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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios nos invita a que volvamos a Él y que avancemos por el camino de su alianza, asegurando su presencia entre nosotros y reclamando que no tengamos otros dioses.
Homilía o183002a, predicada en 20160803, con 5 min. y 14 seg. 
Transcripción:
Cuando se celebra un matrimonio, el momento culminante en nuestra Iglesia Católica en la celebración de una boda es cuando los esposos dan su mutuo consentimiento, propiamente la esencia del sacramento del matrimonio está en ese momento. Hay varios modos como se puede dar este consentimiento. En alguna ocasión es el sacerdote, en cuanto testigo cualificado de parte de la Iglesia, el que hace preguntas. Entonces, le pregunta al esposo: ¿Aceptas a Fulanita de tal como tu esposa para amarla y respetarla todos los días de tu vida? Y el hombre, si está de acuerdo, dice que sí y luego le pregunta a ella: ¿Aceptas a Zutanito como tu esposo? Y entonces ella dirá que sí. Y ese es el matrimonio. Todavía es más bello cuando estas palabras, en vez de ser un interrogatorio, las dice cada uno de ellos. Más o menos la fórmula es algo así como: Yo, Zutanito, me entrego a ti, Fulanita, y prometo amarte y respetarte todos los días de mi vida, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la prosperidad. Eso lo promete y lo promete hasta la muerte y lo mismo dice ella. Esa es la fórmula del matrimonio.
Y esa fórmula del matrimonio que tenemos, en el sacramento que celebra nuestra Iglesia Católica, esa fórmula de matrimonio se parece mucho a la fórmula de la alianza que conoció el pueblo elegido. La fórmula de la Alianza es: «Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo». Fíjate que al decir: Yo seré su Dios, está entregándose, está de alguna manera asegurando su presencia para ese pueblo. «Yo seré su Dios». Y lo mismo reclama del pueblo, que el pueblo no tenga otros dioses. Hay un gran parecido con el matrimonio, porque cuando se celebra el matrimonio, ese hombre no espera que su mujer tenga otros hombres, que serían amantes y que serían infidelidad. Y lo mismo ella, ella tampoco espera que su esposo empiece a tener otras mujeres. Esa exclusividad es parte de la belleza, puede ser también parte de la lucha, de la dificultad, pero es parte de la belleza del matrimonio.
Y esa es la exclusividad que Dios celebra también con su pueblo, esa exclusividad quiere decir, tú no vas a tener otros dioses, tú no vas a tener otros dioses. Eso significa, tú vas a ser para mí. Por otro lado, nos podríamos preguntar y ¿Dios va a tener otros pueblos? Y la verdadera respuesta es que no, porque en el fondo lo que va a hacer Dios es integrar, es decir, llamar a través de Israel, a través del pueblo de Israel y llamando e integrando en Israel, tener así a todos los pueblos. Por eso nosotros, que no somos judíos de nacimiento, sí somos Israel, somos el nuevo Israel, nos hemos integrado en Israel. El apóstol San Pablo dice, allá en el capítulo noveno de la Carta a los Romanos, que nosotros hemos sido injertados en el antiguo olivo. El antiguo olivo es el pueblo de Israel, según la carne y la sangre. Y nosotros, los que hemos llegado por la fe a la alianza con Dios, nosotros nos hemos integrado, de manera que también se cumple que Dios solamente tiene un pueblo. Dios es fiel a su pueblo y quiere que el pueblo sea fiel a Él.
Estas consideraciones tienen una especial belleza cuando nos vamos a la primera lectura de hoy tomada del profeta Jeremías, porque ahí encontramos cómo el Señor le anuncia a ese pueblo, el pueblo maltratado, el pueblo humillado, el pueblo sufrido, el pueblo que ha ido al destierro y le dice: «Tú serás mi pueblo, yo seré tu Dios». Es decir, vuelve a utilizar la fórmula, la fórmula bendita de alianza, la fórmula bendita que es como matrimonio, vuelve a utilizar esa fórmula como diciéndole: Mira, hemos pasado una crisis espantosa, como cuando las parejas tienen esas peleas y esas dificultades. Mira, hemos pasado una crisis espantosa, pero ¿sabes? Yo te sigo amando, tú sigues siendo mi amada y yo quiero ser tu amado, eso nos dice el Señor. Así nos invita a que volvamos a Él y a que caminemos en el camino de su Alianza. A Él la gloria por los siglos. Amén.

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