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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Criterios de discernimiento entre verdaderos y falsos profetas: (1) desconfía de quién sólo te dice lo que sabe qué quieres oír; (2) apártate de quien no te exhorta a la conversión y dejar atrás el pecado; (3) aléjate, si te ofrecen una falsa esperanza o si no ofrecen ninguna esperanza.
Homilía o181006a, predicada en 20200803, con 29 min. y 0 seg. 
Transcripción:
Hermanos, volvamos a la primera lectura tomada del profeta Jeremías. Es una escena atípica. Encontramos el enfrentamiento de dos profetas. Uno es Jeremías, nuestro bien conocido y amado profeta Jeremías, que le da título al libro que lleva ese nombre en la Biblia. El otro profeta era un hombre llamado Ananías. Ambos se presentan ante el pueblo. Ambos le hablan a toda la gente y ambos dicen que están hablando de parte de Dios. Pero uno, Jeremías tiene un mensaje duro, incómodo. El otro, Ananías, tiene un mensaje suave y en cierto sentido esperanzador, aunque vamos a ver que se trata de una esperanza falsa. Dos profetas, ambos hablan con fuerza y con convicción. Ambos se expresan ante toda la gente. Ambos dicen venir de parte de Dios, pero sus mensajes van cruzados. No dicen lo mismo, pero ambos dicen que están hablando de parte de Dios.
¿Qué se hace en un caso de esos? ¿Cómo podría uno orientarse? Como nosotros hemos escuchado la lectura, sabemos que finalmente Dios demostró quién era el verdadero profeta. Y de hecho, vimos también que Jeremías le habló claramente a Ananías y le dijo esas palabras terribles. A ti Dios no te ha enviado, y como has predicado rebelión contra el Señor, tú morirás este mismo año. Palabra que efectivamente se cumplió porque ese profeta Ananías, murió ese año. Así que para nosotros, en este momento, es muy fácil responder quién era el verdadero profeta, a saber, Jeremías, y quién era el falso profeta, es decir, Ananías.
Ahora, para nosotros es fácil, pero pongámonos en la situación que estaba la gente cuando los oía. Seguramente en alguna plaza del pueblo, en alguna plaza de Jerusalén, los oían. Y Jeremías decía una cosa y Ananías decía otra cosa. Y ambos decían que hablaban de parte de Dios. Esa pregunta que estoy haciendo, ¿Cómo discernir? Es una pregunta importantísima, porque en nuestra época también hay muchos mensajes que se presentan como de parte de Dios y a veces, de hecho es lo más frecuente. Triste es admitirlo. Esos mensajes van también cruzados. Entonces hay personas que dicen que nos hablan de parte de Dios, pero nos dicen una cosa, mientras que otros también afirman hablar de parte de Dios y dicen otra cosa. El grado de desorientación es bastante grande. Además, no solamente dentro del pueblo católico aparecen estos distintos mensajes. Hay una cantidad de gente que propone cosas que ni siquiera tienen que ver con nuestras raíces católicas, sino que provienen del mundo oriental, por ejemplo, del budismo o del hinduismo. Tienen un origen completamente extraño y sin embargo se presentan como buenas explicaciones o como buenas soluciones. Y por eso hay perplejidad y desorientación.
Volvamos a la escena de la Santa Misa de hoy, la que presenta la primera lectura. Una persona honesta, una persona que busca el querer de Dios. ¿Cómo se hubiera podido orientar? ¿Cómo hubiera podido discernir cuando dos personas dicen dos cosas diferentes y ambos dicen que están hablando de parte de Dios? Pues mis hermanos, leyendo no solamente este pasaje, sino muchos otros de la Biblia, encontramos que hay tres criterios que pueden ayudar bastante. Tres criterios para discernir por dónde va el querer de Dios.
El primer criterio que hay que destacar es que Ananías dice lo que la gente quiere oír. Mientras que Jeremías tiene un mensaje antipático. Porque Jeremías estaba hablando de que había llegado el tiempo en que Dios iba a corregir, a purificar a su pueblo por medio de algo terrible que se llama el destierro, porque no los iban a llevar en cómodos vehículos, no los iban a llevar hasta Babilonia respetando sus derechos humanos. Bien se sabía que lo que anunciaba Jeremías era maltrato, dolor, lágrimas y esclavitud. Pero vamos con el primer criterio. Mientras que Jeremías anunciaba estas cosas difíciles, el otro Ananías anunciaba lo que la gente quería oír. Es decir, el imperio caldeo con capital en Babilonia va a fracasar. Nabucodonosor, que fue el que hizo la primera invasión a Jerusalén, va a fracasar y lo que sacaron del templo va a volver al templo y todo va a ser como antes. Eso era lo que la gente quería oír. Entonces, primer criterio de discernimiento. Cuidado con aquel que te dice lo que tú quieres oír. Y una de las señales de que tú estás a punto de ser engañado es cuando empiezas a cambiar de un profeta a otro, de un sacerdote a otro esperando oír lo que a ti te gusta oír.
