Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En el libro de Jeremías aparece una confrontación entre él y un falso profeta, Jananías. Aunque el discurso de Jananías resulta atractivo y aunque parece enfatizar la grandeza del poder de Dios, hay señales de alarma ("red flags") que dejan ver que su mensaje es falso.

Homilía o181008a, predicada en 20220801, con 22 min. y 44 seg.

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Transcripción:

La primera lectura nos presenta una escena inusual. Es el enfrentamiento entre el verdadero profeta que es Jeremías en este caso, y un falso profeta que es Hananías, dice una traducción. Otras dice Ananías. En todo caso, un falso profeta de aquel tiempo. Y claro, ese enfrentamiento nos obliga a preguntarnos ¿Cómo puede uno discernir en una situación semejante? ¿Cuál es el criterio de discernimiento que se puede tener? Porque la Biblia dice en las cartas pastorales, por ejemplo, la Biblia dice claramente que en los últimos tiempos, que no sabemos cuánto tiempo duran los últimos tiempos, dice que en los últimos tiempos vendrán falsos maestros, vendrán falsos profetas. Entonces uno necesita un criterio. ¿Cómo se puede saber distinguir? Este tema no se queda solamente en las profecías. Esto tiene que ver, por ejemplo, con los libros. Qué libros compra uno.

En una época era una garantía simplemente ir a una librería que se llamara católica y uno entra a la Librería católica y lo que hay ahí son buenos libros. Y la verdad, la gran mayoría de los libros que se pueden encontrar en una librería católica son de mucho provecho, pero lamentablemente se han ido metiendo también muchas otras obras que cuando uno las mira más de cerca ve que no corresponden realmente a nuestra fe. Una historia triste que cuento de mi país es cuando me invitaron para un retiro espiritual con un pequeño grupo de novicias. Esta comunidad tenía su pequeño grupo de novicias y tuvimos un día de retiros y ellas tenían un oratorio pequeño, bonito, que era propio del noviciado. En ese oratorio había una biblioteca que casi parecía de juguete, porque también era bien pequeñita, adaptada al tamaño del lugar. Y bueno, en un momento de silencio, de meditación, me pongo yo a ver los libros que estaban alimentando a esas novicias y claro, sin que uno sea experto en todo, pero uno se empieza a dar cuenta, esto no le hace bien. Y bueno, no es que uno quiera ser profeta de desgracias, pero de ese grupo de novicias no quedó ni una. Porque claro, así como el cuerpo se alimenta, con qué sé yo, proteínas y carbohidratos, lípidos y todo este tipo de cosas que nos describen los nutricionistas o nutriólogos, pues el alma se alimenta ¿De qué? De lo que uno oye, de lo que uno lee, de lo que uno ve. Entonces ese, por ejemplo, fue un campanazo muy fuerte que me hizo caer en cuenta. No puede uno fiarse simplemente de que la librería sea católica o la editorial sea católica.

Esto es solo para mostrar que el tema de los verdaderos profetas y de los falsos profetas es más profundo y más actual de lo que parece, porque tiene que ver también con la falsa enseñanza. Si una persona se está alimentando de algo que en el fondo es falso, ese pan mentiroso, ese pan falso no alimenta. Usted piense lo que pasaría en el cuerpo humano si a uno le dan alguna cosa que parece que es pan y uno se lo come y el otro parece que es, qué se yo, carne, por ejemplo. Y uno se la come y resulta que ni el pan es pan, ni la carne es carne, y eso no alimenta nada. Y uno, días y días comiendo eso, se está desnutriendo y luego vendrá la enfermedad, la debilidad, incluso la muerte. O sea que este es un tema que nos importa muchísimo, la verdadera y la falsa enseñanza. No todo lo va a decir un solo pasaje de la Biblia, como es el caso de este de Jeremías. Pero sí hay varias enseñanzas que debemos tomar aquí. Hay varias enseñanzas. Una expresión que utilizan ahora algunos jóvenes y la citan en inglés. Es Red Flag, una bandera roja, una banderita roja y lo citan casi siempre en el contexto de las relaciones afectivas. Como diciendo pero date cuenta que había varias banderas rojas, o sea, el hombre, pues típicamente son conversaciones entre chicas. El hombre ya te había mostrado varias señales de quién era él en realidad y tú seguiste adelante, hiciste caso omiso de las banderitas rojas. Las banderas rojas son las advertencias que uno tiene que tomar en serio, porque hay situaciones que uno dice yo debo tomar en serio esto, esto es importante. Entonces miremos banderas rojas.

