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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Una interpretación de la parábola de los trabajadores de la viña es que, quien más trabajó, si sabía para quién estaba trabajando, estaba ya recibiendo más bendición.
Homilía o203005a, predicada en 20200819, con 18 min. y 0 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, desde que escuché esta parábola de los trabajadores contratados a distintas horas del día y eso lo empecé a escuchar de niño por mi familia, mi primera educación en la fe vino de mi familia, me llevaban a la Santa Misa. Desde que empecé a escuchar esta parábola en mi infancia, siempre me quedó una sensación parecida a la de aquellos que se quejan, aquellos que se quejaron según el texto. Tal vez esto no suena muy piadoso, pero también a mí me parecía que era como una injusticia eso de pagarle lo mismo a los que han trabajado de manera tan distinta. Unos trabajaron todo el día y otros apenas una hora y les pagan lo mismo. ¿Dónde está el sentido de justicia ahí?
Claro, es muy cierto lo que dice nuestro Señor Jesucristo, por supuesto, es muy cierto que Él es el Señor y Él puede disponer de sus denarios como Él quiere. Pero además de ese acto de voluntad y de bondad, uno sigue preguntándose dónde está la justicia ahí. Y hace unos años aprendí una explicación que quiero compartirla con ustedes, porque tiene mucho que ver con la manera cómo uno mira la vida cristiana y cómo uno mira el servicio a Dios en la Iglesia. La clave de esta interpretación está en que se trata no de cualquier viña, sino se trata de la viña del Señor. La parte clave está ahí, es la viña del Señor, porque no es igual trabajar en otras viñas que en la viña del Señor, esa es una primera clave para tener en cuenta.
Segunda clave, recordemos que para muchas personas el trabajo se ve casi como un castigo. Hay incluso un chiste que circula por Internet: ¿Tan malo será trabajar que le tienen que pagar a uno por eso? Y una encuesta, lo cual ya no tiene nada de chiste, muestra que, incluso en países desarrollados, así los llamamos, por decir algo como un Estados Unidos, más de la mitad de las personas están descontentas con su lugar de trabajo. Es decir, esas personas sienten que es una carga trabajar y que el dinero que les dan por esa carga, en cierto sentido, compensa el esfuerzo, el desgaste y en más de una ocasión las frustraciones que tienen en su trabajo.
Pero vuelvo a lo que dije antes, ¿qué pasa cuando estás trabajando en la viña del Señor? No significa que las cosas van a ser fáciles, claro que no, pero repitamos la pregunta ¿qué significa trabajar en la viña del Señor? Y nos daremos cuenta que es muy diferente a muchos otros trabajos. Es decir, que si tú miras tu vida como un trabajo para cualquier empleador, seguramente el peso del esfuerzo, de las desilusiones, de las injusticias laborales y de tantas otras cosas, esos pesos duros van a caer sobre ti y esos pesos duros van a hacer que tú digas: Tendrán que pagarme más si trabajo más. Pero, creo que ya te imaginas para dónde va mi explicación, que no es mía, sino que yo la aprendí.
¿Qué pasaría si tu trabajo fuera algo deleitable? Algunas personas dicen que disfrutan tanto su trabajo, que no lo sienten como un trabajo, y eso también es un meme que circula por ahí. Encuentra algo que realmente te guste y no volverás a trabajar un día de tu vida. El sentido claramente es, que si uno está ocupado y puede hacerlo, que no todo el mundo puede, si uno está ocupado en lo que realmente le gusta y le llena a uno, uno no llamaría a eso exactamente un trabajo. Y, de hecho, las horas que uno tiene en ese servicio o en esa ocupación, uno no las siente como un trabajo, sino que las horas mismas ya son una recompensa.
Piensa, por ejemplo, en un artista que realmente ame su arte y que pueda vivir de él. Estamos hablando, qué sé yo de un pintor famoso, un escultor famoso, un pianista famoso. Él tendrá que esforzarse, por ejemplo, el pianista tendrá que esforzarse muchas horas. Pero, si él tiene que preparar un concierto con muchas horas cada día entrenando, ¿este pianista miraría esas horas de entrenamiento como una especie de carga, algo que él no quisiera tener? La música que sale de sus hábiles dedos es ya un pago. Un pianista exitoso, de los cuales he conocido alguno, un pianista exitoso que realmente ame su piano y ame la música y esté ahí porque siente que es lo suyo, esa persona incluso no lleva, no lleva cuenta de las horas porque le gusta lo que está haciendo.
