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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Así como sucedió a los fariseos puede sucedernos a nosotros: que en temas de moral, liturgia o teología demos excesiva importancia a unos puntos por encima de otros que son mucho más centrales.
Homilía o212004a, predicada en 20200825, con 17 min. y 39 seg. 
Transcripción:
Hermanos, de tanto criticar a los fariseos, nosotros nos podemos volver fariseos. Hay que pedirle a Dios que no suceda así. Me explico. Uno puede ver tantos defectos en ellos, porque están esos defectos claramente en la Escritura y empezar a señalar los defectos de ellos, olvidándonos de que también nosotros tenemos nuestros pecados, nuestros defectos y de qué corregirnos. Parece que es un poco más sabio siempre que veamos un defecto en otra persona, revisarnos nosotros mismos, porque con mucha frecuencia sucede que aquellos defectos que más criticamos en otros son también deseos que quizás de una manera solapada tenemos también nosotros, por no decir pecados que estamos cometiendo. Utilizando esa regla de sabiduría, tratemos de ver qué era lo que estaba mal en ellos según el pasaje que ha sido proclamado, y tratemos de revisarnos nosotros para ver si estamos cayendo en lo mismo. Y puedo adelantarles que mi primera conclusión es que sí.
El problema de los fariseos era lo que podríamos llamar una especie de desequilibrio o desorden en las prioridades. Cristo dice Ustedes le dan mucha importancia a cuál es el diezmo que hay que pagar de algunas hierbas aromáticas o condimentos tipo la menta, el anís, el comino. Uno puede imaginar que de estos condimentos, el diezmo es una cantidad pequeña, muy pequeña. Piensa, por ejemplo, en el comino. Quién va a utilizar bolsas y bolsas de comino. No se utiliza un poquitico y de ese poquitico toma el diezmo el diez por ciento. Ese es el impuesto que habría que pagar. Casi nada. Cristo no dice que sea nada, pero dice, habría que darle importancia, en primer lugar, al derecho a la misericordia y a la sinceridad.
Esas son las tres grandes prioridades que Cristo da. El derecho, la misericordia y la sinceridad. Y como esas son las tres grandes prioridades, pues quiere decir que los fariseos tenían sus prioridades volteadas. Le daban mucha importancia a lo que no tenía tanta y le quitaban importancia a lo que era realmente valioso. ¿Y qué es lo que Cristo destaca? Y lo repito para que se nos grabe bien. El derecho, es decir, lo que es justo en sí mismo. La misericordia que tanto nos acerca al corazón de Dios. Y la sinceridad, esa transparencia, esa claridad que hace que la luz del Señor pueda pasar a través de nosotros. O sea que los fariseos tenían las prioridades al revés.
Ahora hagámonos la pregunta ¿Si a nosotros nos pasa eso, si también nosotros a veces le damos demasiada importancia a lo que no tiene tanta? No dijo Cristo esto lo subrayo, no dijo Cristo olvídense del impuesto de la menta y del impuesto sobre el anís. No, no dijo Cristo eso. Dijo hay que darle el primer lugar a lo que tiene, el primer lugar, sin olvidarse de lo otro. Estos temas son controvertidos, pero yo quiero dar ejemplos. Ejemplos de cómo a veces se nos tuercen las prioridades. Voy a dar tres ejemplos. Concretamente uno tiene que ver con la vida moral, otro tiene que ver con la vida litúrgica y otro tiene que ver con el catecismo y la teología.
En cuanto a la moral, quiero dar este ejemplo. Muchas personas consideran que son más graves aquellos pecados que producen más vergüenza. Y resulta que por una especie de pudor natural, los pecados que producen más vergüenza suelen ser los pecados relativos a la sexualidad. Entonces se le da una importancia enorme a los temas sexuales y se nos olvidan otros temas que también son importantes y que muchas veces son más importantes. Para darnos cuenta del daño que se comete con pecados no sexuales. Basta recordar a dos personajes de triste recordación.
