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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En medio de la corrupción reinante hay personas que sufren, que no pueden hacer nada por la situación del mundo. Pero Dios conoce cada alma y cuánto vale cada lágrima.
Homilía o193003a, predicada en 20200812, con 4 min. y 55 seg. 
Transcripción:
La primera lectura el día de hoy está tomada de los capítulos 9 y 10 del profeta Ezequiel. Acuérdate, profeta Ezequiel contemporáneo, podemos decir, de Jeremías en una época absolutamente terrible para el pueblo judío, es la época del destierro. Sabemos que ese destierro cayó como un durísimo castigo sobre el reino de Judá. Y sabemos que de ese destierro salió un pueblo purificado, ese pueblo purificado que tiene el nombre genérico de los pobres de Yahvé. Ese pueblo purificado es el que luego, va a tener oídos para recibir el mensaje de Cristo. Por eso es tan importante esta época del Antiguo Testamento, y por eso hay que volver una y otra vez a profetas como Jeremías y Ezequiel.
Hablando de purificación, ese es el tema central precisamente de la primera lectura de hoy. Había todo tipo de corrupción, corrupción económica, corrupción sexual, corrupción religiosa, corrupción en la familia, injusticia por todas partes. Sobre esta realidad encontramos numerosos textos, tanto en Jeremías como en Ezequiel. Pero en medio de esa corrupción reinante y, en cierto sentido, agobiados por lo que veían sus ojos, había personas que, aunque no podían materialmente hacer nada, sin embargo, sin embargo, no estaban de acuerdo. Yo creo que es un sentimiento que muchos de quienes están viendo estas palabras y escuchándolas, pueden conocer.
No es verdad que también en nuestra época pasan cosas así, ¿no es verdad? No es verdad que también en nuestra época nos encontramos con situaciones así, es decir, con situaciones aberrantes, leyes absurdas, corrupción en tantos sitios y a veces no podemos hacer nada. A veces nos duele ver lo que pasa en la Iglesia. A mí por lo menos y sé que a muchos, nos duelen las cosas que pasan. Cuando aparecen estos escándalos, cuando a veces la enseñanza en los seminarios o en las facultades de teología se aparta notoriamente, dolorosamente de la recta doctrina que nos dejaron los apóstoles. Y ni qué decir lo que sucede en la sociedad en su conjunto, qué diremos de las leyes de aborto, de la destrucción de la familia.
En medio de toda esa destrucción, podemos decir que, sin embargo, también en nuestra época hay personas que sufren, que no pueden hacer nada, pero sufren, que no están de acuerdo y, sin embargo, experimentan su impotencia, nada pueden hacer. El mensaje que nos da este pasaje de Ezequiel es precioso, porque dice que Dios conoce esas personas y esas personas reciben una bendición y sus vidas son prolongadas para que lleven una semilla de esperanza y una semilla de mundo nuevo. Esas personas que tal vez en la multitud de una ciudad o de un país no se notan.
Esas personas, esas personas pueden tenerte entre sus miembros. Quiero decirte, tal vez tú, tú eres una de esas personas. Tal vez, en este momento no puedes hacer mucho y es bueno que sepas que el Señor escucha tu lamento, escucha tu oración, conoce tus lágrimas, sabe lo que te duele, lo que te toca ver. Dios lo sabe y Dios tiene una bendición especial reservada para ti. De manera que tu causa, de manera que tu dolor, de manera que tu esfuerzo no se va a perder, se prolongará, es lo que nos dice la primera lectura, para que pueda dar fruto y abrir un futuro distinto. No sé qué sientes cuando digo estas palabras, pero de solo pronunciarlas en mi corazón algo palpita de alegría, de saber que Dios conoce lo que hay en cada alma y cuánto vale cada lágrima.

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