En el caso de Hananías, sigo la pronunciación de la traducción que se leyó aquí. Hananías mostró varias banderas rojas. Pero antes de las banderas rojas, mostremos primero, ¿Por qué era tan seductor el discurso de Hananías? Porque en el fondo esa capacidad de seducción es en sí misma una bandera roja. ¿Por qué era tan atractivo lo de Hananías? Pues mire qué había pasado. Lo que había pasado es que un general del ejército caldeo, el imperio caldeo con capital en Babilonia, un general del ejército caldeo llamado Nabucodonosor, había llegado a Jerusalén y había saqueado el templo. Tenga en cuenta que la destrucción de Jerusalén sucedió en dos etapas. En la primera etapa, lo que hicieron fue saquear la ciudad, el Palacio real y el templo, que era donde estaba lo más valioso de la ciudad, y se llevaron los vasos sagrados. Se llevaron todo eso. Esa fue la primera incursión. Pero después de esa primera incursión, unos dos años después, ya Nabucodonosor no era general del ejército, sino que era rey, y entonces fue otro general mucho más brutal llamado Nebuzaradán y Nebuzaradán sí, fue el que incendió la ciudad, derribó la muralla. Bueno, una cantidad de cosas. Y eso después de un sitio espantoso donde la gente llegó al límite, al límite del hambre, de la locura por hambre, porque no había que comer simplemente. Bueno, entonces ese es el contexto histórico. El ataque a Jerusalén.

Y esta escena entre el falso profeta Hananías y el verdadero profeta Jeremías. Esta escena se sitúa cuándo después del primer saqueo, cuando se han llevado los vasos sagrados del templo y antes del ataque de Nebuzaradán que es cuando vienen a sitiar la ciudad y todo aquello. Ese es el contexto. Entonces, en ese momento la gente tiene un dolor muy profundo. Sienten y sienten el dolor del templo devastado. Porque cuando llegó Nabucodonosor, él, por ejemplo, arrancó las placas de metal que adornaban el templo de Jerusalén. O sea que realmente, y así lo describen algunos textos bíblicos, fue como una violación. Es decir, es algo tan triste como esa persona que es desnudada, humillada y violada. Así sentía la gente. La gente sentía que su ciudad había sido desnudada y había sido violada. Le habían arrancado el tesoro del templo, algo que pertenecía a la casa de Dios, algo que nunca había sucedido, como cuando tristísimamente una mujer es violada, una mujer virgen es violada. Entonces eso era lo que sentía la gente. Una tristeza inmensa por la violación de Jerusalén. Y en esa tristeza, este profeta que ahora sabemos que era falso, Hananías les dice una palabra de mucho consuelo. Les dice no se entristezcan antes de dos años, van a volver los vasos del templo. Es decir, el daño que nos hicieron se va a reparar, todo va a estar bien. ¿A quién no le gusta oír eso? Todo va a estar bien. Palmadita en la espalda. Todo va a estar bien. A todos nos gusta oír eso. Además, Hananías presenta la imagen de un Dios poderoso, de un Dios guerrero, de un Dios que defiende sus intereses, su gloria y defiende al pueblo que ha elegido. Eso suena bien. Un Dios poderoso. Un Dios que no entrega su gloria. Y un Dios que nos defiende. Eso suena muy bien. Muy bien suena. Suena tan bien, pero tan bien que uno debe tener cierta desconfianza.

Fíjate que la respuesta de Jeremías ¿Cuál es? Jeremías dice Amén, Amén. Que así lo haga Dios. Pero yo como que no estoy acostumbrado a eso, porque yo veo que los profetas, más bien lo que nos toca anunciar es guerras y pestes y cosas duras. Pero usted está anunciando otra cosa. Bueno, que así sea. Es que yo tampoco desee una cosa contraria, está bien, pero Dios le habla al profeta Jeremías y ya recordamos lo que le dijo Jeremías; a ti no te ha enviado el Señor. Le dice Jeremías a Hananías a ti no te ha enviado el Señor. Bueno, ahora sí, mostremos las red Flags, mostremos cuáles son las advertencias. Y la mejor manera de percibir estas advertencias es hacernos esta pregunta. Lo que él dijo, ¡Ay delicioso para oír, delicioso! Me hace recordar la advertencia que hizo San Pablo. San Pablo dice, la gente va a buscar maestros que les endulcen el oído. Entonces el primer signo, la primera señal peligrosa, es cuando me dicen algo muy peligroso. ¿Peligroso por qué? Porque es lo que yo quiero oír. Y yo sigo con las comparaciones de los hombres y mujeres porque son bíblicas.