Si nosotros examinamos la rebelión de satanás frente a Dios, el sexo no tuvo nada que ver ahí. Más bien tuvo que ver la soberbia, la mentira, la arrogancia. Eso es lo que tuvo que ver. Y si nosotros vemos la traición de Judas, los factores que intervinieron fueron otros. Tal vez la codicia, tal vez una especie de prepotencia por imponer su propia imagen del Reino de Dios frente a lo que predicaba Cristo. Entonces, date cuenta que hay pecados que pueden ser gravísimos, pero muy graves. Es decir, dignos del infierno. Y sin embargo, no son pecados sexuales. No le estoy quitando importancia a la sexualidad. Estoy diciendo que si nosotros nos obsesionamos solamente con el tema sexual, le quitamos importancia a lo que la tiene. Y esto puede conducir, por ejemplo, a personas que tienen esa formación y esa disciplina y no cometen pecados sexuales y sin embargo están recogiéndose de envidia. O por ejemplo, están llenos de soberbia o mantienen una fachada de mentira y esas cosas las detesta Dios, o son cómplices de horribles injusticias, o son pasivos frente al avance del mal en el mundo. Y esos son pecados de omisión que Dios repudia. Y sin embargo, muchas veces la gente no se acusa de eso. Entonces ahí tenemos un ejemplo en el que uno puede estar dando demasiado peso algo. No es que no lo tenga si tiene importancia, pero por favor ten la escala completa. ¿Dónde está la justicia en tu vida? ¿Dónde está la misericordia en tu vida? ¿Dónde está la sinceridad en tu vida? Esas son las prioridades grandes, dice Cristo.
Veamos ejemplos que tienen que ver con la liturgia. Esto es complicado porque la liturgia es un tema muy sensible para mucha gente. He contado muchas veces la historia de lo que me sucedió cuando estaba adelantando mis estudios en Irlanda. Celebraba Misa en una de las capillas propias de nuestra parroquia. Con alguna frecuencia me mandaban a celebrar la Santa Misa ahí, en alguna ocasión terminó de celebrar la Misa siguiendo el ritual usual y se acerca una señora y me dice Padre, su Misa, y así lo dice, su Misa. Your mass. Su Misa está bien. Your mass is ok. Su Misa está bien. Y luego me pregunta. ¿Pero usted conoce la verdadera Misa? All right Mass. ¿Conoce usted la verdadera Misa la que sí es la de adeveras? Para ella, la verdadera Misa. La all right Mass es la Misa según el Misal de Mil novecientos sesenta y dos, anterior a la reforma litúrgica. Esa es la Misa, Misa, la verdadera Misa. Esto otro con lo que salió Pablo Sexto. Eso no. Ya ahí tenemos un primer problema frente a la grandeza de lo que sucede en la Misa.
Esta persona le da más importancia al rito y al idioma, porque ella prefería la Misa en latín. Le da más importancia al rito y al idioma que a lo que está sucediendo. Lo que está sucediendo es que estamos unidos con el sacrificio del Calvario, con la ofrenda salvadora del Hijo de Dios. Y por supuesto que el rito aprobado por Pablo Sexto, lo que a veces se llama Novus Ordo, es plena y absolutamente válido, y por consiguiente, lo que sucede en la Santa Misa, en el Novus Ordo, es decir, en la celebración autorizada por Pablo Sexto o en el Misal anterior a Mil novecientos sesenta y tres. Lo que sucede ahí es lo mismo y es grandioso. Entonces, cómo nos vamos a obsesionar tanto, pero tanto con el tema del ritual como para hacer esas clasificaciones de que hay una Misa que apenas es suficiente y otra que sí es la verdadera Misa. ¿Dónde están las prioridades ahí? ¿Esa persona, la que habla así, tiene claras las prioridades, tiene claro lo que está sucediendo en la Misa? Esa es la gran pregunta. Y hay casos todavía más graves que el de esa estimada señora. Hay casos tan graves como aquellas personas que directamente dicen no, esa Misa no vale, no vale. Dicen, no vale. Imagínate. Uno dice pero, ¿Pero cómo se puede llegar a ese extremo? Ahí lo tienes. En el terreno de la liturgia hay muchas de estas discusiones y hacen mucho daño.
Hay otra discusión parecida, que es la que tiene que ver con el tema de recibir la Sagrada Comunión en la mano. Por supuesto, la legislación de la Iglesia es clara. Todo fiel debe tener el derecho, debe respetarse el derecho de recibir la Sagrada Comunión directamente en la boca. Esa es la ley válida en la Iglesia. Eso es lo que vale en la Iglesia Católica. Pero luego resulta que entonces hay algunos sacerdotes y hay algunos obispos que pretenden imponer su propio criterio y entonces quieren obligar a la gente que tiene que comulgar en la mano. Por supuesto, no es correcto lo que hacen esos sacerdotes o lo que hacen esos obispos. Eso no es correcto. Pero ahora pongámonos de parte del comulgante del que va comulgar. Pongámonos de parte de él. Es decir, veamos las cosas desde el ángulo del comulgante. Llegar al punto que habrá que respetarlo, porque la conciencia de cada persona es la conciencia de cada persona. Pero llegar al punto de decir yo no comulgo, no comulgaré, haré solamente comunión espiritual, no comulgaré. Si me van a dar la Sagrada Comunión sólo en la mano, pues no comulgaré. Yo sé que muy posiblemente el que pretende obligarte a eso sea sacerdote, sea obispo está cometiendo una exageración y un abuso de poder. Yo sé eso.
