Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo dará remedio a nuestras necesidades, a veces con bálsamo, a veces con fuego”.

Homilía o212001a, predicada en 19960827, con 15 min. y 36 seg.

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Transcripción:

Como se puede notar, las palabras de los evangelios de esta semana son de las más duras que pronunció nuestro Señor. Uno debe preguntarse por qué tanta dureza. Este que nos acaba de hablar es el mismo que pudo decir: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. No parece que haya demasiada mansedumbre en este torrente de palabras. Uno puede preguntarse si hay humildad en esas recriminaciones a quienes eran autoridad religiosa y moral dentro del pueblo. ¿A qué se deberá tanta fuerza en las palabras? Era que él venía como acumulando, acumulando, como ciertos personajes se van acumulando, acumulando y dicen bueno, llegará el día en que se las voy a decir todas juntas. Fue Cristo el patrono de esos y esas que van acumulando, acumulando para cuando llegue el día de decirlas todas juntas. Esa es una posible explicación.

Otra posible explicación. Jesús decide jugarse el todo por el todo. Estamos ya en el capítulo veinticuatro del Evangelio según San Mateo, en el veintitrés, finales del veintitrés. Se está acabando no solo el relato evangélico, sino también el ministerio público del Señor. Y él, por decirlo así, está ya como resuelto a jugarse el todo por el todo. Entonces es habla abierta y claramente y caigale al que sea. Y si me van a matar, mátenme. Son sus palabras entonces, como una especie de reto casi como una provocación ante aquellos que finalmente iban a tener tanto que ver con su muerte. Esa es otra posible explicación. Entonces, primera explicación Jesús iba acumulando y decía Bueno, por ahora sigamos con la mansedumbre, porque apenas han pasado dos semanas desde el sermón aquel entonces. No puede dar mal ejemplo. Pero iba guardando, guardando.

Segunda teoría Jesús siente que ya está a las puertas de los acontecimientos decisivos y se juega el todo por el todo. Tercera explicación. Probablemente aquí se han reunido palabras que Jesús pronunció en distintos momentos. De acuerdo con lo que estudian los exégetas o los textos tienen también una historia. Uno no puede decir que el Sermón de la Montaña fue grabado por ahí había una grabadorcita. Y si uno compara el texto de Mateo y el texto de Lucas, uno ve que efectivamente, cosas que aparecen ordenadas en el Sermón de la Montaña, Lucas las trae en otros sitios de su evangelio. Entonces, lo más razonable es afirmar que la tarea de los evangelistas en parte fue reunir palabras de Jesús y dado el ejemplo del Sermón de la Montaña, se presenta como si fuera dicho así en una secuencia, porque al final dice Mateo: Y cuando acabó de decirles todas estas palabras, la gente se admiraba de su autoridad. Pero seguramente se trata de una recopilación. Quizá aquí tendríamos en toda una.

Aquí tendríamos toda una recopilación de palabras que Jesús dijo. Se podríamos suponer que Jesús siempre anduvo en malos términos con los fariseos y con los letrados, y entonces iba soltándoles de estas perlitas a lo largo de su ministerio. Y luego ya pasados los años, pues como que al hacer la recolección de textos de la gente más o menos recordaba una cosa con la otra. Eso se podría decir. Pero esa última explicación tampoco explica lo suficiente, porque cualquiera de estos textos es suficientemente violento como para dejar intactas nuestras preguntas. Bueno, ¿Por qué tanta dureza? ¿Por qué tanta violencia diríamos en las palabras? Fariseo ciego, limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera. Estas críticas de Jesús a los fariseos, a los letrados o a los escribas, estas críticas ¿a qué se deben? Lo hemos escuchado en el Evangelio de ayer. Ni entráis vosotros ni dejáis entrar a los que quieren. En castellano popular hay ese refrán: Ni raja ni presta el hacha.

Entonces, algo parecido dice Jesús: Aquí no entran al Reino de los cielos ni dejan que los demás entren. Lo que hay en esta explosión de ira del Señor es, por una parte, la denuncia de la resistencia a su predicación, a su vida, a su misión. Pero más allá de eso, la resistencia a la voluntad salvadora de Dios. Cristo anuncia y trae una voluntad de salvación para el mundo, y esa voluntad se estrellan contra la hipocresía y el legalismo y la insinceridad de estos fariseos. Pero como ellos eran además maestros y autoridad moral y religiosa para el pueblo. Podemos suponer que detrás de Cristo, predicando, iban ellos deshaciendo. Iba Cristo, iba Cristo tejiendo y detrás iban ellos destejiendo. La ira de Cristo, entonces, es una denuncia de ese mal. Está así de contrariado, así de iracundo. Está así porque lo que se está frenando ahí es el plan de Dios. Puesto que Cristo sólo tiene un amor, que es que el nombre de Dios sea santificado, que su Reino venga, que su voluntad se cumpla.

