Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los profetas, amigos de Dios, toman sobre sí los intereses de la gloria de Dios, y por eso denuncian el pecado; pero, a la vez, conocen mejor que nadie la fuerza del poder de Dios y su infinita sabiduría, y por ello pueden anunciar tambien el amanecer de su gracia, que triunfa por encima de nuestros pecados.

Homilía o182008a, predicada en 20220802, con 18 min. y 31 seg.

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Transcripción:

Aprendamos de la primera lectura. Aprendamos el servicio que presta el profeta. El apóstol San Pablo, en la primera Carta a los Corintios habla bastante del don de profecía. Por ejemplo, lo compara con el don de lenguas y nos muestra que el don de profecía tiene un lugar permanente dentro de la comunidad. Para nosotros cristianos, la profecía no es una realidad del pasado, aunque a veces así lo pareciera. Como quien dice, solo había profetas en el pasado, no. Nosotros no podemos caer en ese error. La profecía es una realidad presente, es una realidad que envuelve y que protege y que guía a la Iglesia. Evidentemente, ese don profético tiene distintas manifestaciones. Quizás no encontramos exactamente una persona como Jeremías o como Isaías, pero sí hay voces proféticas a las que debemos prestar atención. Y también nosotros debemos estar listos para prestarle nuestra voz a Dios, si Él quiere que también sirvamos con este don.

¿Qué es lo esencial del don profético? El profeta es un enamorado de Dios. Es un amigo íntimo de Dios. Es una persona que tiene su corazón cercano al corazón de Dios y le duele lo que le duele a Dios. El profeta queda bien descrito en aquellas palabras que dijo Elías. El celo por tu casa, el celo por la alianza me devora. Es un amor apasionado, un amor que une, un amor que conecta profundamente la mirada del profeta con la mirada divina. Por eso decimos que la profecía tiene siempre un lugar muy importante en la Iglesia. La profecía es un don diferente del don del pastoreo, y por eso San Pablo en la carta a los Efesios dice que Dios ha puesto en primer lugar a los apóstoles, y luego dice en segundo lugar, pone a los profetas, luego los maestros y doctores. Hay una jerarquía en los dones que sirven para bien de la Iglesia. Y en esa jerarquía la profecía tiene un lugar bastante alto.

Pero la profecía es distinta del pastoreo. Esto es bueno decirlo porque se puede dar el caso de pastores, es decir, personas que tienen un encargo pastoral que sin embargo no tienen propiamente el don profético. Mientras que hay otros que sí. Y también puede haber personas que tienen ese don profético y que sin embargo, no tienen un don pastoral. No es solamente que, por decirlo así, no los nombran, es que no tienen el don, no están para eso. Son cosas diferentes. Pueden darse en la misma persona, pero son cosas diferentes. Por ejemplo, uno puede pensar que un hombre como San Juan Pablo Segundo tenía por supuesto un encargo pastoral de hecho, el encargo de mayor responsabilidad en toda la Iglesia. Él fue sucesor de Pedro, él fue Papa, pero al mismo tiempo había en él algo de profético. Su manera de referirse al mundo, al poder, a lo que estaba sucediendo en la historia, muestra una mirada profundamente identificada con la mirada divina. Todo esto nos indica que tenemos que aspirar a estos dones. Tenemos que pedirle a Dios que nos dé un don profético para que nosotros tengamos también esa mirada que se acerca, que escruta, que profundiza, profundiza ¿En qué? profundiza en los planes de Dios para su pueblo.

