Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los bienes de esta tierra nos acercan a Dios si los recibimos con gratitud, los utilizamos con sabiduría y los compartimos con caridad; pueden en cambio apartarnos de Dios si nos llenamos de codicia, si engrandecemos con ellos nuestro ego o si nos alejamos de la oración.

Homilía o201006a, predicada en 20200817, con 18 min. y 30 seg.

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Transcripción:

Mis amados hermanos, los bienes de este mundo nos pueden acercar a Dios, pero también nos pueden alejar de Dios. La verdadera sabiduría logra, entre otras cosas, que estos bienes que Dios nos dio para que le conociéramos, para que floreciera su vida en nosotros y para que tuviéramos ocasión de hacer el bien a nuestro prójimo. Estos bienes nos los dio Dios para ese propósito, pero nos pueden servir tristemente también de obstáculo. Cuando el bien parcial que nos traen las cosas de esta tierra se convierte en un bien absoluto para nosotros, cuando ponemos nuestra esperanza en los recursos que están a nuestro alcance y cuando cerramos la mano a las necesidades del prójimo.

A ver si puedo explicarme un poco mejor. Vamos a tratar de ver en qué sentido las cosas de esta tierra nos pueden ayudar para ser fieles a Dios. Y luego vamos a ver en qué sentido las cosas de esta tierra nos pueden impedir el encuentro con Dios. Y de ese contraste esperamos que Dios nos regale sabiduría. Sabiduría para poder seguir el camino que Él nos muestra, sin dejarnos distraer ni detener. Empecemos contando cuáles son los bienes que podemos encontrar en las cosas que Dios nos da. ¿En qué sentido nos pueden ayudar? Nos pueden ayudar principalmente de tres maneras.

La primera es que son expresiones de la bondad misma de Dios. Y así, por ejemplo, cuando uno ve la grandeza, la belleza, qué se yo de un amanecer. Cuando uno experimenta la alegría de la salud, cuando uno encuentra un buen amigo, una buena amiga, cuando uno puede encontrar descanso. Y así con tantos otros bienes. En esos bienes hay como un reflejo del bien supremo y del bien primero, que es Dios. Por eso ver ese espectáculo de la naturaleza o darse cuenta que tiene buena salud o dar gracias a Dios por los amigos. Esto es lo que el Señor quiere. Entonces las cosas de esta tierra nos pueden llevar a Dios si las vemos como expresiones de su bondad. Y por consiguiente, las agradecemos. Primer punto.

Segundo punto. Esto que Dios nos ha dado nos permite ejercer nuestros dones, talentos, carismas. Y en ese sentido nos ayuda a nuestra realización personal. Es decir, que no sólo descubrimos que es bueno el amanecer o es bueno el alimento o es bueno el descanso, sino que todas esas cosas llegan a nosotros y nos hacen bien y detectamos el bien en nosotros mismos. Y en ese sentido crecemos, nos fortalecemos, florecemos, alcanzamos una plenitud. Cuando uno piensa en todo ese bien que ha recibido, entonces de nuevo siente agradecimiento. Repito, no es solo que el bien esté afuera, sino que ese bien entra en mi vida, entra en mi historia, me cambia, me hace bien.

Por último, las cosas de esta tierra nos pueden servir para encontrar a Dios en la medida en que compartimos. Es una alegría única. San Pablo dice que esa fue frase de Cristo, aunque no aparece en los evangelios. Tarea Búsquela. Esa frase de San Pablo está en los Hechos de los Apóstoles. Y Pablo dice que es una frase de Cristo, pero en los evangelios no aparece citada ahí como frase de Cristo. La frase es: Hay más alegría en dar que en recibir. Esa frase Pablo la atribuye a Cristo. Entonces uno experimenta que las cosas de la tierra le sirven para acercarse a Dios cuando las administra. Como aquello que se puede compartir y muchas personas yo estoy seguro que muchos de ustedes han tenido esa clase de experiencia. Cuando ves la alegría de la persona que puede recibir lo que estaba necesitando, eso trae gozo al corazón y eso nos acerca a Dios.

