Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El verdadero profeta siempre te llamará a la conversión de tu pecado. El profeta presenta y proclama toda la bondad de Dios, pero también toda la conversión que hace falta en nuestros corazones.

Homilía o181009a, predicada en 20240805, con 7 min. y 21 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy nos presenta un texto del profeta Jeremías. Hace días venimos escuchando algunos fragmentos, algunos pasajes de este profeta y creo que la escena del Capítulo Veintiocho de la cual se toma el pasaje de hoy es supremamente actual. Permítanme explicar por qué. Lo que nos cuenta Jeremías, el libro de Jeremías es el encuentro entre un falso profeta y un verdadero profeta. El falso profeta se llamaba Ananías, y el verdadero profeta no es otro que el mismo Jeremías. Ananías y Jeremías. Y es muy interesante ver la clase de mensaje que ofrece Ananías. Es un mensaje consolador. Es un mensaje de mucha esperanza y es un mensaje que proclama la bondad de Dios.

Inmediatamente te estarás preguntando por qué decimos que es un falso profeta. Si estaba anunciando esperanza, consuelo y estaba proclamando que Dios es bueno. Hay que saber que en el momento en el que vivieron estos dos hombres, Ananías y Jeremías, en ese momento el pueblo de Dios estaba pasando por una de las situaciones, una de las coyunturas peores de toda su historia. De hecho, estaban a las puertas del destierro a Babilonia. Y sabemos muy bien que el tiempo del destierro fue absolutamente horroroso en su crueldad, horroroso en lo que tuvo que vivir el pueblo judío, cómo fueron odiados, cómo fueron maltratados. Pero no solamente por el destierro, sino por lo que vino antes del destierro. Porque, en efecto, antes del destierro, la ciudad de Jerusalén fue sitiada y llegaron a extremos de hambre y extremos de dolor y a extremos de angustia que son difíciles de imaginar.

Sin embargo, la escena que escuchamos en la primera lectura de hoy es anterior a este destierro. Podríamos decir que era un tiempo en el que se veía lo que iba a suceder. Se veía el peligro que venía. De hecho, ya se habían robado, ya se habían llevado los caldeos, se habían llevado los vasos sagrados del templo y por consiguiente, la amenaza no era solo cosa de palabras, es que ya se veía el poderío y la fiereza del enemigo. En esas circunstancias estuvieron al mismo tiempo estos dos hombres, Ananías y Jeremías.

Ananías, con su mensaje de mucha esperanza, de mucha bondad, de mucho consuelo, de mucho hablar, de cómo Dios es bueno, es poderoso y protege. Sin embargo, escuchamos en la primera lectura de hoy que Jeremías le dice a Ananías que es un falso profeta y le dice a ti no te ha enviado Dios. Y eso hace, pues, más incisiva la pregunta. ¿Qué era lo que estaba mal con Ananías? Era un hombre que estaba anunciando. Ya dijimos esperanza, consuelo y que Dios es muy bueno. Pero es que hay datos que nos faltan del contexto. Nos falta, por ejemplo, recordar que en aquel tiempo la predicación de Jeremías denunciaba numerosos pecados, pecados de todo orden. Terribles injusticias que incluyen opresión cruel contra los pobres, adulterio y desórdenes sexuales de muchas clases, idolatría, complicidad, incluso de los mismos sacerdotes del templo. Es decir, que de arriba a abajo y de muchas maneras, el pueblo está metido en el pecado. Y ese es el problema que la predicación de Ananías no menciona nada del pecado ni llama a ninguna conversión.

Entonces, es lo mismo que si una persona tiene una herida infectada y lo único que nosotros hacemos es darle muchos abrazos y decirle todo va a estar bien, todo va a estar bien y venga, otro abrazo y ánimo con eso y venga otro abrazo. Pero si no le estás limpiando la herida, si no estás sacando esa pus que ya tiene la herida, si no estás desinfectando la herida y seguramente utilizando un buen antibiótico, pues todos tus abrazos, tus sonrisas y tus palmaditas en la espalda finalmente terminan siendo una especie de traición. Terminan siendo una especie de engaño. Y eso fue exactamente lo que sucedió con Ananías, y eso fue lo que se dio cuenta Jeremías. Jeremías se dio cuenta que Ananías no estaba llamando a ninguna conversión. Jeremías se da cuenta que Ananías, el falso profeta, estaba diciéndole a la gente todo va a estar bien, todo va a estar bien. Con aquella expresión que se utiliza en inglés y la digo aquí con respeto Don t worry, be happy, dont worry, be happy. Todo va a estar bien. Todo va a salir bien. Vamos a estar bien. Oye, pero ¿Y qué pasa con la herida? ¿Qué pasa con la infección? ¿Qué pasa con el pecado? Ananías no dice nada al respecto.

Y comentó que este pasaje es muy actual, pero muy actual, porque también en nuestro tiempo existen Ananías que le dicen a la persona que está en pecado, tranquilo, no te preocupes, Dios te ama, Dios te acepta, Dios te acoge y todo eso es cierto que Dios nos acepta y que Dios nos acoge como hay que acoger al que tiene una herida infectada. Pero por favor, después de acogerlo hay que limpiar esa herida, se necesita el arrepentimiento del pecado, se necesita un camino de conversión, eso se necesita. Y eso es exactamente lo que no estaba dando a Ananías. Es decir, que Ananías estaba ofreciendo un tiempo distinto, un tiempo bueno, un tiempo favorable, sin ninguna conversión, sin sanar la herida, sin cambiar las cosas. Y esencialmente lo que le dice Jeremías es: Tú eres un engaño. El verdadero profeta siempre te llamará a la conversión de tu pecado.

El verdadero profeta cumple aquello que dice el cardenal Sarah. Nosotros no somos el azúcar del mundo. Nosotros somos sal de la tierra y nosotros estamos llamados a presentar y a proclamar toda la bondad de Dios y también toda la conversión que hace falta a nuestros corazones. Que el ejemplo de Jeremías cale en todos nosotros, especialmente en quienes tenemos el encargo de predicar y de servir al pueblo de Dios. Amén.

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