Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cuatro palabras que resumen la novedad de la vida cristiana: Sinceridad y humildad; gracia y esperanza.

Homilía o182006a, predicada en 20200804, con 12 min. y 37 seg.

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Transcripción:

Hermanos míos. Vayamos a la primera lectura que trae una preciosa enseñanza para nosotros el día de hoy. Seguramente estuvimos atentos y nos dimos cuenta que esa primera lectura tiene dos partes. Una primera parte la podríamos llamar el diagnóstico y es un diagnóstico terrible. La expresión que se repite varias veces y que de algún modo resume la situación es tu herida es incurable. Esa es la situación. Tu herida es incurable. Pero luego, en ese mismo pasaje se habla de la reconstrucción que Dios hará de su pueblo. Yo cambiaré la suerte de las tiendas de Jacob. Me compadeceré de sus moradas. Sobre sus ruinas será reconstruida la ciudad. Es decir que en la primera parte de esa lectura se presenta la realidad del pecado que en sí mismo llega a adueñarse de nosotros. Tu herida es incurable. Y en la segunda parte encontramos algo diferente. En la segunda parte encontramos una voz de esperanza. Pero no es una esperanza fundamentada simplemente, en que al fin todo saldrá bien. Es una esperanza fundamentada en la acción de Dios, y por eso es Él el que toma el protagonismo y dice Yo. Yo cambiaré la suerte de las tiendas de Sión. Yo reconstruiré sobre las ruinas de Jerusalén. Es el Yo soy. Es la voz vigorosa de Dios.

Y entonces, ¿Qué tenemos que hacer nosotros con este texto? ¿A qué nos invita este texto? Por una parte, nos invita a la sinceridad y la humildad. Esa es la primera parte, sinceridad y humildad para darnos cuenta la realidad de nuestro propio corazón, la realidad del mundo, la realidad de la vida humana. Y según ese diagnóstico, la herida es incurable. Si una persona no ha llegado a una decepción profunda sobre su propia condición y sobre la condición del mundo, de algún modo tampoco ha descubierto la fuerza del amor de Dios, porque la sinceridad debe llevarnos a un diagnóstico crudo y la humildad debe llevarnos a no maquillar lo que allí aparece. Pero no nos quedamos simplemente en esas ruinas. Ahí tendríamos que quedarnos, ese sería nuestro destino si no hubiera un Dios compasivo, si no hubiera un Dios poderoso. Pero porque hay un Dios que es poderoso y compasivo. La última palabra no la tienen las ruinas, ni las ruinas de Jerusalén, ni las ruinas de nuestra ciudad, ni las ruinas que tal vez uno mismo lleva en el corazón.

Y por eso, si las palabras que resumen la primera parte son sinceridad y humildad, las palabras de la segunda parte son gracia y esperanza. Gracia que significa amor de regalo, amor que Dios regala porque nos ha amado muchísimo. Entonces el mensaje de Jeremías, que es de permanente actualidad, nos habla de estas cuatro palabras, las cuatro palabras que identifican el acto mismo de la conversión, el comienzo de la vida nueva. Sinceridad y humildad por una parte. Gracia y esperanza por otra parte. Sinceridad y humildad que deben salir de nosotros, porque de nosotros salió el pecado. Gracia y humildad que vienen de Dios, que Él nos concede y que tienen su máxima expresión en nuestro Señor Jesucristo y en la efusión abundante del Espíritu Santo. Eso, mis hermanos, es lo que nos enseña esta lectura.

Alguien podría decir ¿No es una visión demasiado pesimista? Pues mira, vuelvo sobre mis palabras. Si no has encontrado esa decepción, tal vez es que no lees las noticias. Tal vez es que no ves lo que está sucediendo. Recordemos sólo algunas de estas noticias, solo algunas, que a mí personalmente la escogencia es mía. A mí personalmente me han golpeado mucho en este tiempo de pandemia, mucho. Primera noticia para recordar algunas. Se presenta esta situación de confinamiento y sale un grupo de mujeres, un grupito de mujeres con un video por YouTube contándole a las mujeres embarazadas cómo pueden abortar a sus hijos en la casa ahora que resulta difícil salir por la pandemia. Es decir, estamos en semejante condición de angustia, de dolor compartido, de luto en tantos lugares. Y lo único que brota del corazón de estas mujeres es enseñarle a otras cómo seguir matando allá en su casa. Si eso a ti no te produce repugnancia, indignación, tristeza, tienes que contarme si estás hecho de naturaleza humana o si no. Ese es el tipo de cosas que a uno lo decepcionan, lo decepcionan profundamente.

