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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Pascua de Cristo nos sacó del destierro temible y terrible del pecado.
Homilía o183001a, predicada en 19960807, con 8 min. y 55 seg. 
Transcripción:
Este texto del capítulo 31 del libro del profeta Jeremías es bastante singular, sobre todo porque ya nos estábamos acostumbrando a que Jeremías solo decía tristeza y por eso, por lo menos en España, se utiliza la expresión jeremiada para referirse a una endecha, a una lamentación. El texto con el que nos habla Jeremías hoy está lleno de la profundidad y está lleno del corazón que tienen sus demás oráculos. Pero esta vez no se trata de un anuncio de desgracias, sino de un anuncio de consuelo que queda bien sintetizado en la expresión que hemos dicho en el salmo: «El Señor nos guardará como pastor a su rebaño». Por otra parte, lo mismo que en Ezequiel, la razón de ese consuelo, de esa restauración, queda solamente y simplemente en la gracia, en la piedad, en la compasión de Dios, en el amor al nombre de Dios.
En el lenguaje de Ezequiel eso se dice: «No es por amor a vosotros, sino por amor a mi Santo nombre que vosotros habéis profanado en medio de los gentiles». En el lenguaje de Jeremías eso se dice: «Con amor eterno te amé, por eso prolongaré mi misericordia, todavía te construiré, y serás reconstruida, doncella de Israel». De esta manera, tanto Ezequiel como Jeremías nos muestran que no son razones humanas, ni grandezas humanas, ni virtudes humanas, ni lealtades humanas las que han movido el corazón de Dios, sino que ese se ha movido solito por su compasión, por su gracia, por amor a la gloria de su nombre.
Puede decirse que esta vuelta del destierro es, quizás, la imagen más clara que tenemos en el Antiguo Testamento de lo que significa la gracia de Dios. Así como el destierro mismo es la imagen quizás más clara que tenemos de la Pasión de Cristo, la vuelta del destierro es la imagen más hermosa que tenemos de la resurrección de Cristo y de la gracia de Cristo. Queda como anticipada en esta deportación y su respectivo retorno, ahí queda como anticipada la muerte de Cristo y la resurrección de Cristo. En cierto sentido, el pueblo judío había tenido ya experiencia de la muerte y de la resurrección en este trago amargo de la deportación y en este cáliz de bendición del retorno.
Sin embargo, no debemos exagerar los hechos, nosotros, los cristianos, podemos ver en esa deportación y en ese retorno podemos ver como una imagen de la Pascua de Cristo. Pero si nos atenemos simplemente a los hechos, lo que nació después del destierro no fue una Iglesia para todas las naciones, no fue la predicación del Evangelio a toda criatura, como si nació de la resurrección de Cristo. Lo que nació del retorno de la deportación es: Vamos a cuidarnos más, vamos a encerrarnos más y eso que llamamos el judaísmo. El judaísmo como tal, con su dependencia casi absoluta de la ley escrita, nació después del retorno de la deportación. Es que efectivamente, este destierro y ese retorno son una imagen de la Pascua de Cristo, menos en un aspecto, especialmente, en el don del Espíritu Santo. El retorno de la deportación trae cánticos, trae propósitos nacionales, trae la alegría de ser redimidos, pero no trajo la efusión del Espíritu.
Y esa irrupción del Espíritu fue la que sí trajo la deportación que Cristo sufrió en el sepulcro. Cristo fue arrancado de la tierra, no de la tierra de Israel, sino de la tierra de los vivos, y fue llevado no a Babilonia, sino al sepulcro. Y del sepulcro volvió no para reconstruir a Jerusalén, sino para hacer una nueva Jerusalén. Y por eso Jesús no tiene solo la alegría del que retorna a la vida, sino tiene la victoria y la gloria y el Espíritu del que no solo tiene vida, sino que tiene las llaves de la muerte. Este es Jesucristo resucitado, su misión en esta tierra se parece mucho a lo que ha dicho Jeremías y a lo que hemos repetido en el salmo, según nos lo muestra la lectura del Evangelio.
Su misión en esta tierra está, en primer lugar, en cumplirle las promesas a Israel, y por eso lo que hace Cristo con la mujer cananea es adoptarla en Israel, para que luego ella sea coheredera de las promesas de Israel. Hay que observar que efectivamente Jesús llama a esta mujer como llena de fe en el momento en el que ella reconoció que un mismo alimento puede estar en la mesa de los hijos y en la mesa de los perritos. En el momento en el que ella reconoce que el mismo alimento de Israel es su propio alimento, en el momento en que ella entra como por adopción al pueblo de Israel, en ese momento Jesús le dice: Tu fe es grande. Creer que Jesús podía hacer ese prodigio, ya ella lo creía. Entonces, no es esa la fe que hablaba Cristo.
La fe que hablaba el Señor es la de pertenecer, la de entrada a pertenecer al pueblo de la Alianza. Realmente lo que hace Jesús con esa especie de tardanza que a nosotros nos extraña viniendo de su corazón compasivo, lo que hace Jesús en esa especie de tardanza en atender a la mujer, es hacerle como una especie de catequesis, hace como una especie de itinerario súper acelerado de adopción en el pueblo de Israel para que ella sienta que es ésta la Alianza, la que la puede salvar, y que su problema no es, simplemente, un problema de un prodigio, de un mago o un brujo que eche a un demonio, que el problema, que la raíz está mucho más adentro. De modo, pues, que la misión terrena de Cristo, efectivamente, realizó lo que hemos dicho en el Salmo y lo que cantaba Jeremías, recoger a las ovejas dispersas de Israel.
Pero después de que Cristo sea deportado, después de que Cristo sea desterrado en su Pasión, y después de que vuelve a la tierra glorioso y mejor, después de que la tierra con él asciende a los cielos, y el universo entero reconciliado se ofrece al Padre, después de que tal cosa sucede, entonces ya el Espíritu de gracia que apenas estaba anunciado en textos como este de Jeremías, se derrama profusamente sobre sus apóstoles, y el Evangelio puede ser publicado en todas las naciones. Así todas las naciones, todos nosotros, hemos resultado por ese Espíritu como adoptados en la misma herencia que tenía originalmente el pueblo de Israel. Y en ese Israel encontramos la salvación, y retornamos todos del destierro del pecado.
Demos gracias a Dios por este misterio, por esos destierros, por ese terrible y temible destierro del que nos ha sacado la gracia victoriosa de Cristo. Comamos la Eucaristía como pan de los hijos y como anuncio de aquel banquete en el que ya no seremos ni judíos ni griegos, en el que ya no habrá ni hombre, ni mujer, ni esclavo, ni libre, sino que todos seremos uno en Cristo Jesús.

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