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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Ser buena persona puede tener límites marcados por el interés y la autoprotección. La santidad nos lleva a una generosidad y disponibilidad más profundas, sin poner siempre condiciones.
Homilía o201008a, predicada en 20260817, con 9 min. y 56 seg. 
Transcripción:
El evangelio de hoy, mis hermanos, nos da una oportunidad perfecta para meditar un poco sobre la diferencia entre una vida buena y una vida perfecta, o también entre lo que es una buena persona y lo que es una persona santa. Porque a veces se piensa que el cristianismo simplemente quiere que la gente sea buena. Como dicen en inglés this is a nice person. Una persona decente y agradable. Es ese el propósito del cristianismo. Lograr que la gente sea decente y decente significa, pues, que tenga cierto grado de conciencia de sus deberes y un poco de solidaridad, y que además de eso sea agradable. Es decir, que sea una persona con la que es fácil tratarse. Es eso lo único que trae el cristianismo. Pues discúlpame, pero para lograr eso no se necesitaba la encarnación, no se necesitaba la predicación del Reino de Dios, no se necesitaba sobre todo, no se necesitaba la cruz, no se necesitaba el sacrificio de la cruz. Y resulta que el sacrificio de la cruz. Y resulta que la sangre derramada en la cruz, pues están en la esencia misma de nuestra fe. Entonces este evangelio yo lo miro como un despertador que nos está diciendo que la fe cristiana no consiste simplemente en ser buena persona, en ser una persona agradable y decente, entendiendo por decente que no es la traducción exacta. Entendiendo por decente una persona que repito, es consciente de sus deberes y además tiene un cierto grado de solidaridad, un cierto grado de empatía. no. El cristianismo es mucho más que eso. Pero para aprender esa diferencia hay que hacer el camino que tuvo que hacer ese joven del que nos habla el Evangelio de hoy. ¿De qué camino estamos hablando? Pues miremos qué clase de persona era este hombre. Este es un hombre que efectivamente es decente según esa definición de decente, es decir, un hombre que ha cumplido los mandamientos no le roba a nadie, no anda diciendo mentiras, no se mete en calumnias. Seguramente ha sido bueno con sus papás, cumple con sus obligaciones religiosas en todos los sentidos. Parece ser una persona que ha cumplido con sus deberes y que además pues de seguro que ya que lo sugiere la ley de Moisés, pues ha ayudado de alguna manera a los necesitados, porque eso también aparecía en la ley de Moisés. Debemos suponer, no lo dice expresamente el pasaje de hoy, pero debemos suponer que era una persona que podía ser seguramente muy agradable, buen amigo de sus amigos y ya está. Era una buena persona. Pero es que seguir a Cristo es más que eso, es más que eso. Y lo más interesante es que este hombre que parecía tan decente y tan agradable, de alguna manera experimentaba una necesidad, experimentaba un vacío. Había algo que le estaba haciendo falta. Y yo creo que esa es la pregunta más interesante de este evangelio. ¿Qué le podía estar haciendo falta a una persona que aparentemente lo había hecho todo bien en la vida? Una persona que sabía ser buen hijo, buen hermano. Sabía ser buen amigo, diríamos con el lenguaje de hoy, buen ciudadano, una persona agradable y decente. ¿Qué le puede faltar? Esta pregunta es vital porque resulta que en nuestra época, para muchos, lo único que hay que pedir es que la gente sea eso, sea decente y sea agradable. Pero si tú eres decente y agradable, quedó todo resuelto en tu corazón. Tu corazón no te pide nada más, sino solamente eso. En el caso de este joven, en el caso de este hombre, es evidente que a él no le bastaba eso. Es evidente que él sentía la necesidad de algo más, algo que aquí se traduce por vida eterna. Hay varias interpretaciones sobre