Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El pecado tiene consecuencias y asumirlas en humildad y oración es un regalo de Dios y un comienzo de redención, porque el Señor además de corregirte quiere te sientas amado.

Homilía o182005a, predicada en 20180807, con 5 min. y 4 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada del Capítulo número Treinta del profeta Jeremías. Se trata de enseñanzas básicas, de esas que todos deberíamos tener perfectamente claras. Recordemos que Jeremías vivió en una época muy difícil del pueblo de Dios. Un tiempo muy complicado. La acumulación de los males llegó a un punto de no retorno. Y esto significó, en el caso del pueblo judío, el destierro. Ejércitos de Babilonia, capital del pueblo caldeo, cayeron sobre Jerusalén. Primero despojaron al templo y después se llevaron al pueblo. Pero ni siquiera cuando se llevaron en asalto las riquezas del templo el pueblo reaccionó con verdaderos frutos de conversión. Esto es lo doloroso, tal vez lo más doloroso que le tocó a Jeremías ver que su palabra no era escuchada. Ver que el corazón de sus hermanos estaba sellado en la sordera y en la obstinación del pecado.

Grandes lecciones quedan para nosotros. La primera de ellas es que el pecado tiene consecuencias. Uno no peca a oscuras de los ojos de Dios. Uno no peca a oscuras de lo que la vida le va a traer. Ya se trate de lo que le suceda a uno en esta vida o después de esta vida, el pecado tiene consecuencias, es parte del orden que el universo tiene porque proviene de un Dios justo. Que el pecado tiene consecuencias. Es una lección tan importante, porque si uno la recuerda, el pecado mismo pierde su fuerza. Cuando uno sabe en qué va a acabar una tentación, cuando uno tiene claro cuál va a ser la consecuencia de eso que ahora parece tan dulce y tan atractivo, hay mucha menos posibilidad de que uno peque. De hecho, si uno tuviera completa claridad, difícilmente uno pecaría. Es posible la rebeldía absoluta, como sucedió en el caso de los ángeles caídos. Eso es posible. Pero indudablemente uno pecaría muchísimo menos.

Entonces, la primera parte es que el pecado tiene consecuencias y que uno no puede saltarse esas consecuencias. Uno no puede correr más rápido que las consecuencias de sus pecados. No importa qué tan veloz seas. No puedes correr más rápido que las consecuencias de lo que has sembrado en tu vida. Repito, ya sea en esta tierra o más allá de la muerte. Entonces el consejo de Jeremías, cuando ya las cosas se precipitan, cuando ya las consecuencias de los pecados van a caer sobre el pueblo, la enseñanza de Jeremías es, este es el tiempo de soportar esas consecuencias.

Y esta es la segunda enseñanza cuando asumimos las consecuencias de nuestros pecados en espíritu de silencio, de humildad y de penitencia. Esas consecuencias asumidas son también el principio de un cambio en nosotros. Vivir las consecuencias de nuestros pecados, vivirlas en espíritu de fe, repito, en espíritu de humildad, repito, en espíritu de oración. Vivir eso sin protesta, sin soberbia, sin escándalo, ya es un comienzo de cambio en tu vida.

Primera enseñanza, el pecado siempre tiene consecuencias. Segundo, experimentar esas consecuencias en espíritu de humildad y oración es ya un regalo de Dios. Es ya un comienzo de redención. Y tercero, la misericordia de Dios es todavía mayor que las consecuencias de tu pecado. Es decir, el Señor quiere que tú seas corregido. Pero aún más que eso, el Señor quiere que tú te sepas y te sientas amado. Demos gracias por ese amor, demos gracias incluso por el regalo de poder hacer penitencia. Demos gracias porque siempre nos llama a conversión y a Nueva Alianza.

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