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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
No compramos entrada al Reino de Dios porque ninguna obra o decisión nuestra lo hace rey; todo es gracia.
Homilía o203002a, predicada en 20140820, con 5 min. y 35 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado del capítulo 20 de San Mateo. Seguimos un poco con el tema de los bienes, de las riquezas, pero esta vez en una clave distinta. Nos encontramos con una parábola de Jesucristo, una parábola en la que nos describe a un cierto hombre que tenía una viña y que va contratando gente a distintas horas del día. Lo sorprendente del caso es que al final de la jornada quiere pagar lo mismo a todos. Fíjate que hay un trabajo, hay un sueldo, es decir, hay un pago. Ese lenguaje nos resulta familiar, la gente trabaja y la gente recibe dinero por su trabajo. Pero lo que no nos resulta familiar y lo que es difícil de explicar es por qué reciben lo mismo todos.
Y esa pregunta está enunciada explícitamente al final de la parábola, los que habían sido contratados al principio se quejan con el dueño de la viña y le dicen: Mira, nosotros hemos aguardado, hemos aguantado el peso del día, ¿por qué nos vas a dar lo mismo que a los últimos que apenas trabajaron unos cuantos minutos? Lo primero que nos enseña entonces esta parábola, que es una imagen del Reino de Dios, lo primero que deja muy claro es que nosotros no llegamos al Reino de Dios como una cosa que nos sea debida. Es decir, no es una deuda que Dios adquiera con nosotros, no es un contrato que nosotros podamos pagar y que deje obligado a Dios para que nos pague.
Por supuesto que, en las cosas de este mundo vale perfectamente el reproche de aquellos jornaleros, los que tuvieron que aguantar todo el día de trabajo. En las cosas de este mundo, es evidente que mi cantidad de trabajo y mi cantidad de sueldo tienen que ir en proporción. Pero en las cosas de Dios no es así porque resulta que nosotros no entramos al Reino de Dios comprando esa entrada. La entrada al Reino de Dios no es una compra, no es tu esfuerzo el que compra esa entrada. Y eso tiene que quedar muy claro, nosotros entramos al Reino de Dios y nosotros recibimos el regalo de que Dios reine en nosotros, eso lo recibimos, precisamente, como un regalo. Es el regalo de recibir el reinado de Dios, Dios reina en nosotros, ese es el reinado y ese es el regalo.
Pero de todas maneras a uno le puede quedar una sensación de injusticia, injusticia hasta que uno cae en cuenta que este tipo de trabajo no es como otro trabajo. Una vez le preguntaban a un científico cuántas horas trabajaba él, era un hombre muy prestigioso, podríamos decir, muy exitoso en su campo de investigación. Y le preguntaban cuántas horas trabajaba él. Y él decía: Trabajo, trabajo, creo que nada. ¿Como así? Siempre lo vemos ocupado en su laboratorio. Siempre lo vemos empeñado en su investigación. Y él dice: Sí, sí, sí. Yo estoy ocupado, pero yo no llamo a eso trabajo. Lo disfruto tanto, es lo que siempre he querido hacer y además me dan dinero por eso. Fíjate cómo cambia la noción de trabajo, cuando tú piensas que el trabajo por el Reino de Dios es algo así como un contradecir tus verdaderos deseos y aspiraciones con tal de que me paguen, eso sería trabajo.
Pero cuando tú descubres que estar en las manos del Señor y ser instrumento suyo y presenciar su obra, y ver su gloria ante tus ojos y deleitarte con su Palabra, gozar de su amistad, tener cerca a sus santos ángeles, tener el ejemplo de los santos, si eso tiene un significado para ti, si eso es alegría para ti, entonces tú te das cuenta que es verdad que los que llegaron temprano en la mañana trabajaron más, pero también es la verdad, es verdad que ya empezaron a recibir su bien, su verdadero regalo, ya lo empezaron a recibir desde ese momento.
Y es ahí donde se juntan la justicia y la misericordia, porque hay misericordia en el hecho de que todos entren al Reino de Dios, cosa que es pura gracia. Pero hay justicia también, porque el que parece que ha trabajado más, también si realmente está en Dios, y si realmente es Dios quien lo mueve, ha disfrutado mucho más, ha conocido mucho más y se ha gozado mucho más.
Si me entiendes estas palabras, es porque el Espíritu del Señor está en ti. Si no las entiendes, clama al Señor para que dejes de trabajar en ese sentido, de contradecirte y despedazarte, tratando de ganar una salvación, y empieces a apreciar cómo el Señor obra en ti y a través de ti, y hace prodigios y maravillas porque sí las hace.

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