Esto va muy unido al segundo criterio que lo adelanto, lo enunció. Jeremías habla de conversión. Su profecía está llena de un llamado a la conversión. En cambio, observa que Ananías no menciona conversión. Simplemente dice No se tensionen. No se preocupen, no hay ningún problema. Todo volverá a la normalidad, todo volverá a estar tranquilo. ¡Qué agradable es escuchar eso! ¿Pero no echas de menos la palabra conversión? Si la palabra conversión no aparece en el discurso de un supuesto profeta. Si la palabra conversión no aparece en lo que te dice algún sacerdote o algún visionario. Si tú lo escuchas y tú miras lo que ofrece y te das cuenta que no aparece la palabra conversión por ninguna parte, lo más sabio que te puedo sugerir es desconfía de eso. Entonces, primera razón de desconfianza. Si me están diciendo lo que yo quisiera oír. Segunda, que ya ves que está tan unida a la primera. Si no aparece la palabra conversión. Esto es algo que uno tiene que examinar muy bien, porque a veces es una tentación que le aparece mucho al predicador y sucede no solo en la Iglesia Católica, a veces hay la tentación para el predicador de ganarse a la gente, ganársela precisamente diciéndole lo que quieren oír. Porque las personas muchas veces están aferradas a sus caminos, están aferradas a sus pecados, están aferradas a su forma de vida. Y cuando la gente está aferrada a su forma de vida, pues ya sabes lo que pasa cuando la gente está apegada a su forma de vida, no quiere cambiarla.
Entonces, para el que es alcohólico la palabra ponte en un tratamiento es una palabra antipática. Para el que es drogadicto se necesita que desintoxiques tu organismo y que dejes la droga. Es una palabra dura. No quiere oírla, no quiere cambiar. En cambio, que le digan mira, puedes seguir consumiendo tu droga, puedes seguir llevando la vida que llevas. Eso es señal de falso profeta. Estás viviendo en adulterio, puedes seguir así, de hecho, puedes comulgar así. Una de las razones por las que es tan grave eso de decirle puedes comulgar así, es porque yo sé por experiencia de casi treinta años en el servicio sacerdotal. Yo sé que cuando una persona reconoce que no debe comulgar, el solo hecho de tener eso claro se convierte en un impulso, en un acicate que le está diciendo tengo que hacer algo. Tengo que hacer algo. Pero cuando la persona siente que simplemente puede ir a la iglesia, abrir la boca y comulgar, o extender las manos y comulgar. Cuando la persona siente que puede comulgar sin ningún cambio en su vida, pues esa persona queda confirmada en el pecado. Por eso hay una responsabilidad muy grande, muy, muy grande, cuando se manda a la gente a comulgar. Porque repito, la última barrera de la conciencia muchas veces es la Sagrada Comunión. Y si se envía a la gente a comulgar, pues en el fondo lo que se le está diciendo es, estás en perfecta comunión con Cristo y con la Iglesia. De hecho, el Sacramento de la Eucaristía, Sacramento de comunión.
Entonces, maltratar la Eucaristía en sí mismo es un pecado. Pero en el caso de las personas que están viviendo objetivamente fuera de lo que Cristo quiso. Enviarlos a comulgar, no sólo es maltratar la Eucaristía, sino confirmar a la gente en su pecado. Pero muchas personas quieren escuchar ese lenguaje, y muchas personas dirán que el lenguaje que yo estoy utilizando ahora es un lenguaje demasiado duro. Es un lenguaje antipático. Es un lenguaje sin misericordia. Pero es que la verdadera misericordia no está en abrazar tu pecado, sino en abrazarte a ti para liberarte de tu pecado. Por eso nos damos cuenta que Cristo, el Señor acogió a los pecadores, pero los sacó del pecado. Y esta segunda parte no hay que quitarla. Cristo acogió al pecador, pero lo liberó del pecado. Cuando se limita la misericordia sólo acoger, acoger y acoger, estamos falsificando el Evangelio y estamos confirmando a la gente en lo suyo.
Si yo estoy en la época de Jeremías y Ananías y veo que Jeremías habla algo que no me gusta oír, pero menciona conversión, ahí están los dos criterios. Y luego voy a oír a Ananías. Y Ananías dice lo que a mí me gusta. Bien, ese tipo habla bien, pero no habla de conversión, de dejar el pecado. Yo tengo que obrar, tengo que obrar con valentía y no dejarme llevar simplemente por mi gusto y por consiguiente, obrando con valentía. Yo tengo que decir, aunque me gusta lo que está diciendo Ananías, ese no es el camino. Prefiero quedarme con Jeremías, aunque su lenguaje sea tan duro, porque él me está mostrando el camino que es.