Entonces, las cosas de esta tierra nos pueden servir para avanzar hacia Dios, porque son expresiones de su bondad, número uno. Porque nos ayudan a nuestra realización personal, número dos. Y porque son la ocasión perfecta para compartir con el prójimo. Y en ese sentido, las cosas de esta tierra nos ayudan.

Pero las cosas de esta tierra también pueden ser un obstáculo. Y vamos, en cierto sentido, a tomar las tres expresiones de la bondad y las vamos a ver en sentido inverso. Primero. Las cosas de esta tierra nos acercan a Dios si compartimos, pero si no compartimos, ahí está el punto, si no compartimos, si nos dedicamos únicamente a acumular muchas veces con el pretexto de que necesitamos seguridad para el futuro, entonces esa acumulación se va convirtiendo en una barrera que sube y sube y cada vez nos deja ver menos del plan de Dios. Una barrera que en realidad es nuestra prisión. Es una prisión. Así que las cosas de esta tierra, si nosotros caemos en ese egoísmo, en esa codicia, se convierten en un obstáculo.

Sigamos nuestro recorrido. Si las cosas de esta tierra nosotros las utilizamos sabiamente para nuestra realización personal, nos llevan a Dios. Pero si nosotros tomamos esas cosas de esta tierra y las utilizamos según nuestro capricho, capricho guiado por los ídolos del poder o del placer, sobre todo por esos dos. Entonces las cosas de esta tierra nos atrapan también y no nos dejan ver el plan de Dios. Piensa, por ejemplo, en el caso de una persona que se aferra al poder, por ejemplo, al poder político y no quiere soltar, y ahí está con el poder político y no suelta y no suelta. Y hay gente que está sufriendo por esa ambición, por esa codicia, por esa manera de obrar, pero no suelta el poder. Es decir, que esa persona está buscando engrandecer su yo, engrandecer su ego. Esa persona queda entonces de nuevo en la cárcel de sus placeres y de sus ambiciones. Y no ve a Dios, no lo ve, no ve el plan de Dios. ¿Por qué? Porque es subyugado por las idolatrías del poder y del placer. Lo único que quiere es engrandecer su ego.

Entonces, el primer error que uno puede cometer con las cosas de esta tierra es el no compartir. Se llena de avaricia, de egoísmo. En el segundo caso, la persona idolatra el poder, idolatra el placer y en el fondo idolatra su ego. El ego se le convierte como en un pequeño monstruo que devora y devora y come y come y nunca se sacia. Por eso quiere más y más y más. Las cosas de esta tierra nos pueden llevar a Dios si nosotros las recibimos con gratitud.

Pero ¿Qué pasa si nosotros nos cerramos a la oración? ¿Qué pasa si nosotros nos cerramos al agradecimiento, a la alabanza, al Creador del que viene todo? Entonces las cosas de esta tierra, por falta de oración, nos enceguecen y nos atrapan. Bueno, ahí vemos de qué maneras las cosas de la tierra, los bienes temporales, nos pueden atrapar. Cuando no compartimos, cuando las usamos solo para engrandecer nuestro ego y cuando las apartamos de nuestra oración, cuando perdemos la oración. Por otro lado repasemos, las cosas de esta tierra nos pueden servir para llegar a Dios. Si las recibimos con gratitud, las utilizamos con sabiduría según el plan de Dios discernido en nuestra conciencia y en la casa que se llama la Iglesia. Y si además compartimos, ahí nos sirven para bien. Bueno, yo espero que esta diferencia quede bastante clara.

Por supuesto, estoy hablando de esto por el Evangelio que hemos escuchado. Este hombre quiere tener vida plena, quiere tener vida eterna. Digamos que no ha sido una mala persona. No ha sido un criminal. Pero está atrapado. ¿Qué lo atrapó? Fíjate lo que Cristo le dijo. Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes. Dáselo a los pobres, ven conmigo. Dáselo a los pobres. Es la parte del compartir. Vende lo que tienes es libera tu ego recargado por todo lo que has logrado o has recibido. Ven conmigo es la vida de unión con Dios. Ahí están los tres factores. Y el hombre no aceptó. Estaba atrapado y era, entre comillas, era una buena persona. No se nos dice ni que fuera ladrón, ni que fuera un torturador. Una buena persona. Y con eso terminamos esta pequeña reflexión.

