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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
San Pablo y el oficio de la predicación.
Homilía o221001a, predicada en 20000904, con 9 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Es tan sustanciosa siempre la Palabra de Dios. Pero hoy quisiera referirme a la primera lectura, porque se trata de un gran predicador que es Pablo, hablando precisamente de su manera de predicar, de las condiciones de su predicación. Le está hablando a la comunidad de Corinto y les cuenta varias cosas. Entre esas, entre esas palabras, yo quiero sacar como cuatro elementos propios de la vida del predicador. Lo primero, él se presentó no con sublime elocuencia, sino conociendo a Cristo, y este crucificado, no con sabiduría humana, sino con conocimiento de Jesucristo, que en cierto modo es como la contradicción de la sabiduría humana. Porque en Cristo crucificado lo que encontramos es algo que rebasa nuestras explicaciones, que desafía nuestra inteligencia. En Cristo crucificado compite en el absurdo del odio humano y el absurdo de la misericordia sin límites de Dios. Y entre estos dos absurdos la mente se abruma y no sabe qué decir. Pues en ese vacío, en medio de ese absurdo, se manifiesta la poderosa gracia de Dios. Y esto es fundamentalmente lo que tiene que contar el predicador. No se trata de hacer una gran teoría que pueda ser derrotada o que pueda ser cuestionada por otra gran teoría, como pasa con los filósofos. Es deber de todo filósofo decía alguna vez uno de ellos. Es deber de todo filósofo tratar de contradecir a todos sus antecesores, porque si no se queda sin oficio. Un filósofo que no tiene nada nuevo que decir no es un filósofo. En cambio, un predicador no viene a decir una teoría para que otro diga otra teoría, sino un predicador viene a contar del amor que rebasa a toda explicación. Ese es un elemento importante. Segundo, me presenté a vosotros débil y temeroso. En otra ocasión, incluso Pablo recuerda que llegó enfermo, que estaba enfermo, físicamente enfermo, y dice que su aspecto no era agradable. Quién sabe qué infección, qué viruela tenía este predicador. Estaba brotado. Tenía un aspecto repugnante. Estaba demacrado. Era un pobre hombre. Pero esta condición de de pobreza, esta condición de absoluta desconfianza de sí mismo, como que fue una experiencia espiritual muy intensa para él porque hizo que él se apoyara solamente y completamente en la gracia que venía a anunciar. De manera que su propia debilidad Él la convirtió en una gran fortaleza. ¡Qué lejos estamos de esto! Por lo menos qué lejos estoy yo. Yo veo que a mí cualquier cosa que me falle dentro de las expectativas, dentro de los planes, dentro de la salud, uno inmediatamente como que va perdiendo la paz y ya va sintiendo que no se van a poder hacer las cosas porque uno todavía cuenta demasiado con esos recursos. No quiere decir que uno no tenga que planear, sino que después de hechos los planes y después de tener los conocimientos, aprendamos de una vez que todo lo que falle es porque Dios quiere abrir una puerta que uno no ha visto. Aprendamos de una vez que Dios ve un poquito más allá de lo que ve uno y que por consiguiente, esas fallas, esos traspiés, esas contradicciones, más que errores nuestros, son oportunidades para que Dios abra el Evangelio de otras maneras a otras personas. Pablo ya iba en un nivel espiritual supremamente alto, en una madurez en la cruz de Cristo muy grande, de manera que él no perdió la paz ni por su enfermedad, ni por su estado de salud, ni por el fracaso que acababa de tener en la predicación en Atenas. Le acababa de ir muy mal en Atenas predicando. Él no se desanimó por eso, sino que vio en todo eso una ocasión para que el Evangelio apareciera de una manera distinta. Este es el segundo paso o el segundo punto. El tercero se trata de una manifestación del poder del Espíritu. Este elemento, yo creo que es importante recordarlo en la Orden Dominicana, porque nosotros gustamos mucho del elemento intelectual y de la claridad. Y bueno, eso es importante. Es importante la teología, la claridad mental. Es importante tener nociones precisas y tener razonamientos bien articulados. Pero hay que saber que hay una especie de hermoso y poderoso desorden en el Evangelio. Y ese hermoso desorden es el que trae el espíritu. El caso típico que siempre me gusta mencionar es el de Pedro predicando en casa de Cornelio. Pedro estaba echando su rollo grande y bien articulado sobre todo lo que había sucedido. Sabéis lo que aconteció en Judea. Aunque la cosa empezó en Galilea y empieza Pedro echar su rollo por orden. Y el Espíritu Santo le interrumpió. Y cayó el Espíritu Santo y la gente empezó. Eso se volvió allá una especie de una especie de congreso de alabanza. La gente se levantó a proclamar la misericordia de Dios. Los unos oraban en lenguas, los otros interpretaban, la gente danzaba. Bueno, eso, eso se volvió una especie de una especie de fiesta, una rumba maravillosa que hizo el Espíritu Santo ahí. Y yo creo que esos momentos de efusión son muy importantes. Para mí, un predicador que no conozca de esas de esos desbordamientos que no son desbordamientos de desorden carnal y no llevan al pecado, sino que llevan a la gente a conmoverse infinitamente de gozo, de júbilo por lo que Dios está haciendo. Si una persona no tiene estas experiencias, difícilmente va a poder fiarse solamente de Cristo crucificado. Por eso necesitamos la manifestación del poder del Espíritu. Y finalmente, el lugar que le da Pablo a la fe. Toda la predicación está hecha para que la gente se cuelgue. La gente se agarre, Se fíe ¿de qué? No de la sabiduría de los hombres, sino del poder de Dios. Cuando el predicador termine de hablar. Y esto que se pudiera decir de mí. Cuando uno termine de hablar. La gente debe quedar pero agarrada, firmemente, agarrada de Dios, con una confianza sin límites en que Dios todo lo puede, como predicó, por ejemplo, a aquel ángel que le habló a la Virgen, le dijo: que para Dios nada hay imposible. El predicador tiene que dejar esa sensación en el corazón de manera que la fe crezca. O como le sucedió a Cristo con los discípulos que iban para Emaús. El corazón tiene que quedar caliente, con ganas de adorar, con ganas de misionar, con ganas de consagrarse, con ganas de hacerse matar. Ese es el oficio. Ese es el oficio de la predicación. Este modo de sabiduría es tan grande que ya en el Salmo ciento diecinueve o ciento dieciocho, según la numeración de las de los Salmos en la misa, en ese Salmo ciento diecinueve ya se presenta el amor a la voluntad de Dios, y este unirse completamente al designio de Dios se presenta como una cosa más fuerte que lo que pueden dar los ancianos y lo que pueden dar los maestros. Es algo que está por encima de toda palabra humana. Ven entonces, Señor Jesús, ven con tu amor y con tu poder. Ven a nosotros. Danos la experiencia tremenda, apasionante, fascinante, del Espíritu. Danos la sabiduría que sólo brota de la cruz. Danos, Señor, esa confianza radical en lo que Tú puedes hacer. Danos palabras que dejen en las personas suspendidas, colgadas completamente de tu designio. Danos, Señor, palabras que inflamen los corazones, palabras que los dejen deseosos de amar y convencidos de que son amados. Así lo suplico, así lo pido, Señor Jesús, en unión con mis hermanos, porque Tú nos has mostrado amor, porque tú llegaste hasta el extremo y porque la memoria de ese amor está con nosotros cada vez que celebramos el Santo Sacrificio.

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