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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El amor de Dios es eterno e incondicional y de su amor nadie se debe excluir; su amor puede reconstruir todas las vidas, sin excepción.
Homilía o183007a, predicada en 20240807, con 8 min. y 40 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del profeta Jeremías en el capítulo 31. Es un mensaje un poco extraño si miramos el tono general del libro de Jeremías, estamos acostumbrados a que Jeremías es hombre de lamentaciones y de denuncias. Pero nunca debemos olvidar que en las primeras páginas de este libro precioso, está la vocación de Jeremías y el Señor, el mismo Señor que le dijo que lo había puesto para arrancar y derribar, también le dijo que lo había puesto para construir y plantar, y esto es propio del verdadero profeta. El verdadero profeta no puede limitarse solo a la amargura y a la denuncia. Nosotros somos llamados también a anunciar la esperanza y a mostrar el camino hacia la alegría verdadera. Por algo decía el Papa Francisco, que creo que es una frase que se volvió famosa, que nosotros no podemos vivir con la cara agria. Nosotros tenemos, nosotros los cristianos tenemos una buena noticia que contar. Nosotros tenemos algo bueno que decir.
Y este profeta que, muchas veces anunció y esto lo volvió terriblemente antipático a sus contemporáneos, este profeta que tuvo que anunciar con tanta claridad la destrucción de Jerusalén y cosas tan duras, pues es el mismo profeta que en este pasaje, y lo mismo en otros de su libro, habla de una gran esperanza. Y ¿qué es lo que cuenta básicamente? Pues que Dios va a reunir a su pueblo, que Dios lo va a llevar a su tierra y que ese pueblo va a florecer nuevamente. Que, si está marchito, si está decaído, machacado, destruido, no será imposible para Dios levantarlo, reconstruirlo y hacerlo florecer. O sea que es un mensaje de esperanza, pero no una esperanza que se apoya solamente en las fuerzas humanas. Más bien, tendríamos que decir, es una esperanza que se apoya plenamente en el Dios que es compasivo y misericordioso.
Dos frases quiero destacar de este pasaje de Jeremías: «Con amor eterno te amé, por eso te reconstruiré». la base de toda nuestra esperanza, la base de toda nuestra confianza en Dios, es solamente esa, que Dios nos ha amado con amor eterno. Y hay que entender la palabra eterno con toda su fuerza, que no es simplemente un amor que dura y dura y dura por todas las edades. Acuérdate que la eternidad no significa simplemente duración. No, no es solamente duración. ¿Sabes lo que significa eternidad? Significa más allá de todos los condicionamientos de esta vida, una vida eterna, una felicidad eterna, es la felicidad que trasciende los límites de esta vida, que trasciende los límites de lo que nosotros conocemos en este mundo, una felicidad trascendente, una felicidad libre, una felicidad plena.
El amor de Dios es amor eterno y eso significa, traducido entonces, un amor que está más allá de todo condicionamiento, un amor sin condiciones, un amor que supera el tiempo, un amor que está más allá de nuestros méritos, que son tan pobres y más allá de nuestras, de nuestros condicionamientos que son tantos. Nosotros somos condicionados, nosotros tenemos muchos condicionamientos genéticos, culturales, de temperamento, de personalidad, de nuestros malos hábitos. Nosotros tenemos muchos condicionamientos, muchos, Pero, el amor de Dios es incondicional, amor incondicional. Y porque su amor no tiene condiciones, no hay nada que pueda pararlo. Si el amor de Dios estuviera condicionado, por ejemplo, a que tenemos que ser buenos, tenemos que pasar un examen de conducta, un examen de bondad, y si no paso ese examen, entonces Dios no me ama.
Si ese fuera el amor de Dios, no tendríamos las conversiones que se cuentan en nuestra Sagrada Escritura y en la historia de la Iglesia. Dime dónde estaba el mérito de un Saulo de Tarso persiguiendo a los cristianos, buscando encarcelarlos, hacerles daño, matarlos. ¿Dónde estaba el mérito? Pero es que el amor de Dios es incondicional. Dónde estaba el mérito de un Agustín de Hipona, siempre mencionamos los mismos ejemplos. ¿Dónde estaba el mérito de Agustín de Hipona? Lleno de vanidad, lleno de arrogancia, hasta llegar al punto de despreciar la Sagrada Escritura. ¿Cuál era el mérito que tenía? Pero es que el amor de Dios es amor eterno y eso significa amor incondicional. Y por eso, Dios puede reconstruir todas las vidas. Repitamos, Dios puede reconstruir todas las vidas, todas sin excepción.
Y la otra frase que me llama la atención, que es muy gracioso leerla en el libro de Jeremías, y bueno, uno siempre aprende, ¿no? Uno aprende todos, todos los años y todas las veces que se acerca a la Biblia. Me llama mucho la atención que se llama a Jerusalén, se llama a el pueblo de Dios, el mejor de los pueblos, el mejor de los pueblos. Y ¿sabes por qué me llama la atención? Me llama la atención el mejor de los pueblos, porque si hay un profeta que le habló a la cara al pueblo judío y le dijo: Ustedes han ofendido a Dios de todas las maneras posibles. Ustedes son idólatras. Ustedes tienen horrible injusticia en este país. Ustedes han corrompido su sexualidad de una manera espantosa, es que a Jeremías no se le queda nada sin denunciar. Pues el mismo profeta que presenta a el pueblo judío la realidad de su pecado y le está diciendo algo así como: ustedes son lo peor de lo peor. Ahora les dice, restaurados: Ustedes son el mejor de los pueblos, el mejor de los pueblos.
Y eso me habla a mí de lo que Dios hace cuando llega la auténtica conversión, oh, cuando llega la conversión. Muchas veces el que parecía el peor se convierte en el mejor, ejemplo, vuelvo a San Pablo. Mira el caso de Pablo, blasfemo y furioso perseguidor, así se define él en la primera carta a Timoteo, capítulo primero. Pero, el mismo Pablo dice con sencillez: He trabajado más que todos. Mas no yo, la gracia de Dios conmigo. O sea, ¿te das cuenta? El que parecía peor llega a ser, de alguna manera, el mejor de los apóstoles, el más celoso, el más generoso y del que viene, por lo menos visiblemente hablando, fruto más abundante. Eso es lo que hace la gracia de Dios. La gracia de Dios puede tomar al que está en el último lugar y se cumple lo de Cristo, los últimos serán los primeros.
Quedémonos entonces con ese par de preciosas enseñanzas de Jeremías. Primera, el amor eterno, el amor incondicional. Nadie debe excluirse del amor de Dios. Segunda enseñanza, qué hermoso recordar que con alguna frecuencia el que estaba de último pasa a ser el primero. ¿Quién lo hace? Dios, el Dios que nos reconstruye, el Dios que es poderoso, el Dios que merece toda alabanza, honor y gloria. Amén.

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