Pero miremos las cosas desde ti, desde tu ángulo. Es justo contigo mismo y con la Iglesia que tú te digas y que tú repitas no voy a comulgar si tengo que comulgar en la mano. ¿Es justo eso? Es decir, frente a la grandeza del Sacramento Eucarístico y la posibilidad que ha sido tan esquiva este año frente a la posibilidad bendita de recibir la Sagrada Comunión. Por supuesto, habrá que tomar mil precauciones porque eres una persona creyente y devota. Revisarás muy bien tus manos. Que no haya posibilidad alguna de irrespeto al cuerpo de Cristo. ¿Pero es correcto que tú te abstengas de comulgar porque hubo ese abuso de poder del sacerdote o del obispo? ¿es justo eso? ¿Es la mejor manera de obrar? Si tu conciencia de tal manera te amarra, que tú dices no voy a comulgar, por supuesto yo no voy a violentar tu conciencia. Y en lo que a mí respecta, por supuesto que yo procuraré respetar al máximo el derecho de las personas a recibir la Sagrada Comunión en la boca. Yo respetaré eso, como también respetaré que en mi país está autorizado recibir en la mano. Entonces se hacen las advertencias del caso. Pero si alguien quiere recibirla en la mano, mientras esté esa autoridad, yo respeto la autoridad y la doy en la mano teniendo el cuidado del caso.
Pero lo que yo quiero decir es qué pasa con aquellas personas que llegan a ese extremo de decir entonces no comulgo. ¿Cómo están tus prioridades? es el tema de hoy. ¿Cómo están tus prioridades ahí? Por supuesto, si te estuvieran obligando a un sacrilegio, habrá que resistirse y con la gracia de Dios, resistirse hasta el martirio, si fuera un sacrilegio. Pero no lo es. Si tengo que aclarar, lo aclaró. La manera como yo, Nelson Medina prefiere dar la Sagrada Comunión es en la boca y si es posible, a la persona que comulga de rodillas. Esa es la mejor manera de comulgar. Pero yo no voy a imponer mi ley en la Iglesia. No, yo no voy a imponer eso. Y si ahora me pongo desde el punto de vista del comulgante, a mí me parece muy triste que una persona tenga las prioridades así, un poco descuadradas, así un poco en desorden y prefiere no comulgar a recibir la sagrada comunión con toda piedad y cuidado en la mano. Ese es un ejemplo de prioridades que no están bien puestas.
El último ejemplo que quiero dar es el que tiene que ver con la teología y el catecismo. Me duele mucho que haya una separación, una separación entre los cristianos de Oriente, lo que llamamos los ortodoxos y nosotros cristianos de Occidente, hay una separación, una división. Hay un cisma y una gran parte de ese cisma proviene de pequeños temas de teología. Por ejemplo, acostumbran ellos comulgar con pan con levadura. Nosotros comulgamos con pan sin levadura. Es ese aspecto tan terriblemente importante como para mantener una división que va a cumplir mil años. Esa división empezó en el año Mil cincuenta y cuatro. Hay otros problemas. No es el único, el de la materia para el Sacramento Eucarístico. Hay otros. Ellos enseñan en el Credo que el Espíritu Santo procede del Padre. Nosotros decimos que procede del Padre y del Hijo. Ya un gran teólogo como Santo Tomás, unos doscientos años después de que sucediera el cisma, aclaró perfectamente. Se puede entender procede del Padre por el Hijo, procede del Padre y del Hijo. Se puede entender perfectamente de ambos modos. No sería ese motivo, realmente no sería motivo para la división.
Entonces, el gran llamado que nos hacen las lecturas de hoy, especialmente el Evangelio, el gran llamado, es poner las prioridades en orden. No es quitarle importancia a las cosas, es darle la importancia que tienen. Pidamos de Dios esta sabiduría, porque la necesitamos, porque la necesita la Iglesia. Amén.

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