Es como cuando una mujer oye a ese hombre que solo le dice cosas bonitas y tú eres la más bella y tú eres la más dulce y no hay nadie como tú y mi corazón. Y cuando ya empieza con tanta, con tanta miel, que ya eso produce como rebote, seguramente la mujer si es inteligente, dice algo se trae este señor, tanto elogio y tanto cariño. Algo raro hay aquí. Eso mismo debe tener uno con los falsos profetas. Entonces el peligro no está tanto en lo que dice. Óigame, esta frase. No está en lo que dice, sino en lo que no dice. Entonces repasemos las palabras de Hananías así de memoria, no las vamos a volver a leer. Repasemos las palabras de Hananías y decimos a ver, dijo cosas bonitas. Dios poderoso, Dios glorioso, Dios que recupera lo suyo, Dios que cuida a su pueblo. Todo eso suena muy bonito, pero pongamos atención a lo que no dijo. Y entonces descubrimos una palabra que precisamente salía en la predicación de la tarde. No hablo de conversión. ¡Ah esa señal, está muy peligrosa! Es decir, este hombre está anunciando que Dios va a dar cosas buenas y grandes, y sí, sí, sí, cosas maravillosas. ¿Y la conversión? no habló de conversión. Ese es el signo más peligroso, el que me hable cosas muy bonitas de Dios, de la espiritualidad, de la religión, la contemplación, pero no aparece la palabra conversión. Eso es muy peligroso. Eso es muy sospechoso, porque resulta que la primera palabra que dice Cristo en el Evangelio es convertíos, porque ha llegado el Reino de Dios. Esa es la primera palabra que dice Cristo. Y esa palabra este Señor no la dice. Los apóstoles predicaron la conversión. Por ejemplo, San Pedro en el episodio de Pentecostés, les echa en cara el pecado. A ellos les dice ya Pilato iba a liberar a Cristo, y ustedes lo hicieron matar por mano de paganos. Ustedes son los culpables de la muerte del Mesías. Les denuncia.

Entonces, ¿Cuáles son las dos grandes banderas? Ya vemos que son dos. Aquí no hay denuncia del pecado. Hananías no denuncia el pecado. Él habla de esto como si hubiera sido un meteorito que llegó y se llevó las cosas del templo. Vea qué tan raro. Pero tranquilos, porque otro meteorito va a traer las cosas del templo. No, espérese, que es que hay una historia de pecado y Hananías no denuncia el pecado y por consiguiente tiene que venir una conversión. Y Hananías no habla de conversión, no habla de conversión. Eso es muy preocupante, porque entonces, en el fondo, el mensaje que está dando Hananías es el pecado de ustedes. No importa. Gravísimo, gravísimo. Ese no es Dios. Dios nunca te va a decir que el pecado no importa. De hecho, Cristo, fuente bendita de toda misericordia. Cristo, cuya misericordia es incomparable. Cristo, que es el máximo exponente, la máxima expresión de la misericordia de Dios. Él sí habla del pecado y de la gravedad del pecado.

En Juan Capítulo Cinco le dice a ese paralítico que estaba junto a la piscina llamada Probática, o sea, de la de las ovejas, dice Cristo después, has quedado curado, le dice al paralítico no peques, no sea que te suceda algo peor. Teniendo en cuenta que este hombre llevaba treinta y ocho años paralítico. Cristo le dice que te suceda algo peor. Por favor, haga usted la lista de las cosas que son peores que treinta y ocho años de ser paralítico. Esa es la gravedad del pecado para Cristo. O sea, Cristo habla de la gravedad del pecado. El pecado es grave. Es una cosa grave. A la mujer adúltera aquella de Juan Capítulo Ocho, Cristo no le dice No, aquí no ha pasado nada, tranquila. Y hay una cosa que pocas veces se predica en el pasaje de la mujer adúltera que ya sabemos que es Juan Capítulo Ocho. Sobre ese pasaje hay homilías absolutamente magistrales. Pero hay una cosa que se predica demasiado poco. ¿Cuál es? Si usted se da cuenta, Cristo nunca dice que la muerte de ella sea injusta. Cristo impide la muerte de ella. Cristo frenó la muerte de ella con la frase que todos conocemos: El que esté libre de pecado, tire la primera piedra. Pero Cristo no dijo que era injusto matarla. Ojo con esto. La paga del pecado es la muerte. ¿Quién lo dice? El Apóstol de Cristo, San Pablo. Entonces Cristo no dice que el castigo era injusto. No. Cristo detiene un castigo justo. Detiene un castigo justo. Y la prueba de que ha detenido un castigo justo es que le dice a ella Yo no te condeno. Vete y no peques más.

