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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Cómo podemos medir nuestro amor a Dios?
Homilía o201002a, predicada en 20000821, con 28 min. y 44 seg. 
Transcripción:
La primera lectura es un ejemplo de cómo Dios habla no solamente con las palabras, sino también con los hechos. Y en más de una ocasión nos encontramos que Dios hizo de la vida de los profetas, la vida misma de los profetas un lenguaje. Como invitando a todos a que no solamente estemos atentos a las palabras, sino que leamos también ese otro libro que son los hechos, los eventos, los acontecimientos o como los llamaba Jesús, las señales de los tiempos. Como el pueblo ya no escuchaba mucho las palabras, ni las palabras de Jeremías, ni las palabras de Ezequiel, ni las palabras de los demás, Dios utilizó muchas veces hechos, despertando o queriendo despertar de esa manera la conciencia del pueblo.
Fue así que la muerte de la esposa de Ezequiel se convirtió en uno de esos hechos. Ezequiel actúa de una manera absurda. Si hay algo que puede producir luto es la pérdida de la esposa o del esposo. Si hay algo que puede producir tristeza es la pérdida de un amor con el que se ha compartido tanto, tan intensamente durante tanto tiempo. Ezequiel obra de una manera absurda, una manera tan absurda que la gente observa y tiene que preguntar. Es decir, se logra el cometido porque la gente pregunta. La gente no soporta la extrañeza y pregunta. Y entonces Ezequiel, que había hecho eso, no por locura ni por capricho, sino por encargo de Dios, les da el mensaje. El hecho conduce a la Palabra. Yo traduciría el mensaje de Ezequiel de esta manera y creo que ahí descubriremos la actualidad inmensa de este pasaje. Es como si Ezequiel les dijera: A ustedes les parece absurdo que yo no llore porque se me ha muerto mi mujer, ni haga luto por ella. Les parece absurdo que no dé las señales de duelo que son acostumbradas en estos casos. ¿Eso les parece absurdo a ustedes? Y lo que es más absurdo, que los intereses de Dios estén descuidados y que el santuario que todos amamos sea profanado, porque eso no despierta nada.
De manera que esta primera lectura adquiere así un un impacto muy fuerte en nosotros ¿Qué tanto nos duele el santuario? ¿Qué tanto nos duelen las cosas de Dios? ¿Qué tan cerca de nosotros está el templo del Señor? No es solo una lectura. Entonces para aquella época, no es una lectura con un lenguaje extraño para una gente rara. Es una lectura que hoy cobra plena actualidad, porque hoy más que nunca nos podemos preguntar ¿A quién le duele el santuario de Dios? ¿A quién le duelen las cosas de Dios? ¿Quién se preocupa por los intereses del Señor? Todavía podemos ahondar un poquito más. La causa del dolor cuando se pierde a la esposa es indudablemente y en primer lugar, el amor. Una esposa repudiada, una esposa con la que ya no se vivía, una esposa que solo fue causa de amargura, no será motivo para un duelo sincero, por lo menos. Es el amor el que produce el duelo. Es el amor el que hace sentir la pérdida. De manera que nos enseña también esta primera lectura, cuál es el termómetro que nos permite reconocer el amor.
El cardenal Daniels. Hace unos años daba unas declaraciones sobre la situación de las vocaciones sacerdotales y decía este cardenal que la gente no estaba acostumbrada a sufrir ni lo más mínimo por Dios. No estaban acostumbrados a padecer por Dios, no les interesaba. Y decía él, una de las dificultades que tenemos en la perseverancia, las vocaciones sacerdotales es esa como toda vocación supone sufrimiento. Entonces cuando llega el sufrimiento se acaba la vocación de la persona, porque le duele más lo que más ama. Y como el amor a Dios anda tan bajito, entonces, el dolor por las cosas de Dios anda bajito. Si nosotros definimos el cristianismo, decía este cardenal, si nosotros definimos el cristianismo solamente por la capacidad de hacerle bien a las otras personas, es decir, de un modo solamente horizontal, ser cristiano es amar al prójimo y nada más. Entonces el cristiano no tiene una oferta específica que presentar cuando esos mismos bienes para los pobres, para los pequeños o para los marginados se pueden conseguir por otros métodos. Decía él, nos resulta fácil referir el cristianismo con el amor horizontal, el amor a otras personas iguales a nosotros. Pero lo esencial del cristianismo no es eso. Lo esencial del cristianismo es la manifestación de un amor, diríamos vertical, un amor que viene de Dios a nosotros y que es el único que nos hace capaces de amarnos.