Bueno, sirva esto como introducción para darnos cuenta que el don profético pertenece al palpitar del corazón de la Iglesia. Es algo de continua necesidad en la Iglesia. Si vamos al texto de hoy, todo tomado del Capítulo Treinta de Jeremías, encontramos distintos lenguajes. En una primera parte, el profeta Jeremías le muestra al pueblo la gravedad de su pecado y lo inevitable del castigo de Dios. Yo sé que este es un lenguaje que hoy resulta muy antipático. Hablar del castigo de Dios es muy antipático, pero no debemos evitarlo. Está en la Sagrada Escritura y sobre todo debemos tener en cuenta lo que dice la carta a los Hebreos Dios castiga a los que aman. Ahora bien, el castigo divino, no es una especie de revancha de Dios. No es una especie de desahogo de la rabia que Dios tiene por lo mal que nosotros vivimos, no. No es un desahogo de Dios. El castigo de Dios, la corrección que Dios trae es siempre para nuestra enmienda y por eso es siempre un acto de amor. Dios nos ama cuando las cosas van bien, pero Dios nos ama también cuando las cosas salen mal, cuando las cosas nos contradicen, cuando a veces sentimos que todo va como en contra de nuestra voluntad, que nuestra voluntad sea doblegada, que nuestra voluntad sea contradicha. Eso también muchas veces es querer de Dios y es querer de Dios, a veces para enmienda nuestra y a veces para purificación nuestra. Enmienda nuestra si hemos obrado mal. Purificación nuestra si hemos obrado bien. Pero Dios quiere todavía sacar un bien mayor, acuérdate, se puede conectar con lo que dijo Cristo en el Capítulo número Quince de San Juan en la parábola de la vid y los sarmientos. Dice Cristo la rama que no da fruto, la corta, la rama que da fruto, la poda para que dé más fruto. Entonces está dentro del plan de Dios que nosotros tengamos contradicciones y dificultades. A veces en esos dolores encontramos enmienda y a veces en esas dificultades, encontramos como esa poda de la que nos habló Cristo.

El profeta Jeremías en este Capítulo Treinta empieza por describir la gravedad del pecado que ha cometido el pueblo y lo inevitable de una severa corrección. Esa severa corrección va a ser algo tan espantoso como el asedio que sufrió Jerusalén, que luego terminó en el destierro hacia Babilonia. Un dolor terrible. La gente escandalizada consideraba eso como imposible. Se quedaba sin palabras. Estaba más allá de su imaginación. ¿Por qué? Por el pecado. Básicamente ¿Qué es lo que Dios está mostrando a través del profeta? Que el pecado tiene consecuencias, que no se peca impunemente. Ni el pecado personal ni el pecado social ni el pecado estructural quedan sin consecuencias. Habrá consecuencias.

Y esto inmediatamente nos lleva a preguntarnos ¿Cuáles pueden ser las consecuencias de los pecados actuales, los nuestros, pero también los pecados que suceden a gran escala? Con motivo de este veredicto de la Corte Suprema de Estados Unidos sobre el tema del aborto, que revirtió un parecer absurdo del año mil novecientos setenta y tres. El famoso caso Roe & Wade. En el análisis de mil novecientos setenta y tres, la Corte Suprema de este país en aquella época dijo que no se podía penalizar el aborto. Y a partir de ahí se abrieron las compuertas para que se realizaran abortos llamados legales, por supuesto que inmorales, pero legales en la medida en que estaban de acuerdo con la ley prácticamente en todo Estados Unidos. Y alguien hacía cuentas que desde mil novecientos setenta y tres hasta el presente más de sesenta y dos millones. Oiga, esa cifra, sesenta y dos millones de personas han muerto. Eso es mucho más que la población de todo Colombia. De mil novecientos setenta y tres para acá, es decir, en el trayecto de unos cincuenta años, sesenta y dos millones de personas asesinadas. Eso es grave.

¿Qué consecuencias traerá? Eso es lo que tenemos que preguntarnos en la búsqueda de una mirada profética. La destrucción de la familia qué consecuencias trae. La exaltación del pecado. El aplauso para el pecado. El desfile del orgullo. El día del orgullo. Ya sabemos de qué orgullo estamos hablando. La exaltación de aquello que va en contra del querer de Dios. ¿Eso qué consecuencias traerá? ¿Qué consecuencias trae eso? ¿Qué viene para el mundo? Para el mundo que aprueba eso. No solo lo aprueba, lo aplaude. Qué consecuencias habrá cuando hay un presidente que se manifiesta católico y hay una jefe o directora speaker. La máxima representante en la Cámara de representantes de este país. Todos son ejemplos de este país. Ambos son católicos. La speaker de la Cámara de representantes y el presidente mismo de este país, católicos y ambos preocupadísimos, porque va a haber menos abortos. ¿Un católico haciendo eso? ¿Qué consecuencias trae eso?

