Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La persona obsesionada con los éxitos de este mundo no sabe lo que es el verdadero arrepentimiento, la generosidad total ni la gloria divina porque está centrada su propio yo.

Homilía o222014a, predicada en 20240903, con 8 min. y 33 seg.

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Transcripción:

Si hay algo que puede ser frustrante, mis hermanos, es tratar uno de darse a entender y no lograrlo. Y de eso trata, en cierto sentido, la primera lectura de hoy, tomada del Capítulo Segundo de la primera Carta de San Pablo a los Corintios. Necesito el auxilio del Espíritu Santo para tratar de explicar de qué se trata este texto. San Pablo habla de la diferencia en la primera carta a los Corintios. Habla de la diferencia entre la sabiduría del mundo y la sabiduría de Dios. La máxima expresión de la sabiduría del mundo es tener éxito, reconocimiento, aplauso, prosperidad, honra. Es decir, ser una persona a la que las cosas le han salido bien, es una persona exitosa. Esa es la sabiduría del mundo. La sabiduría de Dios, en cambio, nos conduce por un camino tan extraño que finalmente nos lleva hacia el misterio de la cruz. El misterio de la cruz y la cruz desafía nuestra inteligencia. La cruz parece absurda. El mismo Pablo dice en esa primera carta a los Corintios que la cruz es un escándalo para los judíos y es una necedad para los griegos que eran tan adictos a la filosofía, el pensamiento estructurado, las grandes razones. Entonces, ¿qué tenemos que decir ahí? Pues que hay como un contraste entre esas dos cosas.

Alguien podría preguntarse ¿Pero qué hay de malo en que uno busque ser exitoso? ¿Qué hay de malo en que uno busque ser próspero? ¿Qué hay de malo en que uno busque honra, reconocimiento, ser bien estimado por muchas personas? Eso no parece que sea pecado. No, eso no es pecado. Pero es muy fácil que cuando nosotros entramos en ese camino que ya dije, es el de la sabiduría del mundo. Tres palabras, tres conceptos fundamentales no encajen y por lo tanto uno no los viva, no los practique. ¿Cuáles son esos conceptos? Primero el arrepentimiento. Segundo la generosidad y ya vamos a ver qué clase de generosidad, vamos a llamar aquí generosidad total. Y tercero, la búsqueda de la gloria divina. Entre otros, estos tres conceptos que son como las puertas de entrada a la sabiduría de Dios. Estos tres conceptos no los va a lograr entender la persona que está obsesionada, que está súper centrada en tener éxito. La persona que está buscando como ideal de su vida, como centro de su corazón, como proyecto más querido, tener éxito y tener victoria y lograr reconocimiento humano.

Muchas veces no entiende el arrepentimiento, porque es que el auténtico arrepentimiento es reconocer lo que dice el Salmo Cincuenta y uno. Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. El verdadero arrepentimiento es una manera de encontrar nuestro límite y ponerlo humildemente ante Dios, sabiendo que nosotros no podemos cambiar lo más profundo de nosotros. Y eso quiere decir que si yo estoy reconociendo mi más profundo límite, pues hay algo en lo que yo no tengo victoria, hay algo en lo que yo no puedo lograr la victoria aunque lo quisiera. Yo no puedo lograr la gran victoria que es la victoria sobre mí mismo. Entonces, la persona que está obsesionada con tener éxito ante el mundo se le puede olvidar que su principal combate no está afuera, sino que su principal combate está en vencerse.

Fíjate el caso de San Agustín, que lo mencionó con mucha frecuencia porque es un testimonio de conversión impresionante. Fíjate el caso de San Agustín. San Agustín aparentemente era un hombre exitoso por su retórica, por su conocimiento de las leyes, por su formación filosófica. Pero aunque él tenía éxito exteriormente, por dentro estaba desgarrado en el sentido de que él amaba las cosas intelectuales, podríamos decir espirituales y al mismo tiempo, pues estaba atrapado en una cantidad de vicios, de lujuria y en unos vicios de vanidad que realmente le humillaban. Entonces, la persona que está obsesionada con el éxito exterior muchas veces no descubre la batalla interior ni tiene la victoria interior, que es la más importante.

Hablemos de generosidad. A muchas personas exitosas les gusta ser generosas, pero con una generosidad exhibicionista. Ya conoces cuántas personas nos dicen Fulano de tal es un filántropo. Y a veces esos filántropos lo que hacen es dar una cantidad de dinero, por ejemplo, para que la gente pueda abortar más y más y más. O para imponer unas agendas retorcidas. Pero son aplaudidos porque son los filántropos. No, la generosidad total, la generosidad que propone la fe es la generosidad que consiste en auténticamente dar, aunque no haya recompensa, aunque no haya gratitud, aunque no haya aplauso. Y esa generosidad, no reporta ninguna ganancia. Entonces, la persona que está obsesionada con tener un gran éxito exterior, esa persona no conoce esa generosidad, porque la persona que está obsesionada con el éxito exterior es una persona que finalmente lo que hace todo el tiempo es invertir pero para recibir. Para sacar más de lo que invierte.

¿Y qué me dirás de la gloria de Dios? No, la gloria de Dios no la conoce la persona que está obsesionada con el éxito en este mundo, porque ahí se cumple lo que dijo Jesucristo. Cómo van a buscar ustedes la gloria de Dios, ustedes que andan buscando la gloria los unos de los otros. Entonces ahí nos damos cuenta cuáles son los límites de la sabiduría de este mundo. La persona que está obsesionada con los éxitos de este mundo no sabe lo que es el auténtico arrepentimiento, porque no conoce lo que es la victoria interior y sobre todo, no conoce que esa victoria interior solamente podrá tenerla con el auxilio de Dios. No conoce lo que es la generosidad total, porque todo el tiempo está invirtiendo, pero viendo a ver qué puede sacar. Y mucho menos conoce lo que es centrarse en la gloria divina porque está concentrado en la búsqueda de su propia gloria. Por eso dice San Pablo que la persona que está metida en esa sabiduría del mundo no puede entender la lógica de Dios. Todo le parece absurdo y sobre todo la cruz le parece absurda. El sacrificio de Cristo le parece absurdo y la inmolación que requiere la vida cristiana, es decir, nuestra propia experiencia de cruz, también le parece completamente irrealizable, le parece absurda.

Pidamos al Señor que nuestras vidas sean transformadas, que nosotros podamos captar algo de esta sabiduría de la cruz y podamos vivirla y podamos seguir tras las huellas de Cristo. Porque aunque es fascinante, aunque es tentadora, digo mejor, la sabiduría del mundo en el fondo es amarga. En el fondo es una trampa y en el fondo lo que quiere es apartarnos de nuestra verdadera vocación, de nuestra verdadera casa, que es estar junto al Padre y al Hijo por toda la eternidad.

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