Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

¿Por qué uno que parece tenerlo todo sigue preguntándose dónde está la verdadera vida?

Homilía o201003a, predicada en 20140818, con 5 min. y 36 seg.

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Transcripción:

Un joven se acerca a Jesús. Tiene una pregunta, Maestro, ¿Qué tengo que hacer para tener vida eterna? Es muy interesante este pasaje por muchas razones. La primera que se me ocurre es que la mayor parte de las personas que se acercaban a Cristo tenían necesidades muy evidentes, muy claras. Estamos hablando de ciegos, paralíticos, sordos, endemoniados, leprosos. Es muy clara la necesidad que esas personas tienen. Y por encima de todo ello hay una característica que también es común; pecadores, hombres y mujeres conscientes de su pecado.

Este muchacho, en cambio, el del pasaje de hoy, se acerca a Cristo y claramente no padece de ninguno de estos daños, ni físicos ni morales. Podemos decir que es el rostro mismo de una vida feliz, de una vida sin problemas. Lo tiene todo. Un cuerpo sano, una vida honrada, íntegra. Tiene unos bienes abundantes. Tiene juventud. Parece tenerlo todo. Así que la pregunta de él nos obliga a preguntarnos nosotros. ¿Qué le falta a una vida a la que no le falta nada? Repito, porque parece un trabalenguas. ¿Qué le falta a una vida a la que no le falta nada? Porque la vida de este muchacho es esa, una vida a la que no le falta nada. Lo tiene todo. Sin embargo, él pregunta. Él pregunta por la vida eterna.

En la Biblia hay dos significados sobre vida eterna, no significados opuestos, sino, diríamos complementarios. Por una parte, está el sentido más tradicional de eternidad, como aquello que permanece para todos los tiempos. Es un poco lo que recoge aquella frase que decimos muchas veces en la liturgia por los siglos de los siglos. Eso por una parte. Pero por otra parte, también nos damos cuenta que en griego, esto se nota particularmente en griego. La vida eterna es la vida que está más allá de las limitaciones de este mundo. Más allá de los Eones, es decir, de las eras, más allá de los condicionamientos de este mundo. Podríamos decir que en este sentido, vida eterna es vida plena, vida sin ninguna restricción. Vida en el sentido más absoluto, más total y vigoroso del término.

Y probablemente este muchacho busca las dos cosas. Por una parte, quiere asegurar que esa felicidad que tiene en este momento le dure indefinidamente, que no se acabe nunca. Algo en su corazón le hace presentir que no siempre va a tener la misma juventud, la misma salud, la misma solidez económica. Por eso seguramente piensa yo quiero que esto dure. ¿Qué hago para que esto dure? O tal vez, a pesar de que se porta bien, a pesar de que su existencia parece feliz, tiene una inquietud a dónde está una vida sin ningún tipo de límites, una vida que sea completamente perfectamente feliz. Y el camino que le muestra a Cristo es un camino extraño. Si quieres llegar a eso que no acaba nunca y que no tiene restricciones, pues has de apostarlo todo. Como diría San Juan de la Cruz, para llegar al todo hay que pasar por la nada. Ese lenguaje no le gusta a este muchacho. Ese lenguaje él no lo comprende y prefiere entonces quedarse enterrado en su abundancia. Prisionero de su riqueza, esclavo de sus placeres, sometido a la buena imagen que tiene de sí mismo.

Una gran lección para nosotros, porque nos viene a mostrar cómo cuando queremos abrazar el paraíso, terminamos asfixiados en una prisión. Y porque nos muestra cómo la única libertad posible, como la única plenitud posible, es la de aquel que se arriesga a amar sin restricciones a la manera de Jesús, al estilo de Jesús. Y tras los pasos de Jesús.

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