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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Así como un ciego de nacimiento no podría entender lo que es el color, así también la persona prisionera de su racionalidad, y sobre todo del pecado, no alcanza a comprender la lógica del actuar de Dios.
Homilía o222012a, predicada en 20200901, con 24 min. y 25 seg. 
Transcripción:
Hermanos, una de las realidades más nuevas. En cierto sentido, el origen de toda novedad en la predicación del Evangelio es el anuncio de la gracia del Espíritu Santo. Así nos explica, por ejemplo, Santo Tomás de Aquino en su obra cumbre la Suma Teológica nos dice que lo nuevo del Nuevo Testamento es la gracia del Espíritu Santo. Esta es la gran novedad. El Espíritu Santo, aquel que renueva la faz de la tierra. El Espíritu Santo, aquel que hace de nosotros criaturas nuevas. El Espíritu Santo, aquél que inflamando en su fuego el Corazón de Cristo, selló la nueva y eterna Alianza. Este Espíritu Santo, mis amados hermanos, es del que nos habla San Pablo en la lectura de hoy.
Y para situar las frases audaces que dice San Pablo, conviene tomar en serio lo que acabo de decir sobre la novedad del Espíritu. Si el Espíritu Santo llegando sobre ti te va a hacer una criatura nueva, quiere decir que tu manera de ver, tu manera de hablar, tu manera de sentir, tu manera de sufrir, van a ser nuevas. Porque si eres una criatura nueva, entonces todo dentro de ti va a cambiar, no según la escala del solo deseo, proyecto o propósito humano, sino que va a cambiar según la escala y el plan de Dios. Por eso el Espíritu Santo es el que hace posible que el querer de Dios, sin violentar nuestra voluntad, se realice plenamente en nosotros. Ahora bien, si todo ha de ser renovado en nosotros, también se renueva nuestra manera de pensar. Nuestro pensamiento adquiere una dimensión nueva, una posibilidad nueva, una forma nueva. Esa forma nueva es la que menciona o a la que hace referencia San Pablo cuando habla del hombre de Espíritu.
La expresión que él utiliza en el texto original es el hombre espiritual Anthropos neumatikós. El hombre que está lleno del espíritu, es decir, el que es criatura nueva. Ese hombre que es criatura nueva, tiene un pensamiento nuevo, tiene una mirada nueva y vamos a buscar con la ayuda de Dios, en qué puede consistir esa mirada. Pero entendamos una cosa, y esto puede sonar un poco extraño al principio. Entendamos una cosa, si la mirada nueva que da el Espíritu se pudiera explicar de un modo completo utilizando sólo nuestra capacidad racional y deductiva, entonces la gracia del Espíritu no sería indispensable para poder captar las cosas de Dios. No sé si se entiende completamente ese argumento, que es muy importante. Es algo parecido a esto.
Imaginémonos que tuviéramos que explicarle qué es el color a una persona que lamentablemente ha nacido ciega de nacimiento. ¿Qué le dirías a esa persona? Es una persona inteligente, es una persona capaz de hablar, de conversar, de entender, de preguntar. Pero cómo le explicarías a esa persona qué es el color. Le podrías decir que las cosas tienen distintos aspectos, pero la palabra aspecto para ese hombre que nació lamentablemente ciego de nacimiento, la palabra aspecto, él la asociará con los órganos de los sentidos que gracias a Dios trabajan muy bien en él, quizás incluso con mayor agudeza que nosotros. Entonces él podrá decir lo que es una superficie rugosa en contraste con una superficie lisa. Él podrá identificar los sonidos y podrá decir que una superficie suena hueca, mientras que otra suena maciza. Podrá hablar de que hay cosas que son frías y otras cálidas. Todo eso podrá decir. Pero ¿qué argumento podrías utilizar tú? ¿Cómo podrías tú decirle a esa persona qué es el color? Vamos a suponer que es una persona con una gran inteligencia y gusto por el estudio. Podrías utilizar entonces también los recursos de la ciencia. Y podrías decir, el color que nosotros llamamos rojo corresponde a esta frecuencia, la frecuencia de la onda electromagnética del color rojo. Y él podría memorizar. Oh, sí, el color rojo tiene tal frecuencia, el amarillo tal otra, el verde, el violeta. Podría tener todos esos números de memoria en su cabeza, pero ¿reemplazaría eso el que pudiera ver el color?