Unas declaraciones parecidas dio, alguna vez, este colosal atleta Usain Bolt, el jamaiquino, que tiene el récord mundial de velocidad. No sé si hayas visto algunos videos de él. No solo es un atleta absolutamente excepcional, sino es que parece que lo disfruta. Significa que tiene que esforzarse, claro que tiene que esforzarse. Y el pintor tiene que esforzarse para encontrar el tono exacto y el trazo exacto. Y el pianista tiene que esforzarse muchas horas. Pero esos esfuerzos, de algún modo, reciben su paga. Es decir, el pianista, antes de que le llegue el cheque por el concierto fantástico que va a dar, el pianista recibe una primera paga en la música de su precioso instrumento, tan bien tocado. Usain Bolt recibe ya una paga en la delicia que él encuentra en su esfuerzo.
Entonces la pregunta es imagínate que nosotros trabajáramos por Dios de esa forma, y yo tengo que decir algo. Yo mismo, y eso he visto en otros hermanos sacerdotes, yo mismo he experimentado que a veces el esfuerzo, y el esfuerzo es de todos los días, no se siente, de alguna manera no se siente porque te sientes gozoso de estar en lo que es tuyo. En ese sentido, hay como una bendición que estás experimentando. Así como el pianista que entrena, encuentra un deleite en la música de su entrenamiento y ya esa es parte de la paga. Así como el pintor es el primero en gozarse en el trazo exacto y el tono preciso que le hace sonreír y estar agradecido. Así también, el sacerdote que está feliz en su vocación, vive su entrega de un modo diferente a si estuviera haciendo otra cosa.
¿Por qué? Porque encuentra esa música de cielo que hay en esa actividad. Tiene esfuerzo, claro, tiene esfuerzo, tiene esfuerzo como el pianista, tiene esfuerzo como el pintor. El pintor tuvo que esforzarse mucho hasta tener ese pulso, hasta lograr esos ojos, ha tenido que esforzarse mucho. Claro, hay esfuerzo, pero la paga va llegando con el trabajo. Es decir, hay una primera paga con el trabajo. Hay un santo, beato lo llamamos, bienaventurado Reginaldo de Orleáns, un dominico que cuando estaba a punto de morir dijo: Yo creo que yo no merezco nada. He disfrutado tanto ser dominico, ser fraile predicador, he disfrutado tanto ser fraile predicador, que yo creo que yo no merezco ninguna paga. Es decir, él sentía que la paga le iba llegando porque él sabía para quién estaba trabajando y porque hay una presencia particular de Cristo para aquel que trabaja para Él.
Fíjate lo que dice el capítulo 16 del Evangelio según San Marcos: «Cristo cooperaba con ellos», cooperaba con ellos, con los que salían a predicar, con los que expandían el Evangelio. Y esa convicción y esa alegría en el servicio a Dios ¿es solo para los sacerdotes? No. Por supuesto, no se puede quedar, no se puede quitar de mi mente mi hermano de comunidad, Padre Jaime Rodríguez, a quien vi feliz, generoso, sonriente, tantas veces, eso no se puede quitar de mi memoria. Pero yo sé que lo que estoy diciendo no vale solo para los sacerdotes, ni solo para las religiosas, Dios las bendiga. Esto vale para todo aquel que sabe para quién está trabajando. Por eso te dije desde el principio la clave está en que la viña es del Señor. Ahora bien, si tú estás entrenando tu piano y el piano no suena, no suena nada. Creo que me entiendes la comparación. Si tú estás entrenando en tu piano, pero el piano no suena, entonces tú empiezas a sentir que eso te fatiga, te desgasta, te lo entiendo perfectamente.
