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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El predicador reconoce que por sí mismo nada puede y que solo Dios realiza la obra. Su misión exige una vida santa, humilde y consciente de la grandeza y el poder de Dios.
Homilía o221010a, predicada en 20260831, con 6 min. y 23 seg. 
Transcripción:
Podemos llamar a la primera lectura de hoy la debilidad del predicador. Pero es que hay dos maneras de ser débil. Hay una debilidad que consiste en que cedemos frente a la tentación, cedemos frente al pecado. Esa debilidad no le agrada a Dios, esa debilidad no le da la gloria a Dios. Si, por ejemplo, un predicador tiene deseo, gran deseo de dinero, le gusta mucho el dinero y entonces cede a esa debilidad y cede a esa codicia. Eso no le agrada a Dios, eso no le da la gloria a Dios.
Pero hay otra forma de debilidad que por supuesto, es mucho más interesante y que es la que nos menciona el apóstol San Pablo en su carta. Esto está tomado de la primera carta a los Corintios. Resulta que cuando Pablo llegó a Corinto. Había aprendido por el camino duro a desconfiar de sus propias fuerzas. ¿De dónde venía Pablo cuando llegó a Corinto? Él venía de Atenas y cuando Pablo estaba en Atenas, él hizo un despliegue impresionante de sabiduría, mostrando a los atenienses que el mensaje del Evangelio se podía expresar con gran elocuencia. El famoso discurso de Pablo en Atenas empieza más o menos con estas palabras: Atenienses, veo que sois casi nimios en lo que atañe a la religión, porque paseando por vuestras calles encontré que había una estatua al Dios desconocido. Pues bien, a ese que veneráis sin conocer, os lo vengo a anunciar. Y partiendo de esa introducción tan elocuente, pues Pablo empieza a hablar de cómo Dios no tiene que ser imaginado como un ser pequeño que necesita de nuestros sacrificios o que necesita de nosotros, sino que es el Dios grande que da a todos y es el Dios paciente que quiere que todos puedan alcanzar la salvación. Y después, entonces habla en ese mismo discurso en Atenas. Dice Pablo: que Dios ha dispuesto de un tiempo para juzgar a todos los hombres y ha acreditado al juez resucitándolo de entre los muertos. O sea que Pablo, siempre con gran altura, siempre con gran elocuencia, pues les está diciendo a estos atenienses el mensaje del Evangelio. Y por supuesto, cuando él empieza con esa gran oratoria, pues lo escuchan con atención. Pero como tarde o temprano tenía que llegar al tema de la cruz y al tema de la resurrección, entonces pues ahí ya empezaron a reírse de él. O sea que toda esa oratoria. Toda esa sabiduría finalmente se quiebra, porque en algún momento tienes que presentar el absurdo de la cruz. Absurdo, no porque no tenga sentido, sino porque el amor inmenso de la cruz está por encima de toda explicación humana. Entonces Pablo fracasó, y esa es la razón por la que no tenemos una comunidad cristiana fundada en Atenas por parte del apóstol Pablo. No tenemos eso. Y entonces Pablo queda derrotado. Muy poquitas conversiones en esa ciudad. La ciudad prestigiosa por su filosofía y Atenas se convierte para él en el gran fracaso que de alguna manera le humilla y ya es un apóstol. Y eso era un apóstol de Cristo, pero es un apóstol que ha fracasado y es un apóstol que se da cuenta que la conversión no llega de esa manera. Es un apóstol que se da cuenta que la conversión no es obra simplemente de que haya mucha inteligencia, mucho conocimiento, mucha oratoria, sino que la conversión finalmente es un regalo. Es un regalazo del amor de Dios y que ese regalo únicamente lo da el Espíritu Santo y que nuestro gran trabajo como predicadores es ser lo más transparentes, lo más pequeños, lo más humildes, lo más discretos posible. De manera que el torrente, el torrente de gracia y de amor que es el Espíritu Santo, pueda pasar a través de nosotros y pueda llegar a los demás y llegando a los demás pueda hacer una diferencia y pueda venir una auténtica conversión. Entonces ahí es donde aparece la otra debilidad. Insisto, la debilidad del predicador, la que no le gusta a Dios, es la debilidad que cede ante el pecado. Pero hay una debilidad que sí le gusta a Dios, y es la debilidad de aquel que reconoce que es pequeño, que es necesitado, que se da cuenta de su propia fragilidad. Y por eso dice Pablo: me presenté ante ustedes. Les está hablando ahora a los Corintios. Me presenté ante ustedes débil y tembloroso. Se siente débil ¿por qué? Porque se da cuenta que todos sus recursos, que no eran pocos, toda su formación, que no era poca, toda su oratoria, que no era poca, no va a lograr el resultado. El resultado solo lo logra el poder del Espíritu Santo y por eso la debilidad del predicador. La santa debilidad del predicador, es la conciencia de que él, por sí mismo, nada puede. Que solo Dios hará la obra, que Él tiene que vivir santamente. Claro que sí. Porque su pecado sería otra forma de estorbar al Espíritu Santo No. Es una vida sin pecado, una vida limpia, pero una vida que reconozca la grandeza que solo Dios tiene, la fuerza que solo Dios tiene. La obra que solo Dios tiene y solo Dios puede hacer. El honor y la alabanza para Cristo. Amén.

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