Está clarísimo que Cristo, sus apóstoles y los verdaderos profetas, siempre denuncian el pecado. Entonces, cuando usted se encuentre con una película o con un maestro espiritual, un gran conferencista, un famoso sacerdote, un libro que se vende como pan caliente, usted tome ese libro. Pase, pase páginas y hágase una idea de dónde aparece ahí arrepentimiento, conversión, gravedad del pecado. Si nada de esto aparece, deseche ese libro. Póngalo ahí en el estante. Sacúdase las manos. Échese mucho alcohol glicerinado y salga de ahí. Ese libro no es para usted. Y es que hay mucha espiritualidad que se ha metido subrepticiamente en nuestra Iglesia Católica, mucha espiritualidad, que es así. Serénate. Respira profundo, toma conciencia de tu medio, reconcíliate contigo, acéptate como eres, busca lo mejor que hay en ti. Deja que brille la luz que llevas dentro. Todo eso suena muy bonito, pero ya usted, a la luz de lo que hemos dicho en esta homilía, usted cae en cuenta de algo en todas esas palabras bonitas ¿Qué es lo que falta? Arrepiéntase, arrepiéntase de su pecado. Duélase de su pecado. Conviértase al amor de Cristo. Eso no aparece, no aparece por ninguna parte. Entonces, si no aparece por ninguna parte, esa espiritualidad es falsa. Esa espiritualidad no es.

Y hay otro elemento más sutil que uno también puede detectar, y es que en el pueblo judío había ofrendas por el pecado y ofrendas para pedir perdón por el pecado, mejor dicho, sacrificios. Por ejemplo, usted se acuerda del chivo expiatorio que eso se ha convertido en un lugar común hablar del chivo expiatorio. Pero es que es verdad. En la ley de Moisés se hablaba que una manera de pedirle perdón a Dios era como entregarle los pecados simbólicamente a la cabeza de un chivo que había que botarlo al desierto para que muriera claramente en el desierto. Y la idea era un sacrificio que él se llevará el pecado del pueblo. Y luego, cuando ya se establecieron en la tierra prometida, había sacrificios por el pecado.

¿Dónde están los sacrificios por el pecado, en el discurso de Hananías? Nada. Te repito, es como ¡Ay se llevaron las cositas del templo, pero ya regresan las cositas del templo y la vida sigue. Y el sacrificio por el pecado ¿qué? Porque es que toda la predicación de Jeremías, que es una predicación tan dramática, toda esa predicación de Jeremías, tiene que ver con el tema del pecado. Y Jeremías mira la acción violenta de los caldeos, la mira como el dolor que hay que padecer por la rebeldía. Es decir, es un sacrificio, no es un sacrificio en el templo, pero es un sacrificio que nos toca ofrecer porque hemos ofendido a Dios y tenemos que enderezar nuestro corazón y nuestra vida. ¿Dónde está el propósito de enmienda? ¿Dónde está el sacrificio? ¿Dónde está el arrepentimiento? ¿Dónde está la conversión? Todas esas son banderas, banderas rojas y esas banderas rojas fue las que vio Jeremías en su oración y por eso dijo esto es mentira. Este tal Hananías tiene una palabra dulce. ¡Oh, qué alegría oír a Hananías! Pero es falso. Y esto le sirve a uno mucho. Le sirve a uno mucho, por favor, tengan cuidado con lo que ustedes leen. Con a quién escuchan.

Donde no aparezca arrepentimiento, sacrificio, valor de la sangre de Cristo, redención. No, no, no, no, no. Eso no. Eso no me sirve. Eso no es. Y no nos vamos a dejar engañar porque nosotros pertenecemos al Dios vivo. A quien sea, la gloria por los siglos. Amén.

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