Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Nuestra plenitud y realización está en aprender que somos administradores de nuestra vida y la de otros, no dueños; el único propietario es Dios quien nos da el regalo de pertenecer a su viña.

Homilía o203003a, predicada en 20160817, con 5 min. y 52 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy está tomado del capítulo 20 de San Mateo, es una parábola, lenguaje preferido por Cristo para acercar el misterio del Reino de Dios y a la vez preservar el carácter profundo, místico, misterioso de ese reinado entre nosotros. Es la gran ventaja que tienen las parábolas, las parábolas, al mismo tiempo, acercan el misterio y preservan el misterio. Ese lenguaje de parábolas debería acompañar toda nuestra vida cristiana. Es lo mismo que sucede, por ejemplo, en la Eucaristía.

La Eucaristía se acerca tanto a nosotros que, si estamos debidamente preparados, tocamos, comemos el Cuerpo de Cristo, está muy cerca, pero es muy importante que la cercanía del misterio no nos haga irrespetuosos o ciegos ante el misterio. Es necesario que esté al mismo tiempo cercano, pero que también sea preservado el misterio. Preservado no significa intocable, sino quiere decir insondable. El misterio preservado es el misterio que es reconocido en su profundidad inagotable. Y así, ya se trate de los sacramentos o ya se trate del Reino de Dios, somos llamados a reconocer que el Señor está muy cerca, pero también somos llamados a reconocer que su misterio nos rebasa, que es insondable, que jamás podremos agotarlo.

Después de esta introducción, démonos cuenta de la característica del Evangelio de hoy. Parece que la palabra clave o las palabras claves son propietario y jornalero, en la traducción que tengo. Propietario, el dueño de la viña, jornaleros, los que él contrata. Ese contraste, esa relación que podríamos llamar dialéctica entre propietario y jornalero, se parece a otros tipos de contraste que Cristo ha presentado en otras ocasiones. Por ejemplo, no hace mucho la liturgia nos proponía el caso del propietario, nuevamente el dueño de casa, el amo, pero que ha encomendado la administración de su casa a otro. Eso quiere decir que ahí teníamos propietario, que siempre es uno, y administradores, que son varios. En otras oportunidades encontramos al rey y luego a la gente de su corte o los que pertenecen a su reino. Y de nuevo, el rey es solamente uno. Ya se trate del rey, del amo o del propietario, de lo que nos está hablando Cristo es de esa condición única que solo Dios tiene.

Por otra parte, ya se trate de jornaleros, de administradores o de súbditos, esos somos nosotros, que somos muchos, pero que siempre tenemos la tentación de adueñarnos. El dueño es Él, el amo es Él, el rey es Él. Pero uno siempre tiene la tentación de volverse o creerse el dueño, dueño de la propia vida, dueño de las vidas de otros. Qué lenguaje tan arrogante el que a veces se escucha, por ejemplo, cuando se le enseña a decir a la mujer: Yo soy dueña de mi cuerpo. Es un lenguaje exactamente opuesto a lo que propone Jesús en el Evangelio. Nosotros no somos dueños, no somos dueños de la vida para terminarla con la eutanasia. La mujer no es dueña de su cuerpo, mucho menos dueña de otro cuerpo, como es el del embrión o feto que crece en sus entrañas. No es dueña, porque una vez que tu le dices a la mujer que es dueña del feto, entonces lo puede arrojar a la basura. Una vez que le dices a la gente que es dueña, una vez que los engañas diciendo que son dueños de su vida, entonces empiezan a pedir suicidio asistido.

Es un engaño, pero nosotros tenemos esa tentación de siempre creernos dueños y eso es lo que aparece en la parábola de hoy. Cómo estos jornaleros que fueron contratados al principio se van sintiendo dueños, dueños de la viña, dueños de los negocios del propietario, dueños del dinero que hay que pagar, es decir, ya ellos se sienten algo así como accionistas de esa viña y, por lo tanto, capaces de decidir. De ahí la pregunta tan impactante que hace el propietario hacia el final del relato: «¿O es que no tengo derecho de hacer en mis cosas, mis cosas, lo que yo quiera?» Con ese lenguaje un poco rudo, cortante, les está recordando: Ustedes no son dueños y ese es el mensaje que también nosotros debemos aprender. Nosotros no somos dueños, nosotros no damos el ser, lo recibimos. Nosotros no damos la vida, la recibimos, podemos transmitirla, podemos cuidarla, pero no es nuestra.

Aprender que no somos dueños, que somos jornaleros, que recibimos básicamente como regalo la dádiva de pertenecer a la viña del Señor. Que somos administradores, que somos súbditos del Rey de la gloria. Eso es lo nuestro, ahí está nuestra plenitud, ahí está nuestra realización.

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