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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Espíritu de Dios nos permite conocerlo de manera íntima y nos da la sabiduría para escrutar mejor nuestra realidad, y descubrir Su presencia amorosa en nuestras vidas
Homilía o223002a, predicada en 20100901, con 12 min. y 35 seg. 
Transcripción:
Hermanos amados, encontramos en el pasaje del Evangelio de hoy a nuestro Señor Jesucristo en plena acción. Y ¿cuál es esa acción? O mejor dicho, ¿cuáles son esas acciones de Cristo, en qué pasa Él, sus días y sus noches? Eso es lo que aprendemos el día de hoy, el día podemos decir especialmente para el amor al prójimo. La noche, especialmente para el amor a Dios. Así nos enseña Jesucristo de una manera práctica y con su propia vida, la importancia de estos dos mandamientos que luego, en su momento, también de palabra quiso inculcar a sus discípulos amor a Dios y amor al prójimo. Y el amor a Dios empieza con la oración y el amor al prójimo empieza con el servicio, por eso Jesús gasta buena parte o toda la noche en la oración muchas veces y gasta sus días en el servicio al prójimo.
¿Qué clase de servicio presta a Cristo? Pues se trata de un triple servicio. Por una parte, está la predicación, esclareciendo la inteligencia, revelando los misterios de Dios, aclarando también los misterios del corazón humano. Cristo de alguna manera estaba enseñando a leer y a escribir. ¿Qué quiero decir? Cristo nos enseña a leer cuando nos enseña a ver el mundo con los ojos de Dios, cuando nos enseña a ver la historia, incluyendo nuestra propia vida, nuestra pequeña historia con ojos de Dios, eso es aprender a leer. Pero Cristo con su predicación también enseña a escribir. Y digo que enseña a escribir porque se puede comparar la vida humana con un libro y cada día uno va escribiendo una página de ese libro.
Si uno piensa en el número de días que trae el año, pues hay algo así como mil días cada tres años. Eso significa que una persona como yo ha vivido cerca de quince mil días y eso quiere decir que mi libro ya es bastante robusto, bastante gordo, quince mil páginas. Algunas, espero yo bien escritas, otras muchas mediocres, otras bastante pobres o vergonzosas. Es el libro que uno va escribiendo día por día, y Jesús, nuestro Señor, quiere enseñarnos a escribir, quiere que nuestros días sean páginas de un libro del que no haya que avergonzarse. A veces, cuando uno recuerda cosas del pasado, siente simple y sencillamente vergüenza. Cristo quiere que nosotros vivamos sin tener que avergonzarnos y por eso nos enseña a escribir con la tinta nueva del Espíritu. Ese es el primer servicio que presta Cristo, su predicación, que nos enseña a leer y a escribir de la manera ya explicada.
Pero Cristo también manifiesta el poder de Dios, poder que consuela, poder que levanta, poder que sana. Qué cosa tan grandiosa la que se dice de Jesucristo en el pasaje de hoy, que le llevaban los enfermos, pero dice exactamente esto: «Los que tenían enfermos, con el mal que fuera, se los llevaban y él poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando». Este médico maravilloso, este taumaturgo admirable, Jesucristo, manifiesta con ese poder que Dios ha venido a nuestra tierra y que la primera palabra de Dios no es para condenar al mundo, sino para salvarlo. Así dijo también en otra ocasión Jesús, refiriéndose a sí mismo: «Yo no he venido para juzgar al mundo. Yo no he venido para condenarlo, he venido para salvarlo». Pero, por supuesto, el que recibe una oferta de salvación y la rechaza, se condena, se condena a sí mismo.
En estos días en que nos duele ver el desastre natural que padece Pakistán, cerca de veinte millones de personas afectadas, eso es como decir que la mitad de Colombia estuviera en medio de inundaciones, con todo lo que esto conlleva de pérdidas materiales, ruptura de lazos familiares, enfermedades, epidemias, escasez, esta es la tragedia que vive Pakistán. En muchas de esas zonas donde han sucedido inundaciones, las personas quedan en el techo de sus casas esperando que buenamente puedan encontrarlos y que alguna lancha, algún helicóptero, alguien se acerque. Imaginémonos que una persona queda así en medio de la inundación, en el techo de una casa, y se acerca una lancha y le dice: Venimos a recogerte, te alcanzamos a ver. Qué tal que la persona dijera: No, yo prefiero quedarme aquí. Por supuesto que esa persona al rechazar la salvación está escogiendo la condenación.