Eso es lo que San Pablo nos está diciendo en esta lectura, que nosotros no podemos traducir completamente en palabras y en razones, lo que significa la acción del Espíritu en nosotros. No lo podemos traducir completamente. ¿Por qué no lo podemos traducir completamente? Porque lo mismo que el color ante una persona ciega de nacimiento, también aquí hay algo que rebasa. Si yo le hablo del aspecto, él piensa en la textura. Si yo le hablo de que hay colores fríos o colores cálidos, él piensa que es asunto de temperatura. Lo mismo nos sucede cuando hablamos de las cosas del espíritu. Hablamos una cosa y lamentablemente nos entienden otra. Es difícil en ese sentido, es difícil. Te voy a dar tres ejemplos de cómo cuando uno habla cosas del Espíritu entienden otra.
La primera es la que tiene que ver con el perdón. Y de hecho, este fue uno de los mensajes más difíciles de captar en el mundo antiguo y creo que también para nosotros. Para muchas personas, perdonar significa ser tonto o significa ser cobarde. Ejemplo de una persona que no entendió nada del cristianismo y que además lo atacó con una rabia inusual. Es el filósofo Federico Nietzsche. Federico Nietzsche habló con odio del cristianismo, pero es fácil darse cuenta que él no entendía nada. En Nietzsche se cumplía el pasaje de hoy de la primera carta a los Corintios, Capítulo Dos. No entendía nada. Y el ejemplo típico es precisamente este del perdón. Para Federico Nietzsche lo único que significaba el perdón era cobardía. Incluso se inventó una especie de pequeña teoría psicológica para tratar de explicar por qué los cristianos perdonamos y, por consiguiente, oramos por nuestros enemigos. Para Nietzsche, el perdón era una especie de racionalización, una especie de autojustificación que mi mente hace para que yo me quede tranquilo en mi cobardía. Para que yo sea cobarde. Para eso sirve el perdón, según Nietzsche.
De modo que el razonamiento de él era este. Yo en realidad quisiera destruir a la otra persona, pero como la veo tan fuerte y tan peligrosa, entonces mmm en vez de atacarla, yo creo que mejor será perdonarlo. Esa es la manera. Eso fue lo único que entendió Nietzsche sobre el perdón. Y por consiguiente él describía el cristianismo como una especie de platonismo de baja calidad, un platonismo refiriéndose al filósofo Platón, un platonismo para las masas, un platonismo diluido. ¿Y por qué atacaba tanto a Platón? Porque Platón tenía su teoría filosófica o la tiene sobre el mundo de las ideas, que es un mundo perfecto. El mundo al que debemos tender, llamémoslo así, el mundo del deber ser, mientras que el mundo presente es un mundo imperfecto y que sólo lejanamente se parece al mundo ideal. Entonces esa distancia entre lo que es y lo que debería ser es algo que Nietzsche estima como muy propio del filósofo Platón. Pero como estas ideas filosóficas son a veces difíciles de predicar o poco atractivas para las masas, según Nietzsche, el cristianismo era lo mismo pero rebajado, diluido, de mala calidad. Platonismo para las masas. Ahí te das cuenta que el hombre no entendió nada. Por ejemplo, él no podría explicar por qué cuando un cristiano perdona, cuando un cristiano ora por su enemigo, realmente experimenta libertad interior. Esa libertad interior no la podía comprender Nietzsche. Estaba más allá de él. Ahí tenemos el ejemplo de una persona que cuando tú le intentas hablar de la maravilla del perdón el otro solo está pensando en la bajeza de la cobardía y no logra levantar de ahí, no logra entender nada.