Entonces esta primera parte de la predicación de Jeremías yo creo que nos invita a tener una mirada más amplia y más profunda de las realidades que estamos viviendo. Cuando el crimen se institucionaliza. Además de estos crímenes, debemos pensar en muchos otros. Debemos pensar en las injusticias, en la malversación de fondos, en el robo de dineros públicos para provecho de unos pocos deteriorando la vida, la educación, la salud de mucha gente. Sabemos, por ejemplo, que la corrupción burocrática en Colombia ha producido muerte en niños para los que había alimentos, había subsidio de alimentos para indígenas wayúu. No llegaron esos subsidios, no llegaron, esos niños murieron, murieron espantosamente de hambre. El dinero se quedó en bolsillos de algunos avivatos. ¿Qué consecuencias trae eso? ¿Qué consecuencias trae que se difunda por todas partes la corrupción? Que se lancen redes de vicio de todos los colores. Cuando la alcaldía de una de las grandes ciudades de Colombia. Cuando la Alcaldía de Medellín hace una gran campaña para que todo el mundo se masturbe. Que es una cosa que parece absolutamente irreal. Eso para dónde lleva a esa ciudad y a ese país. A nuestro país, nuestra Colombia. Pero así como está el tema del sexo, así está también el tema del juego. El número de casinos no deja de crecer. Son lugares de vicio, claramente. Y con respecto a la droga. El coro ya es prácticamente unánime. Legalizar, legalizar, legalizar. No más pelear contra eso. Legalizar y convertirlo en un negocio y cobrar los impuestos.

Estas palabras nos están recordando que habrá consecuencias, que necesariamente habrá consecuencias. Y estas palabras nos están recordando que la paciencia de Dios es real, pero también es real su justicia. La misericordia de Dios es real, pero también es real que Él es justo. Luego, en esa primera lectura hay un cambio de lenguaje. Dice en la segunda parte del texto de hoy yo cambiaré la suerte del pueblo de Israel, los haré volver a su patria, me apiadaré de sus casas. La ciudad será reedificada. Y esto es una gran lección para nosotros, porque esto nos está enseñando que así como la mirada profética detecta la corrupción, esa misma mirada profética debe detectar las semillas de esperanza, el amanecer, el amanecer de la gracia. Lo nuestro tiene que ser mantenernos atentos tanto a aquello que va en contra de la gloria divina, como atentos a aquello que muestra el amanecer de la gracia. Las semillas de esperanza. El comienzo de un cambio. Y esto es muy importante, especialmente en el servicio apostólico con los jóvenes. Porque a veces lo único que les decimos, lo único que manifestamos, es la gravedad en la que está el mundo, el pecado en el que está el mundo. Y eso es cierto. Pero por igual medida, yo no sé si más, hay que manifestar esa semilla de bondad que hay. Siempre hay esperanza, siempre hay un camino. Que vendrán cosas muy fuertes, sí. Pero nada de lo que suceda, óigase bien, nada de lo que suceda va a eliminar la esperanza, la que Dios nos llama.

Y por consiguiente, aunque vengan cosas terribles, sabemos que la victoria es de Dios. Nosotros estamos para proclamar la santidad de Dios que ha sido ofendida, pero también la gloria de Dios que brillará. Esa es la mirada profética. Ese Dios que vence, ese Dios que aún en medio de las tinieblas abre un camino. Ese Dios que aún en los basureros hace germinar flores. Y nosotros mismos, yo creo que nosotros mismos somos testigos de eso, porque si examinamos nuestra propia vida, qué diremos sino que nuestra vida es la expresión de la victoria de Dios y que nosotros sirvamos a Dios. Que por lo menos queramos servirlo con nuestras imperfecciones es una señal maravillosa de su amor, de su poder y de su victoria. Bueno, ahí vamos aprendiendo un poco cómo es esta vida de los profetas y qué es lo que hacen los profetas. Por qué vuelvo al punto de partida y término. Porque la Iglesia siempre necesita de esa mirada, siempre necesita de esa voz valiente, siempre necesita de esa denuncia clara y siempre necesita de esa esperanza nueva.

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