Pero el problema con el que uno siempre se encuentra es ¿Y cómo hago yo para medir el amor de Dios? ¿Cómo puedo medir esos amores? Porque medir el amor horizontal, el amor por el prójimo es relativamente sencillo. Si una persona se desgasta atendiendo leprosos, menesterosos, exiliados, deportados, enfermos, pues ahí se ve que tiene mucho amor. Pero el amor a Dios, el amor que nosotros le tenemos a Dios, que es el primer mandamiento de la ley, eso ¿Dónde se nota? Hoy la primera lectura nos da un termómetro. El amor se manifiesta por la capacidad de interesarse en las cosas de Dios y por el dolor cuando se pierde la vida de Dios, el santuario de Dios, las señales de Dios. Dios ha dado señales. Esas señales no hay que absolutizarlas ni hay que volverlas un ídolo. Una señal, por ejemplo, en el Antiguo Testamento fue el templo. El templo no se puede convertir en un ídolo, en un motivo de orgullo solamente humano. Jeremías criticó esto. Jeremías dijo: ustedes que andan repitiendo el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor, eso no es lo que los va a salvar. El templo del Señor fue una señal que Dios les dio. No hay que absolutizarlo, no hay que idolatrarlo. Pero tampoco se pueden despreciar las señales de Dios.
Hemos encontrado así una manera de medir el amor. El dolor que se siente cuando se maltratan las señales que Dios ha dado en la historia de los hombres. Eso permite medir el amor de Dios. A ver, amor de Dios significa dos cosas: El amor que Dios nos tiene o el amor que nosotros le tenemos a Dios. En este caso quiero referirme sobre todo al amor que nosotros le tenemos a Dios, porque en eso está la perfección del primer mandamiento. ¿Cómo puedo yo medir ese amor? Hoy hemos aprendido y que nunca lo olvidemos. Puedo medir el amor a Dios por el dolor cuando se destruyen, cuando se anulan, cuando se profanan las señales de Dios en nuestra vida, en la vida humana, en la vida mía, en la vida tuya, en la vida nuestra. Ahí puedo medir el amor a Dios. Esas señales pueden ser, como en el caso de estos, pueden ser un templo o pueden ser otras señales, cómo tratamos a las señales que Dios ha dado. Porque Dios ha dado señales reales tangibles en nuestra vida. Esas señales tangibles cómo las tratamos.
De aquí surgen muchos exámenes que podemos hacer, una referencia sencilla sería las cosas sagradas. ¿Cómo tratamos las imágenes? ¿Cómo tratamos el culto? ¿Cómo tratamos la liturgia? Indudablemente, ahí hay una serie de señales, pero no es solamente eso. Yo me atrevería a decir que ni siquiera eso es lo primero. Decía San Ireneo un obispo y mártir del siglo segundo. La gloria de Dios se encuentra cuando el ser humano tiene vida y la vida del hombre es la contemplación de Dios. Son dos frasecitas de San Ireneo. Es decir, que la gran señal de Dios es el paso de Dios por la vida mía, por la vida tuya, las obras, los pasos que damos hacia Él. Qué hacemos con esas señales que tanto nos interesan. Son nuestro principal y primer interés al conocer otras personas. Me angustia casi hacer un examen, hacer un examen tan minucioso, como tan profundo de nosotros mismos. Porque es duro. Uno no sale bien de ese examen, traté de explicarme.
