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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La diferencia clave entre aquellos que san Pablo llama "espirituales" y aquellos que sólo piensan en términos de su naturaleza humana.
Homilía o222006a, predicada en 20140902, con 4 min. y 58 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada de la primera Carta a los Corintios. En el capítulo segundo encontramos al apóstol San Pablo que nos habla como de dos tipos de personas. Hay un tipo de gente a la que él llama espirituales, y hay otras personas a las que llama seres solamente humanos. ¿Es que es tan difícil de traducir esto? Porque por una parte, Pablo nos habla en el texto griego del anthropos neumáticos. Ese es más o menos fácil de traducir. Anthropos significa hombre. De ahí viene antropología. Entonces, el anthropos neumáticos neumáticos es el adjetivo que viene de neuma, que quiere decir espíritu. Entonces Anthropos neumáticos quiere decir el hombre de espíritu, aquella persona que conoce la acción del Espíritu Santo. El otro término para las otras personas es lo que él llama el anthropos psíquicos. Y esto sí es más difícil de traducir, porque si ge en griego quiere decir alma, entonces está hablando aquí Pablo de los hombres con alma. Puede decirse que la comparación es entre hombres con alma y hombres con espíritu, pero no es que los hombres con espíritu no tengan alma, no es que sean desalmados. Entonces, ¿qué es lo que nos está diciendo el sentido, como lo sugieren las traducciones? Es que hay personas que se contentan simplemente con lo puramente humano y las traducciones tratan de ir en esa dirección. Por ejemplo, una dice el hombre puramente natural o el hombre con las solas fuerzas humanas, es decir, el hombre, en resumen, lo que Pablo nos está diciendo es el hombre que todavía no conoce las dimensiones del amor de Dios que se han revelado únicamente en Jesucristo y en el don del Espíritu Santo. Ese hombre, ese ser humano, porque puede ser, por supuesto, también mujer, ese hombre o mujer que lleva una vida humana, tiene un cuerpo humano, tiene una inteligencia, tiene una memoria, tiene unos anhelos, sueños, empresas, deseos, pero pero todavía no conoce, todavía no conoce las dimensiones, no conoce el tamaño del amor de Dios, o tal vez lo conoce, pero lejanamente únicamente por referencia. O tal vez lo que ha conocido de un modo todavía incompleto. Lo ha rechazado esa persona que no conoce o que conoce mal, o que conoce incompleto o que no ha recibido en su corazón verdaderamente el amor de Dios con toda su potencia, como se ha revelado en Jesucristo, como se muestra por la gracia de Pentecostés, por la efusión del Espíritu Santo. Ese hombre es el hombre puramente natural. Lleva una vida puramente natural. Y, por supuesto, cuando una persona no conoce esas dimensiones de amor, entonces lo único que intenta es asegurar su propia conveniencia, asegurar su propio placer, asegurar, asegurar lo que tiene más cerca. Eso es lo único que le interesa. No le interesa más. Por eso esa persona considera una locura las exigencias del amor cristiano. Que a mí me venga a decir Jesucristo que tengo que perdonar a mis enemigos es una cosa inconcebible, es una cosa que yo no logro entender que Jesucristo diga: El que mira a una mujer deseándola ya pecó. No, pero ¡qué exagerado es este Cristo! Eso parece imposible de vivir. Todo le parece locura que Cristo fue muerto en la cruz. Pero vaya loco. ¿Por qué tanto extremo? ¿Por qué hay que llegar a eso? Todo le parece excesivo a ese hombre puramente natural, a ese que no conoce las dimensiones grandes, las dimensiones, debo decir infinitas, del amor de Dios revelado en Jesús y otorgado a nuestros corazones con el regalo del Espíritu Santo. Ese hombre que no tiene eso es puramente natural. En cambio, el otro, el hombre de espíritu, es el que ya ha llegado a esa experiencia, es el que ya ha tenido ese encuentro y ese ya valora las cosas de otra manera y para él sí que tiene un sentido infinito el Evangelio de Jesús. Y sí que tiene un sentido amar, evangelizar y llevar la Buena Noticia. Que esa sea tu verdad, hermano, y también la mía. Amén.

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