Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Uno no entiende las cosas de Dios sin la ayuda de Dios.

Homilía o222013a, predicada en 20220830, con 7 min. y 1 seg.

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Transcripción:

Cuando Pablo llegó a evangelizar a la ciudad de Corinto, yo creo que enfrentó uno de los desafíos más impresionantes de toda su labor apostólica, de toda su vida y probablemente de toda la Iglesia. Y quiero explicarme por qué. Corinto era una ciudad de comercio, un puerto. Por consiguiente un lugar donde llegaba todo tipo de filosofía, donde llegaba todo tipo de religión, donde llegaba toda clase de ideas. ¿Y qué pasa cuando llega todo tipo de filosofía, todo tipo de religión y todo tipo de ideas? Pues lo que pasa es que se forma como una competencia. La verdad es que así somos los seres humanos. Los seres humanos queremos ganar y cuando uno quiere ganar, pues uno quiere ser el primero, como lo decíamos en una predicación de esta misma semana.

Mire lo que sucedió, la gente se acostumbra a una mentalidad de mercado. Como cuando usted entra a un supermercado y usted ve que hay varias marcas, por ejemplo, de jabón, hay varias marcas de champú y esas marcas, lo mismo que las religiones y las filosofías donde los corintios. Esas marcas están compitiendo. Esos frascos, esos tarros, esos productos están diciendo cómpreme a mí, cómpreme a mí. Eso es lo que están diciendo. Esa es la competencia. Y la idea, por supuesto, de cada uno de ellos es quedarse con la mayor parte del mercado. Pues algo parecido sucede a veces con las religiones, cuando hay muchas religiones en competencia. Pues a veces hay un poco esa idea. Como decir ¿Quién tiene más seguidores? ¿Quién hace más milagros? ¿Quién tiene mejor oratoria? ¿Quién logra más likes? ¿Quién tiene más popularidad? Eso se llama mentalidad de mercado. Y lo que estoy diciendo es que la mentalidad de mercado también se mete en la religión.

Pero ¿cuál es el grave peligro? Que la mentalidad de mercado siempre trae división. Entonces, por ejemplo, dentro de la Iglesia Católica eso pasa. No, yo soy de corte muy tradicional. Lo mío para mí es la música de órgano, lo mío es el latin, lo mío es la Misa anterior al Concilio Vaticano segundo. Otro dice no, para mí, yo soy súper carismático. Para mí lo importante es el ritmo del espíritu. Me encanta la guitarra, me encanta la batería. Luego otro dice no, para mí lo más importante no es la liturgia y estar encerrado. Lo importante es llegar al mundo de la cultura, al mundo de la universidad. Otro dice no, para mí lo más importante es la santidad en la vida cotidiana. Y resulta que seguramente todos tienen algo o mucho de razón, seguramente. ¿Pero qué pasa? Que empezamos a competir. Convertimos a la Iglesia en un mercado y como aquellos frascos o potes o tarros o lo que sea, de detergente o de champú, también nosotros estamos tratando de conseguir gente para nosotros.

Y qué es lo que nos está recordando San Pablo en Primera Corintios, Capítulo Tres, la primera lectura de hoy. Que lo importante no es conseguir gente para mí, ni para mi grupo ni para mi movimiento. Lo importante es conseguir gente para Cristo. Pero yo sé lo que me van a decir algunos. Algunos me van a decir No, padre, lo que sucede es que la verdadera Iglesia es la que tiene la fuerza del Espíritu, o la verdadera Iglesia es la que ha durado mil quinientos años en latín o la verdadera iglesia... ¿Sabes cuál es el antídoto contra esa idea de creer que nosotros tenemos la verdadera y perfecta iglesia? ¿Sabes cuál es el antídoto? El antídoto es empezar a preguntarme en qué tiene razón el que no piensa como yo. ¿En qué tiene razón el que no piensa como yo? El que es de otra línea, tal vez, no puedo estar de acuerdo en todo, tal vez tiene errores, como seguramente yo también tengo errores. Pero hazte la pregunta de en qué tiene razón. ¿En qué tiene razón? Y entonces te darás cuenta que la persona que está valorando mil quinientos años de teología, liturgia, moral y vida en latín no puede estar completamente equivocado. Yo puedo aprender de esa persona, yo puedo recibir de esa persona. Y el que quiere la vida y la alegría del espíritu y el poder del Espíritu y el que danza para Dios. Alguna razón tiene.

Hay un refrán que dice: Hasta un reloj dañado acierta dos veces al día. Piénselo. Claro, estamos hablando de los relojes de aguja, ahora me viene con que el reloj no marca nada. Hasta un reloj dañado acierta dos veces al día. Entonces lo que tenemos que preguntarnos es cuáles son las huellas de Cristo en el que tiene otra idea, en ese que insiste en el Evangelio social y el otro insiste en el Evangelio contemplativo y el otro insiste en el Evangelio intelectual. ¿En qué tiene razón el otro? Para tener la certeza de que de que estamos buscando a Cristo y no estamos buscando únicamente el triunfo de nuestras propias ideas. Para que no nos pase a nosotros lo que le pasó a los Corintios, que algunos decían Yo soy de Pedro, yo soy de Pablo. Otro decía yo soy de Apolo. Cristo dice no. La clave está en que descubramos que somos de Cristo y que Cristo ha dejado la huella de su verdad en tantas personas, en tantos movimientos. Así que desde hoy, constructores de unidad, buscando en qué tiene razón el que no piensa como yo. Amén.

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