Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Las riquezas pueden convertirse en una cadena de autosuficiencia que nos aleja de la voluntad de Dios. Jesús nos enfrenta a lo imposible, a reconocer nuestros límites para confiar plenamente en su guía, bendición y poder.

Homilía o202009a, predicada en 20260818, con 8 min. y 24 seg.

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Transcripción:

Es muy duro, mis hermanos, pero también es muy consolador ver que grandes santos y santas pasaron por horribles decepciones y por momentos de gran frustración. Es muy educativo y a veces, debo decirlo, muy consolador. Pablo, por ejemplo, tuvo que experimentar traición de algunos que parecían buenos cristianos. Luego Pablo los va a llamar los falsos hermanos. Cristo, ya sabemos, fue víctima de la traición de Judas Iscariote. La primera carta de Juan habla de algunos grupos que se separaron. Son las primeras herejías que aparecen registradas en la historia. Y dice la primera carta de Juan: Estaban con nosotros, pero no eran de los nuestros. O sea que ahí también hubo dolor y ahí también hubo frustración.

Y luego en las vidas de los santos. Hay casos realmente muy impactantes. Cuando uno mira cómo algunos de los primeros franciscanos, nosotros los llamamos franciscanos. San Francisco quería que su orden se llamara y así se llama, de frailes menores. Algunos de esos primeros frailes tomaron actitudes tan duras que en la práctica querían expulsar a San Francisco de la orden que él mismo había fundado. La presencia de San Buenaventura hizo una gran diferencia en este sentido. Pero Francisco tuvo que padecer eso. Y si miramos, por ejemplo, a Santa Catalina, pues vaya, qué cosas que tuvo que sufrir ella con personas que parecían apoyarla o personas que parecían de alguna manera apoyar lo que ella deseaba para la Iglesia, pero luego resultaron falsos.

Bueno, estoy mencionando esto porque nosotros recordamos que Cristo le hizo una propuesta llena de amor a un hombre que tenía muchos bienes y a este hombre al que solemos llamar el joven rico, pues lo que le propuso es que fuera un discípulo suyo, que caminara junto a él, que estuviera ahí, que compartiera la vida del Evangelio. La versión de San Marcos dice expresamente: Le miró con amor, le miró con amor. Pero no bastó, no bastó la mirada amorosa de Cristo. Y esto me parte el alma decirlo, porque uno siente que la mirada de Cristo es todo. Pero no bastó la mirada de Cristo para convencer ese corazón que en el fondo estaba atrapado y estaba atrapado. ¿Por qué? Pues por lo que comentábamos en nuestra homilía del día de ayer, es decir, estaba atrapado por la incapacidad de ser más generoso y la incapacidad de ser más disponible. Su generosidad estaba limitada por aquello que no tocara sus intereses y su disponibilidad estaba limitada por aquello que no cambiara sus planes. Y resulta que para seguir a Jesucristo, para ser verdaderos discípulos del Señor, no podemos poner esa clase de condiciones. O sea que esta es una gran frustración. Cristo ofreció, podríamos decir, su corazón con esa mirada llena de amor. Y sin embargo, repito, eso no bastó, fue una frustración, fue un dolor para Cristo.

Y como consecuencia de ese dolor que experimenta el Señor, pues él luego utiliza esta frase que aparece en el Evangelio de hoy. Ahí es cuando dice: Qué difícil es que un rico entre en el reino de los cielos. Claramente se refiere a un rico como ese rico. Es decir, la manera como debemos entender la palabra rico aquí es aquel que tiene bienes de fortuna. Pero lo que más nos interesa es que es una persona que está atrapada por su propia riqueza, como brillantemente dijo alguien: Una cosa es que tú tengas dinero y otra cosa es que el dinero te tenga a ti. Una cosa es que tú poseas riquezas y otra cosa es que las riquezas te posean a ti. Entonces Cristo nos está advirtiendo frente al peligro de ser poseídos por aquello que supuestamente nosotros poseemos. Frente al peligro de que se adueñen de nosotros aquellas cosas que supuestamente nosotros nos hemos adueñado o son nuestras. Ese es el peligro que Cristo está advirtiendo. Pero cuando Él advierte de ese peligro, de alguna manera está yendo en una dirección opuesta a todo lo que conocían los apóstoles y sus discípulos más cercanos. Porque, en efecto, el Antiguo Testamento está lleno de expresiones que hablan de la bendición de Dios en términos de abundancia y de prosperidad.

Entonces, cuando Cristo dice que la riqueza te puede encarcelar, que la riqueza puede convertirse en tu gran impedimento para entrar en la voluntad de Dios. Pues este lenguaje tenía que sonar muy, pero muy extraño a los apóstoles, de tal manera que ellos llegaron a sentir. Pues entonces, ¿quién puede salvarse? Es decir, esta es una barrera. Esto es. Esto es algo imposible. Cristo no niega la dificultad. En efecto. En efecto, tienes razón. Es como un imposible. De hecho, es imposible para el hombre. Es lo que nos va a decir Cristo. Es imposible para el hombre. Y no tengamos miedo de subrayar esa frase del Señor, porque, como hemos comentado en otras homilías breves, Cristo tiene cierto gusto en mostrarnos lo que es imposible. Y llegará uno a conocer sus imposibles, que es otra manera de decir llegar uno a conocer sus límites. No es mala cosa. No es mala cosa. Conocer uno sus límites ayuda a destruir ese monstruo que se llama la soberbia. Conocer los límites ayuda a que uno aprenda que tiene que pedir ayuda y conocer los límites. También significa abrirse a la inmensa generosidad de Dios. Entonces, no tengamos miedo de decir: tu plan. Señor, me parece imposible. Lo que tú me propones me parece imposible. No tengamos miedo de predicar lo que parece imposible. No sigamos el camino de aquel obispo europeo que decía: No hay que proponerle a la gente cosas imposibles.

Por ejemplo, cosas imposibles es que dos personas que conviven pero que no están casadas por la Iglesia ni pueden casarse por la Iglesia porque hay un matrimonio sacramental válido. No les pidamos el imposible de que vivan sin relaciones sexuales. No le pidamos, sobre todo en materia de sexualidad. Últimamente hay una cantidad de cosas que se consideran imposibles y que la gente dice: No pidamos imposibles y no pidamos imposibles.

Pero Cristo es el primero que pide imposibles. Cristo es el primero que nos enfrenta lo imposible para que desde ese descubrimiento de nuestros límites, nosotros nos abramos al querer de Dios, a la guía de Dios, a la bendición de Dios y al poder de Dios. Que la gloria sea para Él, y no será para él la gloria. Si todo lo pudieran hacer nuestras fuerzas, no sería para él la gloria. Si todo lo lograran, únicamente nuestros esfuerzos y nuestra voluntad, la gloria va a ser para Él, y está bien que nos pida imposibles y está bien que se realice toda esa gloria en nuestra vida. Cuando nosotros le decimos yo sé que yo no puedo, pero yo sé que tú vives, que tú reinas, que tú tienes poder sobre mí. Y tú, Señor, tú sí puedes.

La gloria para ti. Amén.

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