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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús nos trae un nuevo modelo de felicidad.
Homilía o202001a, predicada en 20000822, con 13 min. y 30 seg. 
Transcripción:
En las lecturas de hoy aparecen dos realidades muy apetecibles para los humanos. Pueden convertirse en dos grandes estorbos para descubrir a Dios, descubrir su voluntad, entrar en su Reino. El poder y la riqueza. Especialmente en la soberbia de Ciro el de los persas, se muestra como esa autosuficiencia que suele ir unida al poder es un gran obstáculo para comprender la Palabra de Dios y para someterse a su disposición para entrar en su Reino.
Y luego en el Evangelio, Jesucristo, con esa imagen tan conocida del camello y la aguja, espanta a los discípulos, porque parece que también esa riqueza es un estorbo para descubrir la voluntad de Dios. Y por eso se da como un rompimiento, podríamos decir, entre lo que resultaba bendición y modelo de felicidad en el Antiguo Testamento y lo que se revela como bendición y felicidad con Jesucristo. Podemos decir que el modelo del Antiguo Testamento fue haciendo crisis. Hombres como Ciro, llenos de poder, pero vacíos de Dios, fueron quebrantando, fueron, agrietando ese modelo clásico de felicidad y de bendición en el Antiguo Testamento. Serás dichoso, te irá bien. Tu mujer, como una parra fecunda en medio de tu casa. La abundancia de descendencia, la abundancia de bienes. Ese era el modelo de felicidad en el Antiguo Testamento. Contar con independencia, como dice el Deuteronomio, ser el que presta y no el que pide prestado, ser el que va a la cabeza y no el que le toca en la cola. Ser el que dirige y dispone, no aquel a quien dirigen y del que disponen. Esa es la felicidad en el Antiguo Testamento.
Y lo que nos presentan las lecturas de hoy es que esa manera de felicidad se agrieta y hace crisis. Hace crisis porque quienes la tienen se afianzan en sí mismos y siendo los primeros, terminan siendo los últimos. Como denuncia con su frase paradójica Jesucristo. Muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros. Se da ese rompimiento y se anuncia un nuevo modo de felicidad, un nuevo modo de bendición. Esto es muy importante porque no se trata solamente de una crisis dentro de un estilo literario. Ese modelo de felicidad y la felicidad es como la meta de la vida. Entonces, ese modelo de vida que aparece en el Antiguo Testamento no es otra cosa sino la felicidad natural. En cierto sentido, lo que todo el mundo ansía, lo que naturalmente, hablando, hablando según la naturaleza humana, todo el mundo quiere. ¿Quién no quiere esa paz en las fronteras, esa prosperidad, esa fecundidad, buena salud, bienes asegurados para muchos años? Como hizo aquel otro rico que amplió o quiso ampliar sus graneros, bienes asegurados para muchos años abundancia, seguridad, felicidad. Esto no es solamente del Antiguo Testamento, este no es un dato bíblico. Este es un dato que está anclado en lo más profundo de la antropología. Es un dato que pertenece a lo más profundo de nuestra naturaleza humana. Y por eso, cuando descubrimos que ese modelo de felicidad que ya entendemos que no es solo del Antiguo Testamento, sino que pertenece a la raza humana, que eso se agrieta.
Entonces descubrimos que un nuevo modo de ser humano es lo que está apareciendo con Jesucristo. Estaba apareciendo una nueva humanidad. Dios está creando en Cristo una humanidad nueva que tiene un modelo de felicidad nueva, el de las Bienaventuranzas y que tiene un estilo nuevo y que tiene una abundancia nueva y que tiene una meta nueva. Lo que descubrimos detrás de este tejido de caos, de confusión que vivieron los discípulos cuando dicen ¿Y entonces para dónde tenemos que dirigirnos? ¿Entonces, qué tenemos que hacer? Debajo de ese caos, lo que está surgiendo es el hombre nuevo, el nuevo Adán, que tiene una felicidad distinta, que es, por decirlo así soberanamente, independiente de todas esas abundancias y de todas esas ofertas del mundo. Ese es Jesucristo. Jesucristo con rostro de mendigo, Jesucristo con su palabra tantas veces paradójica, Jesucristo con sus llagas y con su cruz, Jesucristo con su pobreza, Jesucristo con su virginidad, Jesucristo con su obediencia, ahí en Él vemos surgir una humanidad nueva.
