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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jeremías nos enseña a dolernos del pecado pero sobre todo nos enseña a esperarlo todo del amor generoso y gratuito de Dios.
Homilía o182002a, predicada en 20120807, con 4 min. y 35 seg. 
Transcripción:
La primera lectura del día de hoy está tomada del profeta Jeremías. La verdad es que Jeremías nos ha acompañado un buen trayecto y estamos llegando ya a los últimos textos que se leen de este profeta en la Santa Misa. Espero que nuestra visión y sobre todo nuestro aprecio de Jeremías haya cambiado. A veces se le mira solamente como una especie de profeta de desgracias o solo como el autor de las lamentaciones. Pero es que había bastante que lamentar e incluso aprender a lamentar. Aprender a dolerse también es algo válido y necesario para el cristiano. ¿Cómo es que, por ejemplo, no nos vamos a doler de los pecados estructurales, de los pecados sociales? ¿Cómo es que no nos vamos a doler de la costumbre de pecar? ¿Cómo no nos va a doler, por ejemplo, la cantidad de sangre que se derrama? ¿Cómo no nos va a doler esa inocencia, muchas veces lastimada, muchas veces destruida en tantos de nuestros hermanos? Eso tiene que dolernos y por eso, aunque se le llame profeta de desgracias y aunque se le llame anunciador de tristezas, pues algo podemos aprender y mucho podemos aprender de alguien como Jeremías, porque en él podemos encontrar que el pecado jamás debe dejarnos indiferentes.
Pero seguramente hay algo más, algo más grande y algo más útil que podemos recibir de Jeremías. Yo creo que el texto de hoy nos ayuda bastante. Es el Capítulo Treinta de este profeta. Y lo que allí se nos dice parece una contradicción, porque Jeremías empieza diciéndole en este capítulo, empieza diciéndole a la gente, al pueblo de Dios, a decirles mire, la herida es incurable, la fractura no tiene solución. Es decir, le habla al pueblo presentando las cosas como un caso perdido.
Lo que está diciendo al comienzo de su texto Jeremías es, somos un caso perdido. Parece que lo único que cabe es la desilusión. Lo único que cabe es la frustración y si acaso, la ira. Pero luego el mismo profeta cambia su lenguaje y empieza a hablar de la compasión de Dios y empieza a hablar de cómo a partir de esa misericordia hay un nuevo comienzo para su pueblo. Al principio, repito, parece como una contradicción el que se utilicen estos dos lenguajes, porque por un lado se está diciendo que no hay futuro y por el otro lado se está diciendo, parece que sí va a haber un futuro. Y uno se pregunta bueno, pero entonces ¿Con qué me quedo? Si hay futuro o no hay futuro o con qué me quedo Jeremías. Y realmente la respuesta del profeta es que si todo dependiera solo del ser humano, si nos quedáramos únicamente con las fuerzas y con los empeños, y con la bondad y con los recursos de nosotros los seres humanos, lo único que cabría es el lenguaje que él utiliza. La herida se ha vuelto enconada, la fractura se ha vuelto irreparable.
Pero qué distinto se vuelve el lenguaje cuando abrimos la puerta a esa bondad, a esa misericordia generosa, inagotable, irreversible de Dios. Es decir, cuando entra el lenguaje de la gracia. En este sentido, Jeremías no es solamente el gran pedagogo que nos ayuda a descubrir por qué hay que lamentar el pecado, sino que Jeremías se convierte también en el gran anunciador de la esperanza, quién lo creyera. Es él el que nos está diciendo se puede esperar, se puede esperar en Dios, porque su misericordia es inagotable, porque nada, nada, nada puede vencer su amor. Y ese mensaje es el que creo que debe quedar más grabado en nuestros corazones a medida que nos acercamos al final de los textos de este profeta en nuestra liturgia.

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