Cuando yo conozco a una persona, ¿Qué miro primero en esa persona? ¿Cómo me trata a mí o cómo trata a Dios? ¿Cuánto me quiere a mí o cuánto quiere a Dios? ¿De qué me puede servir a mí o cómo está sirviendo a Dios? ¿Qué problemas tiene conmigo o qué problemas tiene con Dios? La persona que tiene vivo el primer mandamiento en su corazón es persona que empieza por examinar primero cómo está la relación con Dios. O sea que fíjate cuántos exámenes podemos hacer de nuestra conciencia en este sentido. Pero no solo cuando conocemos a una persona. Pensemos, por ejemplo, en las personas que queremos tratar o que queremos que nos traten. Las personas que queremos que sean nuestros amigos. ¿Por qué quiero yo que me trate con más cercanía, con más afecto, con más ternura, con más frecuencia tal persona, tal grupo? ¿Por qué? ¿Qué es lo que me mueve a eso? Por el provecho de esa persona hacia Dios, por la necesidad que hay en mí hacia el Señor, o simplemente porque me gusta. Y cuando yo me distancio de una persona, cuando me separo de una persona, ¿Por qué lo hago? Cuando tomó distancia de una persona, ¿Es por qué me hirió a mí o por qué hirió a Dios? ¿Por qué me cansó a mí o por qué cansa a Dios? Estoy seguro de que la mayor parte de las veces, al distanciarnos de las personas, el criterio que seguimos es simplemente el gusto nuestro. Y la prueba está en que nos separamos de las personas. De acuerdo con la manera como nos tratan y por eso nos separamos de las personas, para desentendernos de las personas. Esta es una grave falta. Este es un terrible pecado que yo creo que todos estamos cometiendo con mucha frecuencia y que le quita la vida de Dios a la Iglesia.
Cuando yo me separo de las personas para desentenderme de las personas estoy mostrando que lo que me une a las personas es lo que a mí me gusta, lo que a mí me parece, lo que a mí me sirve, lo que a mí me conviene. Pero cuando yo me separo de una persona porque son los intereses de Dios los que priman, entonces me separo de la persona sin desentenderme de la persona. Me separo de la persona de alguna manera, para introducirla más en mi oración, más en mi corazón, más en mi intercesión, más en mis penitencias. Hemos encontrado allí una manera de medir el amor a Dios, la manera como yo reacciono, el modo como yo reacciono ante las señales de Dios en la historia de los hombres. La manera como yo trato esas señales, la manera como yo recibo, la manera como yo agradezco, ¿Agradezco eso? ¿Agradezco lo que le sucede, lo bueno que le sucede a la persona que a mí no me interesa? ¿Agradezco las bendiciones que recibe la persona que no me cae bien o porque llovió en el patio de al lado y no en mi patio no le doy gracias al que da la lluvia? ¿Salió el sol en el patio de al lado y no en mi patio, entonces no le doy gracias al que da la luz del sol? Tenemos un criterio para examinarnos en el amor a Dios.
San Juan de la Cruz tiene su frase famosa. En el ocaso de la vida nos examinarán o te examinarán en el amor. Y casi siempre uno piensa inmediatamente así en el amor al prójimo. Mira, no hubiera venido Cristo a esta tierra naciendo entre pajas, viviendo entre pobres, muriendo entre ladrones, siendo sepultado tras de esa losa fría. No padeció, no vivió y padeció Cristo todo eso si no tuviera conciencia el mismo Señor Jesucristo de que el amor es un imposible para nosotros. El verdadero amor al prójimo es un imposible para nosotros. Claro que el amor al prójimo es inseparable del amor a Dios, pero el amor a Dios es la fuente del amor al prójimo. Y el que no recibe este amor de Dios, y el que no tiene ese amor a Dios, no puede tampoco sacar amor al prójimo. Porque resulta que el prójimo tiene una facilidad extraordinaria para matarnos nuestros esfuerzos de amor. Resulta que usualmente los prójimos tienen una habilidad extraordinaria para que nuestra manera de amar, pronto se agote, se canse, se fastidie, retroceda. Necesitamos amar, amar mucho. Necesitamos amar mucho. Necesitamos que el amor de Dios llegue a nosotros hasta el punto ¿Hasta cuál punto? hasta el punto de que sean las señales de Dios en la historia de los hombres las que nos produzcan alegría o tristeza, las que nos muevan o nos detengan, las que nos hagan llorar, orar o cantar. Ese es Jesucristo. Ese es Jesucristo. Eso es tener la carne crucificada. Eso, exactamente eso. Vivir de tal modo que mi alegría sea en razón de las señales de Dios y mi tristeza sea en razón de las señales de Dios. Amar, trabajar, hablar, callar, moverme o detenerme. Porque eso tiene que ver con las señales que Dios va obrando en la gente. Eso es tener la carne crucificada. Y así vivió Cristo. La carne de Cristo no empezó a padecer la cruz cuando lo agarraron en el Huerto de los Olivos. La carne de Cristo vivió el misterio de la cruz, podemos decir desde el comienzo mismo, desde su primer comienzo en esta tierra tuvo ya el misterio de la Cruz.