Y eso es lo que sucede también cuando ya se revela el misterio de Cristo. Cristo es el Salvador, pero rechazar a Cristo es la condenación. Y por eso la Iglesia predica que, así como existe la posibilidad maravillosa de la salvación, así también existe la posibilidad espantosa de la condenación. Si no aceptamos a Jesús, si no recibimos su regalo de gracia, si no nos acogemos a su oferta de perdón, lo único que puede quedar para nosotros es la pérdida de toda esperanza. Lo único que podría quedar para nosotros es hundirnos en la desesperación, la amargura y la ira. Y eso es lo que se llama el infierno, que ya tendrá un comienzo en esta tierra, pero que tendrá su consumación más allá de la frontera de la muerte. Así que Cristo ofrece con su poder sanación a los enfermos. Y también, y esta es la tercera obra de servicio que Él realiza, Cristo libera de la infestación del poder oscuro del demonio.
Yo sé que muchos teólogos pretenden reducir la acción del demonio al tema de la enfermedad. Más o menos el argumento de estos estudiosos modernos, que no son todos, pero sí algunos, es que en la época de Jesús, con ese atraso tecnológico que tenían si lo comparamos con nuestro tiempo, pues la gente atribuía al demonio todo lo que no podía entender. Pero eso no es cierto y uno de los pasajes que demuestra que no es cierto, es el pasaje de hoy. Permítanme que vuelva a leer, dice aquí: «Jesús, poniendo las manos sobre cada enfermo, los iba curando». Y luego dice: «De muchos de ellos», no dice de todos. «De muchos de ellos salían también demonios». Las palabras son muy precisas al decir que es algo que sucede en muchos, está indicando que las comunidades, la gente de esa época sabía distinguir entre lo que es una enfermedad y lo que es una enfermedad agravada con la presencia oscura, espantosa, aterrorizante del demonio.
Es decir, el hecho de que una persona tenga una enfermedad física o una enfermedad mental no excluye que además de esa enfermedad, oiga la palabra, además de esa enfermedad tenga otra cosa. Y eso es lo que dice acertadamente esta traducción: «De muchos salían también demonios». ¿Por qué dice también? Porque no solo salía la enfermedad, sino que salía también el demonio. Y observa lo que proclaman los demonios ahí, dicen: «Tú eres el Hijo de Dios». Qué sentido tiene, si lo pensamos bien, que una persona esté enferma y en el momento de ser curada diga con ira, diga con como un reto, le diga al que lo está curando: Tú eres el Hijo de Dios. Ese tipo de acción, ese tipo de comportamiento, ¿qué explicación tiene para aquellos que dicen que todo se reducía a enfermedades? Si todo se reduce a enfermedad y alguien me está curando, pues lo único que yo podría sentir es gratitud. Y si fuera a dar una alabanza, sería una alabanza, no esa palabra irónica, esa palabra cínica del demonio que por una parte dice: Tú eres el Hijo de Dios, pero por otra parte sigue actuando el mismo demonio perversamente.
Entonces, mis hermanos, aunque gente con muchas instrucciones y con muchos títulos, pretenda decirles que lo del demonio era simplemente una idea de aquella época, fíjate que el texto del Evangelio es bastante preciso. No nos imaginemos, mis hermanos, que por qué esta gente escribió hace dos mil años, todos eran unos retrasados mentales que no sabían distinguir entre una cosa y otra. Las personas de ese tiempo seguramente tenían tanta o más inteligencia que nosotros, y ellos sabían distinguir y sabían darse cuenta de qué es lo que puede suceder de un modo natural y qué es lo que trasciende las fronteras de las leyes naturales.
Pero volvamos a Jesucristo, Cristo que ama al prójimo, Cristo que ofrece el servicio de dar vida y restaurar la vida ¿como lo hace? Predicando, sanando y exorcizando. Y ¿cómo practica y cómo crece su amor al Padre? A través de la oración. Pues ese ejemplo tenemos que seguir nosotros, que a través de nuestra oración crezca el amor al Padre Celestial y a través del amor que recibimos se vuelva natural en nosotros servir a los hermanos. ¿Cómo? Iluminándolos, en la medida en que es posible, quizás con un buen consejo, quizás sabiendo escuchar, respondiendo a sus inquietudes y también ayudándoles a llevar sus propias cargas. Amén.

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