Es necesario escuchar esa melodía, la melodía de cielo que tiene el trabajar para Dios. Y entonces, ya seas un sacerdote como mi hermano, el Padre Jaime, o ya seas simplemente y hermosamente un cristiano que vive su bautismo, que vive su vocación cristiana. Tú sentirás que todo lo que haces lo haces para Él, para el Señor. Y por eso, tanto Pablo como Pedro en sus cartas nos dicen que cuando vayamos a trabajar, todo nuestro trabajo sea ofrenda. Todo nuestro trabajo ha de ser ofrenda, desde lo más simple, como un acto de limpieza, hay que limpiar este lugar, hasta lo más sublime, como puede ser la liturgia, todo es para Dios. Y si tú tomas esa opción profunda, tú empiezas a sentir unas fuerzas nuevas. No me creas a mí, créele al Padre Pío de Pietrelcina, créele al cura de Ars. ¿Cómo era posible que trabajaran tanto? Su secreto está en la frase de San Pablo: «He trabajado más que todos. No yo, la gracia de Dios conmigo».
Entonces, ¿qué quiere decir la gracia de Dios conmigo? Lo mismo que leíamos en el capítulo 16 de San Marcos, Cristo coopera. Y cuando tú empiezas a sentir que Cristo coopera, la presencia de Cristo te trae la unción de Cristo, te trae el aroma de Cristo, te trae el tono de voz de Cristo. Y cuando tú sientes aroma de Cristo y voz de Cristo y presencia de Cristo, sientes algo más bello que lo que siente el pianista que está entrenando. Y esa es ya el comienzo de tu paga. Entonces, ¿qué fue lo que falló en los que se quejaron? en el pasaje del Evangelio de hoy, volvamos a ese pasaje. Que a ellos se les olvidó para quién estaban trabajando.
Y volvamos a la pregunta que yo me hacía desde niño ¿hay injusticia? De fondo, de fondo, no hay injusticia. El denario que recibieron, lo recibieron igual. Pero es que el que trabajó desde la mañana fue bendecido desde la mañana. Fue bendecido si sabía para quién estaba trabajando y, me entiendes la comparación. Si tú entiendes para quién estás trabajando, entonces ya el trabajo también es paga. Y por eso el que estuvo trabajando, que se yo desde las 8 de la mañana, tratándose de esa viña, no vale para otras viñas, o como dicen hoy para otras viñas no aplica. Pero tratándose para esa viña, el que trabajó desde la mañana recibió bendición desde la mañana, tuviste todo ese pago adicional, el que llegó de último no lo recibió. No hay injusticia, el denario del final lo recibieron igual, pero la bendición de haberse entregado a Dios, la bendición de haber trabajado para Él, unos recibieron más que otros.
Entonces, hay que gozarse en este Evangelio, hay que gozarse, pero también hay que entender que si yo no me doy cuenta para quién estoy trabajando, voy a tratar a Dios con envidia, con dureza y con injusticia. La injusticia es mía, no de Dios. Si yo no recuerdo para quién estoy trabajando, la virtud me parece una carga, por la cual tendrían que pagarme si yo no me acuerdo para quién estoy trabajando. Pero si yo tomo conciencia de para quién estoy trabajando, como debe hacerlo un buen sacerdote, una buena religiosa, un buen cristiano católico, las cosas cambian completamente. Entonces, me doy cuenta que la virtud trae paga en sí misma.
Hermosamente decía San Bernardo de Claraval: El amor tiene justificación en él mismo. Pues bien, eso tenemos que decirlo nosotros. El amor tiene justificación en sí mismo. Y si tú estás viviendo en el amor de Dios, y si el amor de Dios está viviendo en ti, porque sabes para quién estás trabajando, ahí está la justificación, ahí está la bendición, ahí está la paga. Si lo que tú haces no lo vives así, no te castigues demasiado duro, ya es bastante castigo que sientas que tu vida es demasiado pesada. Más bien, pídele a Dios que abra tu corazón para que sientas la bendición que Él te trae. Y entonces, descubrirás que cada día que se trabaja para Dios es un día de regalo y de bendición preciosa. Y quizás tú y yo podremos decir al final de nuestra vida, la verdad merito no creo que haya, fue tanto, tanto lo que gocé sirviendo a mi Señor.

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