Vemos otro ejemplo. Es muy propio de la vida cristiana el servicio. Propio de la vida cristiana es servir, es decir, buscar, propiciar y realizar lo que es bueno para la otra persona. Un cristiano que me esté escuchando entenderá la grandeza y la belleza del servicio y entenderá la alegría que hay en servir. Entenderá la alegría que hay en dar. Hay una alegría en dar. Pero una persona que esté metida en su codicia. Una persona que haya trabajado muy duro para amasar una gigantesca fortuna. ¿Qué lenguaje utilizará? muy probablemente con respecto al dar al verbo dar. Para el dar significa simplemente perder. Y yo por qué tengo que dar a otros lo que a mí me costó tanto trabajo. Que se parta en la espalda como yo me la partí. Que trabajen duro como yo trabajé. Ese es el lenguaje que tendrá esta persona. Para esta persona es evidente que dar es algo tonto porque significa simplemente perder. Y en cuanto a servir. ¿Qué dirá esta persona cuando le hablamos de servir? Una persona de esas; codiciosa, absolutamente egocéntrica centrada en su mundo, en su ganancia. ¿Qué dirá esa persona con respecto al servicio? Pues para él todo servicio es una humillación. Y como servir significa humillarse, él no quiere servir, él quiere que le sirvan. Trata de explicarle a esa persona qué sentido tiene la vida de un San Martín de Porres, qué sentido tiene la vida de un Maximiliano María Kolbe que dio su vida en servicio para salvar la vida de otro. Que esa persona pueda entender eso resulta poco menos que imposible. No es del todo imposible, porque siempre puede Dios también visitar con su amor y con su gracia a esa persona. Y si nosotros algo entendemos de lo que es perdonar o de lo que es servir. Si de verdad lo entendemos y si de verdad lo vivimos, y si de verdad nos alegra. Eso no es mérito nuestro, es puro don de Dios. Entonces ahí te das cuenta cómo el servicio es una cosa incomprensible para muchas personas.
Un ejemplo típico es el lenguaje que ha utilizado el feminismo. La mayor parte del feminismo queda un puñado de feministas sensatas. Esas personas también existen. Pero en su gran mayoría, el feminismo es terriblemente agresivo en todo lo que tiene que ver con el servicio. Sobre todo porque considera que poner a una mujer a que sirva y particularmente a que sirva a un hombre, es lo más humillante, es lo más degradante, es lo más heteropatriarcal. Ese es el lenguaje. Por supuesto, ese lenguaje en la creación de ese lenguaje, responsabilidad tiene la sociedad y tenemos todos. Si nosotros hemos ayudado a fortalecer esquemas de humillación y de maltrato a la mujer. Pero eso no significa que servir sea humillación, no. Una cosa es servir y otra cosa es ser servil. Son dos cosas distintas. Una cosa es servicio y otra cosa es servilismo. Pero la persona que está metida en su ego y en su afán de ganancia no logra entender ese lenguaje, no lo logra entender, le queda muy difícil. Y no es por falta de cociente intelectual. La persona puede tener incluso un cociente intelectual superior al de cualquiera de nosotros que estamos hoy aquí. Una persona inteligentísima y no entiende nada.
No es extraño, por otra parte, que gente muy inteligente cuando se acerca a los misterios de Dios, diga absolutas sandeces. Uno de los hombres más inteligentes del Siglo Veinte fue el gran físico británico Stephen Hawking. Los trabajos de este hombre, los resultados de su investigación en física teórica son absolutamente deslumbrantes. Todo el mundo está de acuerdo en que su cociente intelectual estaba muy por encima de ciento cincuenta. Algunos hablan de ciento sesenta, ciento ochenta, casi doscientos. Teniendo en cuenta que el cociente intelectual promedio es cien, que una persona tenga ciento cincuenta es absolutamente asombroso. Pero Stephen Hawking, cuando habla de la existencia de Dios, dice unas tonterías que uno dice pero ¿Dónde se te quedó el cociente intelectual? Y para que se vea que no estoy inventando, quiero recordar aquí el argumento que plantea Stephen Hawking. Según Stephen Hawking de la nada sí puede salir algo y no se necesita un Dios para demostrarlo. Y la prueba que da Hawking de eso está en las oscilaciones de los campos cuánticos, en un vacío absoluto de materia. Es decir, tú puedes tener, llamémoslo así, un recipiente completamente vacío de materia. Si hay oscilaciones de campos cuánticos, entonces se pueden producir creaciones simultáneas de partículas y antipartículas que luego se aniquilan, pero no necesariamente se aniquilan. Hay casos en que no, luego esto explicaría el origen de la materia según Hawkings y según entonces este mismo científico no se necesita a Dios para eso y el hombre se queda tan tranquilo.
Yo creo que un chico de veinte años, una muchacha de diecinueve o veinte años que haya estudiado un poquito de filosofía y que tenga un coeficiente intelectual normal ya le puede responder a Hawking desde el mismo punto de vista de la ciencia. Efectivamente, si tú tienes un recipiente que tú llamas vacío de materia en el sentido de que no hay partículas ni antipartículas, pero tienes campos cuánticos, entonces sí hay algo. Y además tú no has demostrado de dónde viene la existencia y las leyes, leyes que rigen los campos cuánticos. Entonces eso no está vacío desde el punto de vista filosófico, es decir, desde el punto de vista del ser. Una cosa es la nada ontológica, es decir, la nada en cuanto a ausencia de todo ser, incluyendo ausencia de campos cuánticos y leyes que rigen campos cuánticos. Y otra cosa es la nada entendida como vacío de partículas materiales. Y esa confusión que ya ves que se puede explicar en dos minutos. No la vio o no quiso verla Stephen Hawking.