Cuidado, porque uno puede ser, entre comillas, buena persona, entre comillas. Tú ves a este joven rico por la calle y dices pues sí, un hombre trabajador, un empresario de éxito, un tipo que le ha ido bien en la vida, no le ha robado un centavo a nadie. Es buena persona. Pero si quieres que te diga una última conclusión, la última conclusión es esa. Es que ser cristiano es mucho más que ser buena persona, entre comillas. Eso hay que tenerlo claro. Si yo me limito a ser buena persona, a los que son buenas personas, como a este joven, también los atrapan las cosas de esta tierra. ¿De qué manera? Pues que uno no comparte mucho porque uno siempre tiene un pretexto, siempre está comprando otra cosa, siempre tiene que pagar un crédito, siempre tiene que asegurar un futuro, siempre tiene que tener un colchón. Esa expresión se utiliza mucho aquí en Colombia, no sé si en otras partes. El colchón es una reserva de dinero, pero hay colchones que son bastante, bastante grandes. Hay que tener un colchoncito. Ojalá un colchoncito, así como de varios kilómetros. Un colchoncito. Y es una buena persona, no le hace mal a nadie. Es queridísimo, simpático, agradable, pero ya ves.

Lo que le dijo Cristo a este joven corresponde a lo que hemos tratado de explicar en esta homilía. Deshazte de todo lo que recarga tu ego. Tu ego está recargado, está congestionado. Es impresionante como muchas personas hoy tienen una gran sensibilidad para la salud física. Y entonces me acuerdo el testimonio de una persona que perdió algo así como cuarenta kilos. Para los que tenemos algún sobrepeso, pues es un héroe el que logra una cosa de esas. Y es muy interesante el testimonio de esta persona, un señor, porque él dice yo estaba cargando algo que no era yo. Mire qué manera tan bonita de escribir este testimonio. Yo estaba cargando algo que no era yo. Esos cuarenta kilos no eran yo. Yo no soy esos cuarenta kilos, me sobraban. Tiene razón. Y muchos tenemos que seguir en la tarea de mejorar nuestro estado físico. Tiene toda la razón ese señor.

¿Pero por qué no hacemos lo mismo con nuestro ego? ¿Por qué no nos liberamos de una cantidad de cosas que están pesando sobre nosotros? Eso es lo que le propone Cristo. Sal de eso. No solo por hacerle bien a otras personas, sino por liberarte tu hermano. Y una persona puede ser buena persona. Y sin embargo, tiene esa situación. Él mientras prepara su colchoncito, un colchoncito de un par de kilómetros cuadrados, un colchoncito que yo necesito por si caigo para la derecha, para la izquierda, para adelante, para atrás. Tengo que tener el colchón grande, bien grande, mi colchón de dinero. Y uno tiene siempre explicaciones. Qué hemos de hacer nosotros.

Hay personas que han tenido un llamado radical. Piense usted en San Antonio Abad que vendió, literalmente, vendió todas las posesiones que había recibido en herencia. Todo lo entregó. Lo que dijo el Evangelio así, al pie de la letra, lo hizo y empezó a llevar vida de penitencia y oración. Hay gente que hace eso, pero cada persona debe discernir, porque Dios también quiere y necesita. Necesita entre comillas. Dios también quiere y necesita personas que teniendo bienes lo sepan administrar, pero para bien de otros, también del suyo propio, pero para hacerle bien a otras personas. Entonces, ¿Qué es lo que debemos pensar nosotros? Seguir la ruta del bien. La repito por última vez. Recibirlo todo con agradecimiento. Preguntarle a Dios cuál es tu plan para conmigo, para que yo pueda desarrollar aquellos talentos, aquellos dones que tú me has dado. Y que jamás se me olvide la necesidad de mis hermanos. Amén.

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