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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los ricos son aquellos que no han podido descubrir que Dios es su verdadera riqueza y esperanza; que confían en las promesas del mundo, negándose la entrada en el Reino de Dios.
Homilía o202004a, predicada en 20160816, con 6 min. y 21 seg. 
Transcripción:
El texto del Evangelio de hoy, tomado del Capítulo número Diecinueve de San Mateo, ciertamente es bien conocido. La imagen que utiliza nuestro Señor Jesucristo es visualmente tan impactante que una vez que uno la ha oído, es difícil olvidarla. Es parte de los secretos de un buen pedagogo utilizar esa clase de recursos que quedan para siempre en la mente, en el recuerdo de sus discípulos. La expresión de Cristo es aquella frase Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja a que un rico entre en el Reino de los cielos. Esa frase es bien recordada y quizás se cita con alguna frecuencia. Lo que no estoy tan seguro es que sea entendida apropiada, adecuadamente.
Porque la palabra rico en el lenguaje de Cristo, creo que hay que entenderla como el contraste con la palabra pobre. Es decir, si entendemos mal lo que significa pobre, entendemos mal lo que significa rico. Es como una persona que está aprendiendo idiomas y no entiende, por ejemplo, la palabra día en ese idioma, por decir algo en inglés. Si no entiende que day es día, pues seguramente tampoco va a entender que night es noche. Cuando uno no entiende una cosa, tampoco entiende la contraria. Por eso decía Santo Tomás que uno tiene un mismo acto de inteligencia para comprender las cosas que son opuestas. Uno entiende correctamente lo bueno cuando se da cuenta de qué es lo malo. Y uno entiende correctamente lo malo cuando se da cuenta de que es bueno. No se puede entender bien una cosa sin entender bien la otra. No se puede entender mal una cosa sin entender mal la otra.
Por eso también en nuestra época, a medida que se pierde el sentido de lo que es malo, también se pierde el sentido de lo que es bueno, valioso, heroico, virtuoso. Entonces, en el caso presente, hay ese contraste entre estas dos palabras: pobre y rico. Y si entendemos mal alguna de las dos, estamos entendiendo mal las dos.
La palabra pobre tiene una historia muy importante en el Antiguo Testamento porque después del destierro a Babilonia, a comienzos del Siglo Sexto antes de Cristo, pues el pueblo elegido quedó despojado de su tierra, de su dignidad, de su templo, y en algún momento llegó a pensar que estaba desposeído también de sus promesas y de la vida misma. Ese despojo, esa pérdida catastrófica, luego se alivió un poco cuando un buen número de judíos pudieron regresar a su tierra. El destierro a Babilonia terminó unos setenta años después. De modo que a finales del Siglo Sexto vemos regresar a Jerusalén a un gran número de judíos. Pero podemos decir que la lección estaba aprendida. En qué sentido podemos decir que estos judíos que volvían a Jerusalén, o por lo menos muchos de ellos, habían aprendido a desengañarse de los poderes y de los imperios de este mundo, y habían aprendido que más allá del imperio caldeo o del imperio persa, y más allá de la arrogancia que ellos mismos habían tenido en otra época, en verdad solo Dios es Dios. Y ese es el sentido de la palabra pobre. Los pobres de Yahvé, que en hebreo se llaman Anawim, los pobres que han aprendido esta lección. Esos son aquella población a la que Cristo le habla en las Bienaventuranzas.
Por ejemplo, cuando dice Bienaventurados los pobres, son esos pobres, son aquellos que ciertamente han conocido grandes carencias, pero que sobre todo, han podido descubrir en dónde está su verdadera fortaleza y su verdadera riqueza, a saber, en Dios mismo. Aquellos que han aprendido a desconfiar de promesas, sistemas, ideologías, imperios, tiranos. Aquellos que han aprendido a poner toda su esperanza en el Señor. Esos son los pobres a los que les habla Cristo. Esos son los que pueden heredar el Reino de los cielos. Esos son los que, de un modo más espontáneo y próximo asumen, comprenden el Evangelio.
Si con ese concepto de pobres nos vamos a lo que significa rico. Entonces entendemos por qué el rico no entra en el Reino de Dios. Porque el rico es el que no ha hecho ese descubrimiento, no ha hecho ese camino. El rico es el que sigue apoyándose de alguna manera en sí mismo. El rico es el que todavía pone su esperanza en una ideología, o en un rey, o en un sistema, o en su talento, o en su dinero, o en sus amigos. No ha terminado de descubrir que Dios, y solamente Dios, es el que verdaderamente reina. Y entonces es lógico que ese que es rico de esa manera, ese jamás entrará en el Reino de los cielos. Los apóstoles se extrañaban. No dejemos que el escándalo de ellos se nos pegue a nosotros. Simplemente comprendamos que tenemos que hacer el itinerario de los pobres de Yahvé, porque de otra manera todo el lenguaje de Cristo se nos quedará en simple poesía o en sueño irrealizable.

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