Lo que decimos en el Padre Nuestro es el único amor que hay en el Corazón de Jesús. Puesto que el Corazón de Jesús tiene solamente ese amor y en ese amor están como condensadas todas sus fuerzas y en eso está toda su vida. Por eso lo que se opone a ese amor recibe la denuncia de Jesucristo. Y fíjate que lo que se opone a esa voluntad salvadora de Dios no es el pecado. No habíamos visto a Cristo así de bravo cuando se encontró con los publicanos, o cuando tuvo cerca a las prostitutas, o cuando conoció usureros. No es el pecado lo que despierta la ira de Cristo, sino lo mejor no es cualquier pecado el que despierta la ira de Cristo, sino ese pecado del que cierra la puerta a la salvación. Hay entonces un pecado que despierta la ira del Señor y es; sentirse uno seguro y no necesitado de salvación.

De modo que lo que hace la denuncia de Cristo es decirle a este que se siente seguro, que no esté tan seguro. La fuerza de sus palabras y el tamaño de su denuncia son para eso, para destruir la seguridad del fariseo, para sacarlo de su falsa confianza. de su ilusoria confianza y para ponerlo en situación de merecer la salvación, ya no por el mérito de las obras, sino por el único mérito de la fe. Así llegamos a la sorprendente conclusión de que cuando Cristo está denunciando con esta ira, está amando a esos fariseos. ¿Dónde está la mansedumbre? ¿Dónde está la ternura de Cristo? Pues ahí está enterita. Ahí está enterita. Cristo con el látigo de sus palabras, está desmontando, está arrancando a pedazos la suficiencia, la falsa confianza del fariseo para ponerle en situación de que Él reconozca su verdad y busque la salvación. Esta es la diferencia entre el simple pecador y el fariseo, que normalmente el pecador reconoce su falta. El fariseo cree que con el cumplimiento de ciertas normas o con ciertas justificaciones que se da como las que veíamos ayer, no es que una cosa es jurar por el templo y otra cosa por el oro del templo. Una cosa es jurar por el altar, otra por el mantel, otra por. Son cosas distintas, a base de juegos, a base de malabarismos mentales, a base de engaños y a base de rigorismo con los demás y de hipocresía.

La persona oculta su herida, pues Cristo lo que hace es levantar la tela que cubre la herida y decirle: Mira que tú también necesitas de mí. Por eso digo llegamos a la sorprendente conclusión de que Cristo, cuando denuncia estos pecados a los fariseos, los está amando porque los está poniendo en situación de conocerse a sí mismos y de saber que necesitan salvación. No podemos entonces decir que estas palabras del Señor sean la acumulación de iras. No es que Cristo lo hicieron una y dijo bueno, esta me la voy a aguantar, pero ya vendrá, ya vendrá la oportunidad. Déjeme y yo lo tengo que coger solo y en descampado y en ese momento le diré hasta de qué se va a morir. Cristo, que infundió el Espíritu Santo en San Pablo para que Pablo pudiera decir El amor no lleva cuentas. Capítulo trece de la primera Corintios. Cristo, que es el Ungido por ese mismo espíritu de amor, no es un vengador implacable y oportunista que va acumulando para luego soltar la retacada. Simplemente Cristo ama a todas las personas. Entonces al leproso lo ama y lo sana. A Mateo lo ama y lo llama al apostolado, a la adúltera, la ama y la perdona, al fariseo lo ama y lo regaña a la viuda, la ama y le resucita el hijo. O sea que lo que hay que cambiar es nuestra definición del amor. Lo que hay que cambiar es nuestra idea de que el amor supone solamente echar bálsamo sobre las heridas.

Catalina de Siena dirá Hay veces que es necesario aplicar fuego. Pues bien, tanto el fuego que nos hace gritar y quejarnos como el bálsamo que trae descanso al corazón, vienen de un mismo amor. Y Cristo sabe cuando una persona necesita reto y cuando necesita bálsamo. Porque este Cristo es el Hijo del Altísimo, y ese Altísimo es aquel que hiere y venda la herida. Es el que da la muerte y la vida. Es el que no tiene problema en llevarse a un fulano para el desierto hasta que se muera o sacarlo del desierto para que viva. Todo lo hará Dios, todo lo hará en nuestras vidas con tal de conducirnos a su salvación. Pero muy bueno que estén estas palabras aquí, porque ellas nos enseñan que si uno se entra por ese caminito de que yo no necesito, yo no necesito, yo no necesito. Un día oirá la voz de Cristo en gritos, quizás destemplados que le muestren tú si necesitas.

Por consiguiente, te invita y nos anima a reconocer nuestras propias necesidades, lo cual nos economiza muchos regaños y lo cual facilita que conozcamos mejor la piedad, la misericordia de Dios. Debemos dejar entonces por explicación de nuestra pregunta estas palabras son duras, porque ese es el tratamiento, el mejor tratamiento que el amor más grande pudo encontrar para esas personas. Y por consiguiente, debemos reconocer que el amor es distinto de lo que muchas veces imaginamos. En cambio, sí debe quedar en firme que Dios nos ama, que ha manifestado todo su amor en Cristo y que en este Cristo dará remedio a nuestras necesidades, a veces con bálsamo, a veces con fuego.

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