Entonces date cuenta que si es cierto lo que dice San Pablo, que uno puede estar enceguecido y ciertamente conocemos qué es lo que nos enceguece. Básicamente lo que nos enceguece es el pecado en sus más diversas formas. Tomás de Aquino lo dice, la mentira enceguece, la lujuria enceguece, la soberbia enceguece, la envidia enceguece. ¿Quieres darte cuenta cómo la envidia enceguece? No quiero que pases por esa experiencia. Pero si tú le tienes envidia a alguien, notarás que no ves nada bueno en esa persona y si ves algo bueno, lo ves como parte de algo malo, es decir, algo que agrava la condición de esa persona. El pecado enceguece y sin el poder del Espíritu de Dios estamos ciegos en nuestros pecados. La ira enceguece, claro que enceguece. La persona iracunda comete errores terribles, dice palabras que no son. Hiere de hecho, de obra y de palabra.
El último ejemplo que quisiera dar de cómo el Espíritu Santo nos da una luz que uno no puede tener con sus solas fuerzas naturales, está en el tema de la liturgia. Esto mismo que estamos haciendo. Date cuenta una cosa, a ver, si nosotros hablamos de la liturgia a una persona que no cree en Dios. ¿Qué ve en la liturgia? ¿Qué ve? Si su lenguaje es relativamente respetuoso, lo que va a decir es, si a ti te interesa ir a perder tiempo en ese templo, pues vete allí donde ya los templos están prestando ese servicio. Porque por ejemplo, aquí en Bogotá estamos en una discriminación los católicos. Se permite abrir una cantidad de cosas y los templos no. Entonces se puede tener restaurante al aire libre, se puede tener plazoleta de comidas, no se puede tener Misa. Esa es la situación de discriminación que estamos sufriendo los católicos aquí en Bogotá. Pero ese era un paréntesis. La persona que ve realmente lo que está sucediendo en una liturgia, pero no tiene fe. Lo más benigno que dirá es perdedera de tiempo. La mayor parte de las personas no creyentes no tienen ese lenguaje respetuoso. Van a utilizar otro lenguaje. ¿Cuál lenguaje? A qué vas, a que te lave el cerebro ese cura. No entiende nada. Y cuando yo recibo testimonios por bondad de Dios. Cuando yo recibo testimonios de lo que el Señor está haciendo, incluso a través de estas humildes Celebraciones Eucarísticas por Internet, con tantas limitaciones que tiene esto, y el Señor está obrando en hogares, en hombres, en mujeres. Dios está haciendo maravillas, pero la persona enceguecida en su soberbia, endurecida en su pecado. Lo único que ve es estás perdiendo el tiempo si rezas. No ve lo que está sucediendo.
Por eso, hermanos, y creo que es el momento de terminar esta reflexión. Por eso tenemos que decirle al Señor. Señor, haz que vea. Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. Señor, haz que vea. Porque uno mismo no se da cuenta de lo que no ve. Hay un ejemplo muy sencillo, tomado precisamente de la física. Nosotros, los seres humanos, vemos las radiaciones electromagnéticas entre el rojo y el violeta, pero la radiación electromagnética sigue. Por eso hay rayos ultravioleta. Por eso hay rayos infrarrojos. Antes de que la ciencia descubriera los rayos ultravioleta. Alguien sabía que no conocíamos los rayos ultravioleta. Alguien sabía que esos rayos existen, nadie. Curiosamente, sí hay especies animales que tienen la capacidad de ver más allá del violeta.
Entonces uno tiene que pedirle a Dios, Señor, haz que vea. Abre mis ojos. Abre mis ojos para ver. Que yo pueda ver, Señor. Que yo pueda ver lo que hasta ahora mi soberbia no me ha dejado ver, lo que mi envidia no me ha dejado ver, lo que mi pecado no me ha dejado ver. Eso hemos de pedir al Señor con humildad y con fervor. Porque ciegos, ciegos hemos estado, y quizás en buena parte todavía estamos.

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