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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Qué tipo de misioneros queremos ser?
Homilía o222002a, predicada en 19980901, con 7 min. y 41 seg. 
Transcripción:
Nos cuenta el evangelista Lucas que Jesús bajó a Cafarnaún, una ciudad que queda al borde del lago de Tiberíades. Este lago recibe otros nombres también en la escritura: Lago de Galilea, lago de Genesaret. Jesús bajó a Cafarnaún y se estableció en esta ciudad. Ahí vivió un tiempo, aunque después va a emprender camino hacia Jerusalén y va a ser un profeta itinerante. Durante un tiempo Jesús fue un profeta que tuvo casa, que tuvo vivienda, se estableció en Cafarnaún, ahí tuvo un lugar de residencia. Algunos exégetas aventuran que tal vez vivía en aquella época en la casa del apóstol Pedro y desde ahí predicaba exorcizaba, perdonaba pecados, sanaba muchas personas. Fue como un centro misionero que tuvo Jesús. Después se fue de ese centro misionero. En la lectura de ayer. Nos encontrábamos a Jesús echado de Nazareth. Fíjese que que Lucas le va siguiendo la pista a Jesucristo. Jesús, bautizado por Juan en el Jordán. Va al desierto, después hace como una primera predicación y después va a Nazaret. Pero no se establece Nazaret, porque entre los suyos nadie le creía. Y ya vimos que lo echaron ahí del pueblo. Entonces bajó a Cafarnaúm y estuvo un rato en Cafarnaún. Unas semanas, tal vez unos meses. Y después salió de Cafarnaúm, prácticamente de Cafarnaúm. Después de alguna otra pequeña gira, lo que siguió fue el viaje a Jerusalén y la muerte en la cruz. No fue mucho el tiempo de este recorrido. De manera que, por decirlo de algún modo, estamos como en la segunda estación del camino de Jesucristo. El primero fue Nazaret, donde lo acogieron con gusto, pero luego lo echaron. El segundo lugar donde le encontramos es aquí en Cafarnaúm, donde predica con autoridad y realiza prodigios como este que acabamos de escuchar hoy. Jesús salió de Cafarnaúm después de un tiempo y salió desengañado. Salió, salió triste. Alguna vez le escucharon los discípulos decir estas palabras ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Y después dijo ¡Ay de ti, Cafarnaún! Porque si se hubieran hecho en otros lugares los milagros que se han hecho en ti, la gente hubiera creído, la gente se hubiera convertido. De manera que la respuesta de Cafarnaúm, lo mismo que la respuesta en Nazaret, fue un fracaso. Jesús, entonces, no empezó su labor misionera con un plan, con un proyecto estrictamente trazado Algo así como las franquicias internacionales que van llegando a conquistar mercados. Jesús no venía con un plan estrictamente trazado, pero tampoco estaba viviendo a lo que saliera. Jesús tenía como algunas pistas, como algunas líneas, algunas estrategias. Su primera estrategia fue Nazaret, una ciudad humilde a la que quiso contarle que siendo la más humilde entre las ciudades y la más pobre, una ciudad de la que incluso se duda que haya existido en tiempos de Jesús en el siglo primero, hay exegetas serios que dudan de que haya habido realmente un lugar Nazaret, porque no hay prácticamente ninguna referencia extrabíblica en Nazaret. Y es a ese lugar humilde va Cristo a contarles que Dios ama. Pero esa noticia no es bien recibida, porque en medio de ese lugar humilde y pobre, había suficiente soberbia como para decir este nos va a enseñar ¿cómo así? Y lo echaron de ahí. Entonces Jesús cambia de estrategia, se va a otro lugar, humilde pero con más tráfico, con más gente que es Cafarnaún. Un lugar donde las ideas van y vienen. Un lugar al borde del lago y empieza a predicar y predica con poder y realiza sus exorcismos y perdona y sana. Y esto parece tener éxito según lo que vemos en el Evangelio de hoy. Pero esa estrategia tampoco funcionó. Jesús se fue dando cuenta de que la gente recibía las señales. Esto lo sabemos por el Evangelio de Juan. La gente recibía las señales, recibía las sanaciones, pero se quedaba en eso. Es decir, las personas iban únicamente a que las curaran y a tener salud para seguir en su misma vida. No cambiaban de vida. Por eso, después de un rato de estar en Cafarnaún, Jesús vio que esa estrategia tampoco funcionaba. De acuerdo con el evangelista Lucas, entonces intentó otra estrategia que nos la vamos a encontrar en unas cuantas semanas, que fue irse todavía más lejos. Se fue a la región de Tiro y de Sidón. A región de paganos. Regiones donde la fe en el Dios de Israel era muy débil. Y allí estuvo. Pero de allí también se devolvió, hasta que en un momento dado emprendió el camino hacia Jerusalén. Nosotros, amigos, somos misioneros por naturaleza, somos evangelizadores por esencia. Y todo este recorrido que he tratado de reconstruir aquí con ustedes es para que también nosotros recojamos la enseñanza. ¿Qué tipo de misioneros queremos ser? Misioneros tipo Nazaret, es decir, cerca de los suyos, cerca de la comunidad de origen, cerca de las amistades de toda la vida, cerca de los corazones que creemos que ya están abiertos y que nos acogerán o queremos ser evangelizadores tipo Cafarnaún, con gran elocuencia, con muchos milagros. Si nosotros somos fieles seguidores de Cristo, tenemos que ser misioneros, evangelizadores y predicadores, no modelo Nazaret, ni modelo Cafarnaún, ni modelo tiro, sino modelo Jerusalén. Es decir, poco a poco la vida nos va mostrando el Espíritu del Señor, nos va enseñando que el verdadero camino del misionero es el camino que conduce hacia la cruz, hacia la donación completa de sí mismo, hacia el silencio, hacia la pasión, también hacia la muerte y hacia el sepulcro. Y desde ahí, a la misteriosa fecundidad de la resurrección, alimentémonos en esta Eucaristía del Cuerpo de Cristo. Pero sepamos lo que eso significa. Unirse a Cristo en la Eucaristía es participar de su mismo destino. Comulgar es arriesgarse a que le pase a uno lo mismo que le pasó a Jesucristo. Seguir al Señor es estar no solo en los momentos del aplauso y de los milagros y del reconocimiento, sino estar también en el pretorio, en los azotes, en los clavos y en el sepulcro. No lo podemos por nuestras fuerzas. El don del Señor, el don del Espíritu, nos conduzca y haga de nosotros verdaderos misioneros. Modelo Jerusalén.

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