lo que podría ser esto de vida eterna. Por ejemplo, podría significar algo así como: Yo no quiero que esto se me acabe. Qué tengo que hacer para que este bienestar, para que esta digamos esta condición positiva y favorable en la que me encuentro, no se acabe nunca. Esa sería una interpretación de vida eterna. Y es posible que sea así. Pero según lo que conocemos de la mentalidad semita, la relación que ellos tenían con el tiempo no era tanto cuantitativa como quien dice más y más y más años, sino más cualitativa. Es decir, ¿dónde está el fondo de esto? O como tal vez lo anunciaríamos hoy. ¿Cuál es el sentido de todo esto? ¿Cuál es el propósito, el propósito de mi vida misma? ¿Qué es lo que yo puedo esperar? ¿Qué es lo que yo puedo desear de la vida? ¿Está buscando algo? Tal vez él mismo no lo tiene completamente claro. Y su corazón de alguna manera sintoniza con ese predicador itinerante, con ese profeta fascinante, maravilloso que se llama Jesús de Nazaret y por eso él se dirige a Jesús y Jesús le va a enseñar la diferencia entre ser simplemente buena persona y llegar hasta el final. O también lo podríamos decir, ser perfecto, o también lo podríamos decir, buscar la santidad, porque eso es lo que Cristo finalmente le va a proponer. ¿Y dónde está la diferencia radical? Yo diría que la diferencia radical está en que aquél que simplemente es buena persona, y no digo que sea poco ser buena persona, aquel que simplemente es buena persona tiene un límite en su generosidad. Un límite en su generosidad. ¿Y cuál es el límite en la generosidad? El límite de su generosidad es sus intereses, su auto protección. Entonces, si la ley de Moisés sugiere que hay que ayudar al pobre. Bien, algo doy, pero algo que no me afecte. Algo que no atente contra el bienestar que tengo, con la estabilidad que tengo. Que no se meta, con la estabilidad mía, que me permita seguir siendo lo que yo soy. Segundo, la generosidad también tiene un límite en el sentido de que yo quiero controlar mi vida. Yo quiero estar al timón de mi vida. Entonces, atención a esto que yo creo que es muy importante, y si esto te parece importante, yo te pido que compartas este mensaje. No nos fiemos de algoritmos, simplemente comparte este mensaje, por favor. Mira esta diferencia. El que es simplemente buena persona tiene un límite en su generosidad y tiene un límite en su disponibilidad. La disponibilidad es decir, yo sí haré caso, pero en lo que a mí me parezca, en lo que a mí me convenga, en lo que me permita seguir manejando el timón de mi vida. Los dos límites del buenismo están ahí patentes están claros en el Evangelio de hoy. Y esos dos límites son primer límite. Mi generosidad es limitada porque yo seré generoso mientras no se toquen mis intereses. Segundo límite, mi disponibilidad es limitada porque yo haré caso solo en lo que a mí me parezca, porque yo quiero mantener el timón de mi vida. ¿Y qué es lo que Cristo le desarma a este hombre? Esas dos cosas. Cristo le desarma esa generosidad ilimitada y le dice: ¿Y qué pasa si lo das todo a los pobres? ¿Qué pasa? ¿Qué pasa si rompes ese límite que tú tienes en tu generosidad? Y luego le dice: Y después de que hayas roto el límite de la generosidad, rompe también el límite de la disponibilidad. Ven y sígueme, como quien dice: Ahora el timón lo voy a llevar yo. Como decimos en Colombia: Te le mides, lo aceptarás. Aceptarás romper ese par de límites que te mantienen en el buenismo. ¿Romperás ese límite para entrar verdaderamente en lo que significa una vida en santidad y justicia? La respuesta que este hombre dio, no con palabras, sino con los hechos, fue Es demasiado para mí. Gracias por la propuesta, pero no, gracias. La pregunta que queda es ¿Y nosotros qué nosotros qué le diremos a Jesús? Esa pregunta solo la puedes responder tú y la debo responder yo. Que Dios te bendiga.

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