¿Qué nos corresponde entonces a nosotros? Yo creo que examinarnos y reconocer qué poco amor a Dios tenemos, qué poquito, porque hemos dirigido toda o la mayor parte de nuestra vida afectiva sin ninguna referencia a Dios, sin la referencia de quién me conviene, quién me gusta, cuánto me gusta, de qué manera, qué me interesa, qué pretendo. Y así obramos hombres y mujeres, Así obramos chiquitos y grandes. A veces, para cometer faltas o pecados, a veces no con ese propósito pero así obramos. Hemos obrado así. Esto significa que el gran motor, el gran rector de nuestra existencia, no ha sido el amor de Dios. Y esto significa que tenemos que convertirnos. Tenemos que cambiar, pero no podemos cambiar nosotros solos. Por eso, además del arrepentimiento humilde, necesitamos la oración. Necesitamos abrir el alma y decirle Señor, yo no puedo amar como tú quieres, porque para mí separarme de la gente significó desentenderme de la gente que hay en mí. ¡Por Dios! Cuando uno tiene que admitir eso que muchas veces se separó de la gente para desentenderse de la gente ¿Qué tiene que admitir? que uno es pobre sobre toda pobreza y muy, muy miserable, muy miserable. Por eso, que Dios nos lleve al arrepentimiento. Que Dios nos lleve a suplica. Que Dios nos lleve igualmente a una actitud que todos necesitamos de mayor comprensión con nosotros. Es difícil, cuando uno ve que el amor a Dios es esto y que el amor al prójimo es lo que nace de esto. Es muy difícil, es muy difícil y lo que cambia entre una persona y otra no es tanto si es hombre o mujer. Lo que cambia no es tanto si es hombre o mujer o si es esclavo o libre, si es judío o griego, eso no es tanto lo que cambia. Lo que cambia entre una persona y otra es, este peca de esta manera y este peca de esta otra. Este prefiere a estos y este prefiere a estos otros. Este busca esto y este busca esto otro.
Decía San Pablo Todos tras sus intereses y el santuario de Dios solo y no hay quien llore por él. Por eso también esto nos mueve a una cierta compasión. Uno cree que porque no tiene el pecado del otro, no tiene pecado. ¡Qué torpe somos! Tú no tienes el pecado del otro. Tú no tienes el pecado del casado, no. Tú tienes el cuadro perfecto, los pecados del soltero. Yo no tengo esos pecados asquerosos de los hombres, no. Tienes los repugnantes de las mujeres. No tengo los pecados ridículos de los niños. Si tienes los pecados absurdos de los jóvenes. Dios santo. Dios infunde en nosotros un espíritu nuevo. Pidámosle al Señor eso, crea en mí un corazón puro. Que empecemos a amar de una manera nueva, la que no podemos. Yo no puedo, yo no puedo esto. Compréndame, por favor, que yo necesito predicar. No es mérito mío, lo hago como obligado, decía San Pablo, pero yo desde luego que soy el primero en necesitar esto. Muévenos Señor muévenos. Cámbianos, ayúdanos. Crea en nosotros un corazón nuevo.
Pero después de esta súplica, entonces viene la gratitud y la alabanza. Ya que entendemos que amar es esto tan grande, tan grande, tan grande, que solo tiene rostro apropiado en el rostro de Cristo. Ya que entendemos que esto es amar, cuando encontremos en el alma una gotita de este amor, por favor hagamos una fiesta. Cuando encontremos que existe, aunque sea una migaja de este amor. Hagamos una danza, una fiesta, prorrumpamos en cantos de júbilo, de gratitud y de alabanza. Cuando encontremos que hay ni siquiera un poquito. Estoy seguro que sí lo hay. De aquí la grandeza del que se vence a sí mismo. Cuando tú, descubriendo todas tus limitaciones y toda tu carnalidad y todo tu egoísmo y toda la manera como tú, lo mismo que yo, estamos sobreprotegidos y blindados para que nadie nos haga daño. Cuando tú, a pesar de todo eso, das un pasito, un paso sincero, un paso auténtico y verdadero, una oración por el que no te quiere, por el que te ha hecho daño. Cuando tú regalas una oracioncita por esa persona. Regocíjate en tu corazón. Dios está vivo. Para mí es más señal de la presencia de Dios, ese pasito minúsculo que si hubiera levantarse un paralítico. Y los he visto levantarse. Ver a una persona que desde toda su carnalidad y desde toda su limitación pasa por encima de sí misma y por el solo amor de Dios dice yo ofrezco este sacrificio por la persona que no me quiere, que no me trata bien, que no me ama y nadie sabrá de esto. Yo me entero a veces por accidente de algunos de esos ofrecimientos. Cuando tú haces eso. Esa migajita, esa gotita, esa gotita, te aseguro una cosa no viene de ti, es una perla del cielo. Y eso viene de Dios y es sí es señal de Dios. Que a uno se le ocurran los pensamientos teológicos más altos. Hay teólogos que han tenido tanto brillo y tanto esplendor como soberbia. No hay señal.
