que tiene que ver con posesiones y con otro tipo de acciones del maligno. Pero el ataque ordinario es esto que estamos diciendo ahora, la repetición obsesiva de imágenes, de recuerdos para despertar en nosotros algún tipo de pecado, según nuestra propia condición particular. Entonces, en una persona, la repetición de esas imágenes, repetición obsesiva y no querida de esas imágenes, pues lleva a que la persona vaya entrando en el resentimiento. En otro caso, puede ser la lujuria y la persona empieza a soñar, en el caso de la lujuria, la persona empieza a soñar que sería infinitamente feliz, sería perfectamente feliz si solo pudiera estar con esa mujer y no con la esposa suya. Te das cuenta cómo es un modo, llamémoslo así, inteligente, de empujar a la persona hacia el pecado. Este tipo de obsesión está detrás de muchos desórdenes sexuales concretamente, muchos, porque la persona tiene la idea de que sí sería feliz, si yo encontrara a esa persona, yo sí sería feliz, ahí sí sería feliz, esa sería mi felicidad. Y no se da cuenta del ataque del enemigo porque el enemigo, en este tipo de ataque, se esconde, no aparece directamente él.

Y por última vez lo repito, esta es enseñanza de Santo Tomás sobre el ataque del enemigo. Entonces, es la obsesión de yo sería feliz si. Eso sucede también en casos graves, como por ejemplo, en la pederastia sucede eso. La persona se obsesiona con un tipo de placer, un tipo de felicidad que cree que va a alcanzar y esto puede arruinar matrimonios, puede arruinar vocaciones sacerdotales. Pidamos misericordia para mí y para todos los sacerdotes, porque esto puede arruinar vocaciones, ese tipo de obsesión. El sacerdote que se obsesiona con que el obispo le está atacando, yo sé que hay imperfecciones y pecados en los obispos, pero me refiero a ese tipo de obsesión, como que todo lo que haga el obispo, todo es contra mí, todo es contra mí, todos me odian. O el sacerdote que se obsesiona con pensamientos de dinero como una realización personal, o que se obsesiona con temas afectivos, hay que pedirle a Dios misericordia.

Bueno, yo creo que este tipo de explicación es necesaria, porque esto nos hace ver por qué uno realmente tiene que pedirle a Dios lo que decimos en el Padrenuestro: Líbranos del maligno, «allà rhûsai hemâs apò tou poneroú». Esas son las palabras finales del Padrenuestro en su lengua original, como la hemos recibido en la Iglesia. Algunos imaginan un Padrenuestro en arameo. Hombre, es una imaginación, es una, es una interpretación, es una suposición razonable, pero el texto que tenemos es el texto griego, y lo que dice al final del Padrenuestro es: «allà rhûsai hemâs apò tou poneroú», sino que líbranos, arráncanos del maligno. Uno tiene que rezar el Padrenuestro.

Pero volvamos a nuestro tema, nuestro tema de la increpación. ¿Qué encontramos en Cristo? Encontramos a Aquel que increpa a la fiebre y que increpa a los demonios. ¿Qué indica eso? Que Cristo es nuestro aliado, hermanos amadísimos, Cristo es nuestro aliado. Cristo es el que pelea, el que pelea ¿contra qué? El que pelea contra lo que me puede hacer daño en el plano natural y lo que me puede hacer daño en el plano sobrenatural. Por eso se usa el mismo verbo, increpa la fiebre, increpa a los demonios. Dicho de otro modo, Cristo es el que batalla a tu favor, ya se trate de males naturales o sobrenaturales, Cristo es tu aliado. Él es el que da la pelea a favor tuyo y en contra de tus enemigos, sean enemigos naturales o enemigos sobrenaturales. Por eso, necesitamos a Cristo en nuestra vida, necesitamos a Cristo en nuestro corazón.

Y quiero hacer una invitación, una invitación muy sencilla a la humildad y a la oración. ¿Por qué lo hago? Porque mira, piensa esto en el plano natural, en el simple plano natural, cuántas perplejidades llegan a nuestra vida, cuántas, cuántas perplejidades. Ya lo dice el libro de Eclesiástico: Un nuevo síntoma y queda perplejo el médico. Ahora dudo de si es el Eclesiástico o es el Eclesiastés, ahí me disculparán, ustedes verificarán. Entonces, aún en el plano natural, quedamos perplejos. Fíjate la perplejidad en la que está la humanidad con esto del COVID-19. Estamos en una perplejidad terrible, terrible, lo dijo el Papa en la bendición Urbi et Orbi, bendición extraordinaria el 27 de marzo de este año, claramente hemos quedado perplejos, no nos lo esperábamos.

Luego vienen todas las teorías, que es un virus inventado que no existe, que fue hecho en un laboratorio, todo lo que quieran decir. Pero cuando ya uno se le han muerto algunos y están las pruebas de laboratorio, yo pido por favor, respeto a los difuntos, yo pido eso, por favor. Y pido que seamos sensatos, es necesario. Más bien admitamos que esto nos deja perplejos. Y ahora digo yo, si en el simple plano natural en el que nuestra razón puede avanzar bastante, quedamos perplejos a veces, dime qué diremos del plano sobrenatural. Por eso uno tiene que ser humilde y decirle a Dios: líbrame de lo que se me oculta, porque hay muchas cosas que uno no conoce. Hay muchas cosas que uno no ve, sobre todo en ese plano sobrenatural.

Mis hermanos, resumen, vemos que hay males naturales y males sobrenaturales, males naturales como la fiebre, males sobrenaturales, como la insidia del enemigo que nos persigue a todos, no hay que obsesionarse con eso, pero nos persigue a todos, no solamente en el caso de la posesión, según hemos explicado antes. Entonces, hay males naturales, males sobrenaturales. Y Cristo increpa, Cristo hace retroceder tanto a los males naturales como a los sobrenaturales. Él es nuestro aliado, Él es nuestro Salvador. A Él nos apegamos y a Él le damos honor y gloria por los siglos. Amén.

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