Segundo, mira en qué se ha convertido la política en todas partes. Mira en qué se ha convertido. Prácticamente lo que estamos viendo en muchos países es que el que sube al poder trata de mantenerse y aferrarse. Caiga quien caiga, muera quien muera. Esa es una constante en muchísimos países y yo tengo que elevar mi voz triste en este momento. Por Venezuela, por Nicaragua, por Cuba, por Corea del Norte y podría ser una lista mucho más grande, pero son los que tengo más cerca y se ve lo que está sufriendo la gente y se ve el maltrato a la Iglesia y se ve el desprecio a Dios. Pero siguen y siguen arrogantes, se mantienen y uno ya no sabe con qué palabras orar. Y uno dice pero ¿Qué es este mundo? Así que por parte de los poderosos, de los que están en el poder, muchas veces esa ambición y esa codicia permanente. Pero lo que debería servir de remedio, que es precisamente el diálogo propio de la democracia, se ha desfigurado de manera que en muchos países el único papel de la oposición es desacreditar sistemáticamente cualquier cosa que haga el gobierno. Por supuesto, uno no puede decir que todo lo hace bien el gobierno porque no es cierto. Pero si tú observas en tantos países lo que sucede es eso, es una crítica permanente, irracional, continua, que no ve nada bueno en ninguna parte, porque lo único que les interesa es subir ellos al poder. Entonces, cuando uno mira esa situación de los que intentan aferrarse y de los que intentan derrotar a los otros y todo vale en materia de mentira, en materia de calumnia, en materia de lo que sea, todo vale. Eso entristece soberanamente, eso produce dolor.

Y luego, si miramos otros males permanentes a los cuales, quizá con tristeza, debo decir, se han acostumbrado nuestros oídos y nuestros ojos. Desde que yo era un niño, estoy oyendo la expresión la brecha entre los ricos y los pobres, y estoy oyendo la expresión no deja de crecer la brecha. Y eso sigue siendo cierto. No, yo no soy ningún comunista. Ustedes me conocen. Claro que no lo soy. Pero ciego tampoco soy. Y el sufrimiento de tantos campesinos, de tantos desplazados, de tantos pobres, ¿A quién le importa? A veces solo les importa a los que van a tener un discurso populista para, a partir de ahí, dar el asalto al poder. Esas historias las conocemos y se parecen a los tres países que he mencionado: Venezuela, Nicaragua, Cuba. Ahí importó la suerte de los pobres, pero importó ¿Para qué? Para usarlos una vez más.

Mis hermanos, estos son simples ejemplos. Podríamos hablar de muchas cosas más. Esto es lo que muestra que de verdad las palabras del profeta son ciertas, que de verdad la herida parece incurable. Es decir, uno mira las fuerzas humanas, los recursos humanos, y dice no hay con quién ni hay cómo. Pero no podemos quedarnos ahí. Precisamente nosotros, cristianos, tenemos la hermosa misión de ser testigos a través de la compasión, como nos recuerda el Papa Francisco. Ser testigos. ¿Testigos de qué? Testigos de una gracia, de un amor gratuito que es capaz de reconstruir y levantar. Y por eso es tan grande esa primera lectura, porque nos da el diagnóstico y nos da la fuente de esperanza en la palabra que Dios pronuncia. Así que nos quedamos con esas cuatro expresiones, esos cuatro términos, y seguimos nuestra Santa Misa. Los repito, cuatro cualidades fundamentales, cuatro, para realmente tomar en serio o empezar a tomar en serio nuestra fe. Sinceridad, humildad, gracia y esperanza.

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