Es que si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, y si llevara mi cuerpo al fuego y no tengo amor, no soy nada. Pero si llega al punto, si llega una brizna de ese viento. Si llega un pasito de ese amor. Una perlita de ese cielo. Ahí sí puedes decir tengo un pedazo de cielo en mi alma. ¿Y por qué sabe eso, qué le pasó, recibió un don extraordinario? ¿Habló en lenguas, qué le pasó? No, hice una oración tan amorosa por mi peor enemigo. Estoy seguro de que Dios existe. Estoy convencido de que Dios existe. ¿Por qué te curaste de tu enfermedad? No, no, no, no, no. Algo mucho mejor. ¿Qué pudo haber sido? ¿Resucitaste un muerto? Mejor que eso todavía. Hice una penitencia que nadie conocía, solo mi Dios la vio. La hice yo. Yo no sé cómo fue, pero la hice y la ofrecí con amor. Y nadie se dio cuenta gracias a Dios. Dios está vivo. Ahí, ahí la alabanza. Ay, la alabanza es sublime. En un momento se siente eso lo que vivieron los que vivieron el misterio de la Cruz. Por eso nadie les entiende a los que están crucificados, nadie les entiende.
Pero bueno, cuidado, no se vaya a volver esta ocasión, pues de que resultemos todos víctimas. Los que conocen de este misterio de la Cruz, los que saben de este misterio de la cruz, saben que es así. Y por eso, como San Pablo dice, yo me regocijo en medio de las debilidades, en medio de las privaciones, en medio de los problemas. Hoy yo me gozo, claro, porque en la medida en que iban abundando esas tribulaciones, Dios les iba regalando perlas de cielo. Y entonces, cuanto más grande la tribulación, mayor la joyería, más grande, más grande y más hermosa, la perla, el diamante, el zafiro. Entonces son, como decía el bienaventurado Jordán de Sajonia, de Santo Domingo de Guzmán. Son cálices guarnecidos de todo género, de piedras preciosas. ¡Qué hermosura! Un cáliz donde se ofrece sangre, Sangre de Cristo. De alguna manera mezclada con tu propia sangre. Cálices. Pero no el cáliz desnudo, sino un cáliz guarnecido de toda suerte de piedras preciosas. Así se elogió a Santo Domingo de Guzmán después de su muerte. Así tenemos que ser nosotros también. Pero claro que eso no podemos, sino que rogando y pidiendo, humillándonos, confesándonos, oyendo la Palabra de Dios, meditándola y sobre todo, contando con el don del Espíritu Santo, el amor generoso de Cristo. Pues ahí iremos.
Y cuando vayan llegando a nuestro corazón estas realidades, cuando vayan visitando nuestro corazón, estos diamantes. Ahí tenemos que decir Señor, esto que me has dado es más que si me hubieran dado una espina auténtica de tu corona de espinas. Esto que me has dado es participación de tu mismísima pasión. Es mucho más que si me hubieran dado, mire esto es una esquirla del clavo que atravesó la mano de Cristo. Uno no puede estar amarrado a esas cosas materiales si no está primero amarrado a esta dulzura, esta unión de corazones con Cristo. Vivamos entonces en el amor. Vamos a arrepentirnos, claro. Vamos a rogar, claro. Pero a medida que Dios vaya obrando en nosotros, vamos a alabar. Vamos a bendecir a Dios. Y la próxima vez que encuentres en la alfombra más humilde de tu alma un diamante, ya sabes quién lo puso ahí. Es el amor de Cristo. Es una lágrima de Cristo convertida en luz para tu vida.

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