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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pidamos al Señor sabiduría para asumir las cosas duras con espíritu de renovación y para recibir las cosas buenas con espíritu de gratitud.
Homilía o182004a, predicada en 20160802, con 5 min. y 31 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy ha sido tomada del profeta Jeremías en el Capítulo número Treinta. Recordemos que el tiempo en que vivió este profeta fue particularmente duro. Estamos hablando del Siglo Sexto antes de Cristo, y este es el tiempo en el que el Reino de Judá recibe su ataque más brutal. Un ejército venido de Babilonia con Nabucodonosor a la cabeza ataca a Jerusalén. Y este es el siglo donde los judíos son llevados al destierro. La civilización caldea necesitaba mucha mano de obra barata. Necesitaban esclavos y por eso se adueñaron de las riquezas del templo de Jerusalén y luego se adueñaron de la población, es decir, de los judíos mismos, y los llevaron a Babilonia.
Hay un hombre, seguramente varios, pero hay uno que destaca y se llama Jeremías. Jeremías vio venir todo esto. Jeremías se dio cuenta de dos cosas, que ese ataque y que ese dolor era inevitable. Por eso aparece varias veces en la Palabra de hoy. En el pasaje de hoy aparece el adjetivo incurable. Tu llaga es incurable. Ese incurable ¿Qué quiere decir? Quiere decir que es algo que va a suceder. Es algo que Jeremías está seguro de que va a suceder. Y efectivamente sucedió. Ese es un rasgo que llama la atención. Jeremías ve venir esto y se da cuenta de que es inevitable, pero es inevitable porque hay un propósito bueno detrás de ese castigo duro, detrás de esa, podríamos decir esa humillación, detrás de esa llaga hay algo bueno que Dios está pensando.
La razón por la que el castigo es inevitable, la razón por la que la llaga es incurable es sencillamente porque dentro del plan de Dios esa humillación en realidad es una purificación. Ese dolor en realidad es como el parto que dará a luz un pueblo nuevo. Esa herida en realidad es el comienzo de la verdadera salud para el pueblo. Cuesta trabajo entender esto. De hecho, la gente del tiempo de Jeremías no lo entendió así. Muchos vieron a Jeremías como un enemigo que estaba desanimando a la gente. Qué clase de profeta del Señor es este que prácticamente lo que nos está diciendo es déjense golpear y sufran, porque ya no hay nada que hacer. Este derrotismo, este pesimismo, no puede venir de Dios. Así trataron entonces a Jeremías en consecuencia con estos pensamientos. Si este es uno que está desanimando al pueblo y que está llevándolo como a una pasividad y a una derrota. Pues hay que acabar con Jeremías. Y de hecho, hubo quienes quisieron acabar con él, literalmente matarlo. Eso sucedió. Pero matar a Jeremías tampoco iba a impedir lo que iba a suceder.
Repito, la razón por la que Jeremías ve que la llaga es incurable es porque incluso detrás del dolor ya alcanza a ver el nuevo plan que Dios tiene. Yo creo que esto se parece mucho a la parábola del hijo pródigo. Recuerdas cómo ese hijo se va de casa y recuerdas cómo ese hijo que se va, pues deja al papá absolutamente triste, frustrado. Pero el papá no corre detrás del hijo para evitarle lo que sabe que va a suceder. Este hijo es un irresponsable. Este hijo es como lo dice la palabra pródigo. Esa palabra significa el que desperdicia. El hijo pródigo es el hijo desperdiciador. Es el hijo que no sabe administrar, no sabe manejar sus bienes. El papá sabe lo que viene. El papá sabe que este hijo se va a estrellar contra el mundo, pero sabe que detrás de ese fracaso del hijo tendrá de nuevo a un hijo que sabrá apreciar las cosas. Vendrá una vida nueva para ese hijo.
A veces el Señor quiere y necesita que nosotros pasemos por unas cuantas experiencias duras. A veces es necesario pasar por esas experiencias porque a través de ellas Dios va a renovar nuestro corazón. Dios va a renovar nuestra vida. Pidamos al Señor que nos dé sabiduría para asumir las cosas duras con un espíritu de renovación y para recibir las cosas buenas con un espíritu de gratitud. Así nos lo conceda Él, el compasivo y poderoso.

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