Pedro intentó hacer el puente entre el modelo antiguo y el modelo nuevo. Imposible que yo salga perdiendo dijo Pedro. Lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Ya nos soltamos del modelo antiguo. ¿En qué consiste el modelo nuevo? La respuesta que le da Jesucristo tranquiliza a Pedro. Pero en el fondo no es lo que esperaba Pedro. Recibirá cien veces más en casa, hermanos, hermanas, padre, madre, mujer, hijos y tierras. Cien veces más. Nosotros sabemos, por el destino que tuvo el mismo Pedro que nunca le escrituraron esas tierras, nunca le llegaron esas posesiones abundantísimas. Le llegó la abundancia nueva. Tampoco tuvo esa cantidad de mujeres o de hijos. Le llegó la familia nueva. Tampoco tuvo esa cantidad de hermanos o de hermanas. Le llegó la fraternidad nueva. No fue dueño de barrios enteros de Jerusalén. Le llegaron las riquezas nuevas. De manera que Cristo, como perfecto pedagogo entiende que este hombre en ese momento no va a entender. Se da cuenta de que el otro no se da cuenta y le da esa frase que lo deja tranquilo. Por lo menos esa noche durmió Pedro. Pedro, pero ya se anuncia algo nuevo. Y lo mismo con respecto al poder. Cuando llegue la renovación y el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros os sentaréis en doce tronos. Se les iluminaron los ojos y pensaron en los doce tronos que iban a tener para juzgar a las doce tribus de Israel. Es una nueva manera de relacionarse con el poder. Y efectivamente, todo esto se cumple, pero se cumple de una manera nueva.
¿Qué podemos dejar para nosotros? ¿Cuáles son nuestras Expectativas? ¿Qué podemos decir cuando se agrietan nuestras certezas? Porque de algún modo esta transición de la que venimos hablando, esa crisis del modelo antiguo y esta novedad que se anuncia sobre todo con Cristo, esa transición la tiene que vivir cada persona. Cada uno de nosotros tiene que sentir y esto es lo terrible, que se le rompen, que les hayan, que se le agrietan sus modelos de felicidad, porque de algún modo nosotros así buenas personas y todo como podemos parecer. Nosotros también tenemos ese modelito de felicidad debidamente adaptado a las circunstancias nuestras. No queremos todo el poder de Ciro. No estamos buscando eso. No queremos todas las riquezas o la magnificencia de Salomón. Eso no lo buscamos. Pero sí tenemos también nuestra felicidad atada a una serie de certezas. Hay una serie de casas, hermanos, hermanas, padres y madres y tierras. Tenemos nuestras certezas agarradas a esas cosas. Y cuando esas cosas nos fallan, cuando nuestros hermanos nos fallan, cuando los amigos nos fallan, cuando lo que estaba planeado no se logra, cuando lo que sería lógico no sucede, cuando se rompe la certeza. ¿Qué pasa con nosotros? Estamos dispuestos en ese momento a sentir en el corazón por esa fuerza del Espíritu Dios me está preparando algo mejor.
Volvemos nuestra mirada hacia Cristo. Sobre todo Cristo crucificado, para decir ahora que me falla esto, qué era lo que yo tenía como felicidad. Debe ser que Dios está moderando en mí la nueva humanidad. Cuando tenemos que decir con desconcierto y el poder, entonces ¿A quién sirve y para qué sirve? Cuando eso sucede, cuando las relaciones entre los humanos parecen cargadas de engaño, parecen cargadas de falsedad. Cuando eso nos decepciona, ¿Tenemos ojos para volvernos hacia Cristo y descubrir en Él nuestra esperanza? Esta es la pregunta que tenemos que hacernos. Si también nosotros estamos, incluso desde nuestra opción como consagrados, estamos amarrados a ese modelo antiguo de felicidad, el del primer Adán, o si nuestro corazón se va mudando poco a poco a las certezas del Reino de los cielos y si allí encontramos nuestro gozo.
Esto es una aplicación que podemos hacer de esta lectura a nuestra vida. Porque esta catequesis, ya no con palabras, sino con los hechos día a día, nos la tiene que hacer Dios. Dios necesita agrietar en nosotros demasiadas cosas hasta que finalmente quedemos solamente abrazados a Él, solamente enamorados de Cristo, solamente unidos a su cruz, solamente felices con la felicidad de ese sermón de la montaña. Cuando esa predicación, cuando ese estilo de Bienaventuranza sea nuestra Bienaventuranza, estaremos listos para entender qué significa el Reino de los cielos. Y qué significa el cielo donde Dios es Rey.

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