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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
No te creas tanto, no tengas de ti esa opinión absurda e inflada de ti mismo; asume la verdad de lo que eres y entonces encontraras junto con la humildad y la verdad la auténtica alegría.
Homilía o202008a, predicada en 20220816, con 7 min. y 34 seg. 
Transcripción:
A veces los filósofos son un poco locos. En la antigüedad hubo uno cuyo nombre no recuerdo, que en sus cavilaciones decía qué tal que todo lo que existe sea simplemente mi imaginación. Es decir, yo me lo estoy imaginando. Por decir algo, aquel edificio en el fondo es un pensamiento mío y mi vecino, pues en el fondo es un pensamiento mío. Es decir, todo existe sólo en mi mente, incluso cuando creo que encuentro otras personas.
Posiblemente lo que está sucediendo es que son personas que mi mente crea. Es loco, ¿no? A esa postura a veces se le ha llamado solipsismo, algo así como una especie de encierro dentro de uno mismo, el solipsismo. ¿Por qué estoy hablando de esto? Porque como ejercicio filosófico, es interesante preguntarse ¿Qué clase de discusión podrías tú tener con un solipsista? Quizás él es solipsista solamente como ejercicio intelectual. Pero ¿Cómo discutirías tú con una persona así? Concretamente, ¿Qué argumento le presentarías a un solipsista para decirle que no existe únicamente su mente? Y hay dos elementos muy interesantes que son como refutaciones del solipsismo.
Y uno de esos elementos aparece en la primera lectura de hoy de la Misa de hoy, la del profeta Ezequiel. Por ejemplo, esto. Supongamos que todo lo crea mi mente. Si todo lo crea mi mente, entonces por qué hay cosas que no entiendo o sea, yo las hago, pero no las entiendo. ¿Cómo puedo yo afirmar que realmente yo soy el creador de todas las cosas si tengo que aprender? Mis ejemplos a menudo son de matemáticas. Entonces, si yo, por ejemplo, estoy pensando en cómo resolver una ecuación cuadrática y no sé hacerlo, abro un libro y aprendo de ese libro, o aprendo de un profesor, aprendo de una profesora cómo resolver la ecuación cuadrática. Es muy difícil seguir afirmando que yo soy el mismo que no sabía y yo soy el mismo que de alguna manera diseñé ese libro que yo no conocía o diseñé o creé a esa profesora que me enseñó cómo resolver la ecuación cuadrática. Es decir, el solipsismo empieza a parecer completamente improbable desde esa perspectiva. Dicho de otra manera, cuando yo tengo que aprender, es muy difícil seguir afirmando el solipsismo.
Y algo parecido, que es el otro argumento, es lo que tiene que ver con la sorpresa. Hay cosas que me sorprenden. Hace poco estaba en un museo. Uno de los mejores museos que he conocido, de estos que llaman historia natural. Y presentaban el esqueleto de una especie de tortuga que vivió hace millones de años, una tortuga que tenía cerca de dos metros de diámetro en su caparazón. Es decir, parece una cosa de fantasía. Yo me quedaba mirando ese esqueleto y me quedaba mirando y sentía sorpresa, como quien dice esto no estaba en mis cuentas. Y de nuevo la pregunta es una persona que estuviera creando todo, que hubiera creado todo, pues no podría tener ninguna sorpresa, porque al fin y al cabo yo lo hice. ¿O es que una parte de mí lo hace y otra parte de mí se sorprende? Entonces el solipsismo puede ser refutado. Por supuesto, siempre quedan posibilidades. En filosofía es así. Siempre quedan posibilidades de seguir retorciendo las cosas y decir no, lo que sucede es que en realidad la mente es un fenómeno universal del cual yo participo, o cosas así parecidas, un poco al estilo de Baruch Spinoza o de otros. Pero la verdad es que el solipsismo como tal queda refutado con esto que hemos dicho.
Es que la primera lectura de hoy del profeta Ezequiel nos presenta a un gran jefe, uno de esos reyes poderosos de la antigüedad, y su nombre no aparece en el texto que fue leído, pero sí sabemos que era rey de la región de Tiro al norte del Reino de Israel. Y él, por lo visto, se creía muy astuto. Se creía gran cosa. De hecho, se creía un dios al estilo de algunos emperadores romanos. Porque es que la cosa con el Imperio Romano es que se volvió costumbre declarar dioses a los emperadores que habían muerto. Pero después algunos dijeron yo no quiero esperar a morirme para que me declaren dios. Entonces declárenme dios de una vez. Y una parte de las persecuciones a los cristianos fue por eso, porque utilizaban estatuas de los emperadores vivos para decir ahora tienes que rendirle homenaje al dios César, a uno de los emperadores.
Entonces este rey de tiro se creía dios, y mira lo que le dice el profeta. Seguirás diciendo que eres dios frente a tus asesinos cuando estén a punto de apuñalarte, vas a decir sí, sí, sí, sigo siendo dios. Un dios al que al que van a matar, un dios que no puede hacer nada frente a sus enemigos. Esa es la conexión que yo veo entre ese experimento mental que es el solipsismo y esto que nos cuenta la primera lectura. Y en ambos casos lo que estamos aprendiendo es no te creas tanto, no tengas de ti esa opinión absurda, colosal, hinchada, inflamada, no tengas esa opinión inflamada de ti mismo. No te dejes engañar de esa manera, no te dejes engañar. Asume lo que eres, asume la verdad de lo que eres y entonces encontrarás, junto con la humildad y la verdad, la auténtica alegría. No te creas más. No es necesario que te creas un dios porque no funciona, ni es necesario que te creas el creador de todo lo que hay, no funciona. Admite que eres criatura y no creador. Admite que eres hombre y no Dios. Serás más sabio y serás más feliz.

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