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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Perderse de descubrir la propia pobreza es perderse de la riqueza de Dios.
Homilía o202002a, predicada en 20120821, con 4 min. y 3 seg. 
Transcripción:
Estamos en la semana veinte del Tiempo Ordinario. Este es el llamado tiempo durante el año para nuestra amada iglesia. El tiempo es precioso. Si el refrán dice el tiempo es oro, para nosotros cristianos católicos, el tiempo es mucho más que oro. El tiempo es ofrenda. Lo más precioso que tú tienes es tu tiempo. Fíjate que si alguien te quitara todo tu tiempo te estaría diciendo te mueres ya, te tendría que quitar la vida. Por eso nuestra Iglesia ofrece su tiempo a Dios y por eso consagra el tiempo para ofrecerlo a Dios.
Entonces tenemos tiempos litúrgicos. La palabra liturgia hace referencia a esta ofrenda. Nosotros ofrecemos nuestro tiempo a Dios. Y en esa ofrenda ¿En qué nos basamos? ¿Cuál es nuestro altar? Nuestro altar es Cristo mismo. ¿Nos apoyamos en el altar de Cristo? y ofrecemos ¿Qué ofrecemos? Ofrecemos al mismo Cristo y a nosotros en comunión con Cristo, en unión con Él. Por eso no hay que menospreciar estos días que llamamos días de feria, días de entre semana. No hay que menospreciar estos días, estos días que a veces nos parecen tan ordinarios. Pues la Iglesia te dice, ofrece también tu tiempo ordinario.
Por supuesto, el que piensa en la inmensidad de Dios se siente pequeño y el que piensa en la santidad de Dios se siente pecador. Decía Santa Catalina de Siena Soy nada con pecado encima. Esa doble miseria nuestra no debe, sin embargo, detenernos. Si somos pobres ante Dios, el Evangelio de hoy nos cuenta que esa puede ser una muy buena noticia. Porque aquel que se siente rico tiende a apoyarse en su riqueza. El que se siente rico de ideas cree que con sus ideas y su inteligencia lo va a resolver todo. El que se siente rico en energía porque es joven y porque es vigoroso, cree que con su impulso y con su vigor lo puede resolver todo. El que se siente rico en su dinero, confiado en sus muchos bienes, cree que con ellos podrá comprarlo todo hasta la eternidad.
Jesús nos advierte que aquellos que tienen esa clase de confianza jamás entrarán en el Reino de los cielos. Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja a que una persona así entre en ese régimen nuevo, en esa realidad nueva que es la realidad del Reino. Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja. La comparación es tan absolutamente brutal, tan gráfica, que después que uno la ha oído, ya no puede olvidarla. Quizás eso era lo que quería Cristo, que jamás se nos olvidara, que jamás olvidáramos que la única manera de entrar en el Reino es descubriendo nuestra propia indigencia, nuestra propia pobreza. Nuestra pequeñez ante la grandeza de Dios y nuestro pecado ante la santidad de Dios. Que el mismo Señor inspire en nosotros, que el mismo Señor traiga a nosotros esta conciencia, sólo Él puede revelarnos esta verdad y sólo Él puede darnos su verdad. Amén.

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