|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios quiere que entremos en la tristeza del auténtico arrepentimiento al reconocer nuestras miserias para llevarnos luego a la dulzura de su misericordia, consuelo y el poder de su gracia que nos hace creaturas nuevas.
Homilía o192007a, predicada en 20240813, con 6 min. y 50 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del profeta Ezequiel, ese profeta tan místico, tan profundo, que a mí por lo menos me deja la sensación de que es imposible abarcar todos los significados de estas visiones que Dios le regaló. Hoy, por ejemplo, tenemos una visión extrañísima en que se juntan la tristeza y la dulzura. Imagínate eso, tristeza y dulzura. ¿Cómo funciona esto? Pues es algo paradójico. Uno no asocia la tristeza con la dulzura. Sin embargo, si hay un camino que puede llevar de la dulzura a la tristeza, ese camino se llama la nostalgia.
Por ejemplo, yo recuerdo cuando murió mi madre, hace algo más de catorce años, murió mi madre y claro, pues quedan sus pertenencias, quedan sus cositas y recorriendo eso que ella nos dejó, pues de su ropa, sus tejidos, sus cositas, pues uno siente un cariño y uno siente una gran dulzura, pero también siente una gran tristeza. Porque hay dulzura por todo lo que ella nos dio. Pero hay tristeza, hay tristeza también porque ella pues ya no está con nosotros. Entonces si hay un camino que lleva de la dulzura a la tristeza y se llama nostalgia.
La nostalgia tiene sus peligros porque la nostalgia puede anclarnos al pasado y puede encerrarnos simplemente como en una especie de sensación de desesperanza. Pero luego tenemos una pregunta y es bueno, lo de Ezequiel fue al revés porque Ezequiel se encontró en una de sus visiones, la que se nos cuenta en la lectura de hoy. Ezequiel se encontró con que le ofrecían un libro para que comulgara, para que se lo comiera, y ese libro tenía tristezas, tenía lamentos por el anverso y por el reverso, es decir, por todas partes solo había tristeza. Y Ezequiel se come ese libro y experimenta dulzura. Y entonces uno dice en el caso de Ezequiel, el paso fue de la tristeza hacia la dulzura. ¿Cómo puede ser eso? Es decir, ¿Cómo puede ser que de la tristeza se llegue a la dulzura? Y hay una respuesta muy bella, una respuesta que creo que debemos compartir hoy.
Mira, la tristeza puede llevar a la dulzura a través del camino de la verdad. ¿En qué sentido? En que encontrar la verdad es encontrar también algo de dulzura o mucha dulzura. Yo creo que el mejor ejemplo lo tenemos en el arrepentimiento. Vale la pena acercarnos aquí al ejemplo de uno de los más grandes conversos de todos los tiempos. San Agustín. San Agustín llevaba una vida de arrogancia, de vanidad, de lujuria, una vida de pecado. Y San Agustín, en medio de su pecado, pues siente ese llamado vigoroso de Dios de muchas maneras, tanto interiormente como exteriormente. Exteriormente, sobre todo a través del testimonio y las palabras de su Mamá Santa Mónica, y a través de la predicación del gran Obispo de Milán, San Ambrosio.
Entonces Agustín vive esa realidad y empieza un camino de arrepentimiento. Describe San Agustín lo que fue el encuentro con las oraciones propias de la Biblia, es decir, con los Salmos. Y cuenta San Agustín cómo leyendo los Salmos, sentía una gran tristeza, un arrepentimiento, ese arrepentimiento profundo que es dolor por el pecado en razón de haber ofendido a Dios. Ese dolor se llama contrición. Y San Agustín experimentó una tremenda, tremenda, vigorosa contrición y lloraba mucho. Pero él mismo cuenta brotaban abundantes, las lágrimas que me hacían mucho bien y encontraba un consuelo, es decir, una dulzura. Encontraba una dulzura en ese llorar, eso que los carismáticos llaman quebrantamiento. En ese quebrantamiento, en ese sentir. Mi vida ha sido una miseria, he sido un ingrato. Es asqueroso lo que he hecho, pero a través del arrepentimiento se llega a la verdad profunda, esa verdad de la que el pecador siempre ha huido. Porque ese es el tema, que nosotros, viviendo en el pecado, huimos de la verdad.
Decía Cristo el que está en el pecado, el que está en la mentira huye de la luz. El que hace obras malas, huye de la luz. Y nos hemos pasado la vida huyendo de la luz. Pero cuando afrontamos nuestra realidad, esa luz nos muestra ciertamente nuestras miserias. Pero por fin nos conduce a la verdad. Y nosotros, como Agustín, podemos experimentar en medio de la tristeza, podemos experimentar también una dulzura, podemos experimentar la dulzura del amor de Dios, podemos experimentar la dulzura de la paciencia de Dios. En esto medita también San Agustín cuando dice sus famosas palabras: Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, que es un canto a la paciencia de Dios. Me esperaste, me diste tiempo.
Yo escuchaba una vez en un en una comunidad de oración, escuchaba una muchacha que decía entre lágrimas refiriéndose a su vida de pecado. Si yo hubiera muerto en aquel momento, yo me hubiera ido al infierno. Hoy no es frecuente que la gente hable con esa claridad. Pero esta joven hablaba de esa manera. Yo me hubiera ido al infierno. Entonces es un llanto que tiene una dulzura, es una tristeza que tiene una dulzura. Y eso es lo que Dios quiere de nosotros. A través del profeta Ezequiel, a través de lo que nos da en Ezequiel. Quiere que nosotros entremos en la tristeza. La tristeza del auténtico arrepentimiento para llegar a la verdad de nuestras miserias. Y de la verdad de nuestras miserias, como diría, otra vez tengo que citar a San Agustín, pasar de la verdad de nuestras miserias a la verdad, de su misericordia. Y en la verdad de su misericordia, encontrar ya no solo el consuelo, sino la alegría del poder de su gracia que nos hace criaturas nuevas. La gloria y la alabanza para Dios. Amén.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|