Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La clara dureza de los reproches de Cristo nos enseña a no deformar la misericordia en complicidad.

Homilía o213002a, predicada en 20140827, con 4 min. y 25 seg.

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Transcripción:

El capítulo 23 del Evangelio según San Mateo está lleno de palabras duras contra los escribas y los fariseos, creo que en esto ya hay una lección para nosotros. Con toda justicia se destaca en el Evangelio muy a menudo que Jesús es el gran testigo, la gran señal de la misericordia divina. Podemos ver en Jesús aquel faro que muestra el amor infinitamente compasivo de Dios. Y es muy bueno que, en nuestra época, muy bueno que se destaque ese aspecto de la misericordia, refugio único donde todos nosotros los pecadores, podemos encontrar no solamente consuelo, sino sobre todo conversión, eso es muy bueno.

Pero, existe el peligro de destacar de mal modo la misericordia, es decir, convertir a la misericordia como en un permiso para pecar y convertir a Cristo el Misericordioso, en Cristo el cómplice de nuestros pecados. De modo que, para algunas personas, aquello que dice Cristo de no juzgar, para no ser juzgados, y aquello de que Cristo es la gran fuente de la misericordia, eso se termina interpretando como que uno tiene que aceptar la forma de vida de todos y uno tiene que abstenerse y nunca pronunciarse sobre la vida de otras personas. Curiosamente, esta deformación de la misericordia se aplica muchísimo más a lo que tiene que ver con la sexualidad.

Yo creo que nadie diría si un alcalde, por ejemplo, se ha robado millones y millones de dólares, yo no creo que nadie diría: No lo juzguen, por favor, no lo juzguen. Cristo dice que no hay que juzgar. Nadie diría eso, cuando se trata de dinero ahí sí queremos que haya un juicio y ojalá un juicio implacable y a veces utilizamos un lenguaje cruel: Que se pudra en la cárcel. Si se trata, por ejemplo, de corrupción, de agresión, de violencia, de terrorismo. Ah, ahí no utilizamos el lenguaje de no juzgar si un terrorista, como lamentablemente sucede en nuestra época, decapita niños simplemente porque son cristianos, nadie dice: Por favor, no juzguen a esos terroristas. Cristo dijo que no había que juzgar. Ah, ahí no utilizamos ese lenguaje.

Entonces ¿para qué reservamos esta expresión deformada de la misericordia? Para lo que tiene que ver con lo que a veces llamamos vida privada: Si este está ya con su tercera esposa y pensando a ver si trata después, tener esposo, entonces no lo juzgues, no te metas en eso. A Dios no le importan esas cosas. Tenemos que luchar mucho contra la deformación de la misericordia, tenemos que mostrar, y para eso sirve el capítulo 23 de San Mateo, tenemos que mostrar que la verdadera misericordia es genuina preocupación por el bien del otro. Y si la herramienta que hay que utilizar para que el otro despierte de su marasmo y para que deje de decirse mentiras, es: Tú estás en pecado, tú estás obrando mal. Si eso hay que decirlo, un lenguaje que nunca será recibido con aplausos y con sonrisas. Pero si eso hay que decirlo, entonces, eso también es expresión de la Divina Misericordia. Esa, de hecho, es la verdadera, la verdadera expresión del amor, que no se limita simplemente a compadecer y pobretear, sino que va un paso más allá y quiere producir genuino bien en la vida del hermano.

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