Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Las apariencias alimentan el ego y pueden llevarnos a huir de la verdad por conveniencia. La vida interior exige humildad y nos libera de la necesidad de reconocimiento.

Homilía o212006a, predicada en 20260825, con 6 min. y 12 seg.

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Transcripción:

En el evangelio de hoy, hermanos, encontramos una de tantas controversias, discusiones que Cristo tiene con los fariseos y los escribas. Podemos decir que a lo largo del ministerio público del Señor fueron ellos, los escribas y los fariseos, unos de los principales opositores, sobre todo porque estos fariseos tenían su propia idea de cómo debía llegar el reino de Dios. Y Cristo, pues, no se parecía a esa idea. Ellos creían que la alianza era como una especie de contrato entre Dios y su pueblo, y que bastaba con cumplir escrupulosamente, meticulosamente todas las cláusulas de ese contrato para estar seguros de que Dios iba a derramar bendiciones, sobre todo bendiciones de prosperidad. Entonces, por esa diferencia, ellos veían en Cristo una especie de interferencia, una especie de ruido que les hacía perder discípulos y les hacía perder el trabajo que habían venido realizando en medio de esa discusión. Cristo entra en uno de los temas más profundos y más bellos de la vida espiritual y es la diferencia entre lo exterior y lo interior.

Algo que también habíamos mencionado hace pocos días, refiriéndonos a la vida de San Agustín. Como San Agustín estuvo volcado hacia lo de fuera y la frase famosa de Agustín es: yo deforme como era, me volcaba, me entretenía, me dedicaba a las cosas de fuera mientras que tú estabas adentro de mí. Esa es la expresión que utiliza San Agustín. Entonces, pues, conviene que nos preguntemos ¿por qué un hombre como Agustín? ¿Por qué tantos de nosotros? ¿Y por qué los fariseos? Es decir, ¿por qué está tan extendido eso de que le damos muchísima importancia a lo exterior, a la apariencia, la máscara, la fachada? Le damos tanta importancia a todo eso y al mismo tiempo descuidamos lo que es propio de la vida interior. Bueno, una primera respuesta podría estar en que en el mundo de lo exterior, pónganle comillas a eso. En el mundo de lo exterior está el reconocimiento, está el agradecimiento y a todos nos gusta que nos agradezcan.

A todos nos gusta que nos pongan en un lugar alto y que parezcamos ser un ejemplo. Pero ¿qué es lo que hay detrás de esto? ¿Qué es lo que nosotros estamos buscando cuando obramos así? Pues yo creo que la explicación más sencilla es que estamos buscando halagar a nuestro ego y que es eso precisamente lo que nos encadena. Tratamos de mantener una apariencia porque queremos que se preserve nuestra imagen. Queremos que se piense bien de nosotros, aunque sea mentira. Y ahí viene otro aspecto. Nosotros, cuando nos concentramos únicamente en la apariencia, en la fachada, lo exterior, pues realmente estamos evitando la verdad. Porque en muchas de nuestras historias, en muchas de nuestras vidas, pues hay cosas que son vergonzosas, hay muchas cosas que no hemos vivido bien, hay muchas cosas que son incoherentes, hay muchas cosas que desdicen de nuestra manera de ser. Entonces, al presentar esa apariencia, en el fondo lo que estamos es presentando una mentira y nos gusta vivir en la mentira y mantenemos esa falsa imagen. Mantenemos esa mentira.

Pero de nuevo. ¿Por qué? Pues porque estamos buscando nuestro propio provecho. Estamos buscando una utilidad, un lucro, un aplauso, un reconocimiento, un agradecimiento y todo eso. Si lo piensas bien, todo eso tiene que ver con el ego. Todo eso tiene que ver con la soberbia. Es nuestra soberbia en sus distintas expresiones lo que hace que nosotros vivamos en la mentira, tratando de cultivar una imagen de lo que no somos, tratando de presentar las cosas como no son. Pues esa es nuestra mentira, esa es nuestra manera de obrar. Pero todo eso es tributo. Todo eso es ofrenda que nosotros presentamos en el altar de nuestro ego. Pues una vez que esto queda claro, también queda claro por qué es tan difícil entrar en la interioridad. Si yo hago una obra buena, Pero nadie se entera. Pues no hay aplauso para mi ego. Si yo tengo fama de ser espiritual, o ser piadoso, o ser benefactor, o ser filántropo. Pero eso no es cierto, eso me duele. En cambio, si yo obrara de una manera interior, si mi oración fuera como lo dice el Sermón de la Montaña: ante todo una búsqueda profunda de interioridad en Dios, pues eso no tributa al ego. Ahí es donde está el problema.

Es esa búsqueda de nuestro propio yo, es ese homenaje al propio yo lo que realmente nos enferma y lo que realmente crea esa dicotomía, esa división, esa oposición entre lo exterior y lo interior. Y por eso Cristo termina diciendo en el evangelio de hoy laven por dentro, purifiquen por dentro, y entonces empezarán a estar limpias todas las cosas. Jesús, que tu Palabra entre en mi corazón. Amén.

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