Hay un tercer criterio y ese tercer criterio está en la esperanza, en la verdadera esperanza. Me explico. Verdadera esperanza ¿Qué es? A ver. Falsa esperanza es, no tienes que convertirte porque no va a pasar nada. En el fondo, no va a pasar nada. Eso se llama falsa esperanza. Pero cuidado. Hay profetas que dan falsa esperanza. Ese fue el caso de Ananías. Pero también hay profetas que no dan ninguna esperanza. Y esos también son falsos. Entonces el verdadero profeta no cae en el error de dar falsas esperanzas, pero tampoco cae en el error de no dar ninguna esperanza. Entonces el verdadero profeta da verdadera esperanza. Este discernimiento, esta parte del discernimiento, es un poquito más complicada, porque mira que son tres posibilidades. Hay profetas que dan falsa esperanza. Es el caso de Ananías. Hay profetas que no dan ninguna esperanza. Ya vamos a dar ejemplos de eso. Es el caso de aquellos que presentan como inevitables, una cantidad de catástrofes y de desastres. Hagamos lo que hagamos. Y hay otros profetas, los verdaderos profetas que anuncian verdadera esperanza. Entonces, en el mundo de los falsos profetas hay profetas que anuncian falsas esperanzas. Ya esos están descartados. Ese es el caso de Ananías. Pero hay profetas que parece que no dan ninguna esperanza.
Y voy a mencionar aquí algo que es muy importante, porque viene de un gran maestro de la fe, nuestro muy querido Papa Benedicto Decimosexto. El Papa Benedicto hacia el año dos mil hizo unas muy buenas catequesis, sobre todo una, sobre lo que significa el tercer secreto que la Virgen María reveló en Fátima a los pastorcitos. Y algunas personas dicen pero es que ese tercer secreto no se cumplió. Y la razón por la que ellos dicen que no se cumplió es porque parte del texto supone que el Papa tendría que abandonar la ciudad de Roma. La aplicación que hizo, el que entonces era cardenal Joseph Ratzinger. La aplicación y la explicación que hizo Ratzinger sobre el tercer secreto de Fátima fue que se había cumplido en la persona del Papa Juan Pablo Segundo, que tuvo aquel atentado el trece de mayo de mil novecientos ochenta y uno. Esa fue la explicación y la aplicación que hizo el cardenal Ratzinger, después nuestro querido Papa Benedicto. Pero entonces hay gente que dice espérate, porque en el texto del tercer secreto se habla de un Papa que tiene que huir de Roma y por consiguiente eso no se ha cumplido. Por consiguiente, está mal la interpretación del cardenal Ratzinger, o por lo menos está incompleta. Y con los años que tengo hermanos, ya perdí la cuenta de la cantidad de películas, conferencias, libros, documentales que hablan de la verdad completa sobre el secreto. El tercer secreto de Fátima. Es decir, ellos no creen que la interpretación que dio el entonces Cardenal Ratzinger sea la correcta, porque para ellos tenían que cumplirse todos los detalles de lo que se dijo en ese relato que lo custodió Sor Lucía. Una de las tres personas que tuvieron las visiones de la Virgen en Fátima. Tenían que cumplirse todos los detalles.
Joseph Ratzinger explicó muy bien ese punto y él dijo las predicciones proféticas no son inevitables, como si yo ya hubiera visto una película y por consiguiente les puedo contar a ustedes el desenlace. Es muy importante esta enseñanza de Ratzinger. Las verdaderas profecías no son como adelantos de una película que yo ya vi, sino son ante todo llamados, exhortaciones a la conversión. Y por eso en las profecías hay siempre un elemento condicional. Eso no le gustó a mucha gente y por ahí andan varios. Prefiero no decir nombres, entre otros un sacerdote, en fin, que están diciendo que ahora sí se va a cumplir el tercer secreto. Que al mismo Benedicto lo van a matar, que al Papa Francisco lo van a matar, que en fin, toda una serie de catástrofes. Y hay mucha gente a la que le gusta oír esos mensajes. Por algo me mandan tantos materiales sobre eso. Pero hermanos, ¿Qué es lo que hay detrás de esa mentalidad? La idea de que una profecía es como haber visto por adelantado el final de la película. Y la Biblia misma nos muestra que eso no es una profecía. El caso más notable es el del profeta Jonás. Lee el profeta Jonás, por favor. Te vas a encontrar que cuando Dios envía a Jonás, le encomienda que diga este mensaje. Dentro de cuarenta días, la ciudad de Nínive será destruida. Eso era lo que tenía que decir. Dentro de cuarenta días, la ciudad de Nínive será destruida. Y ¿Cómo acaba el libro del profeta Jonás? Acaba con que Nínive no fue destruida. Así termina. Entonces ¿Era un mentiroso el profeta Jonás? No. Lo que sucede es que, como bien enseñó Joseph Ratzinger, las profecías tienen siempre un elemento condicional. Porque nosotros los cristianos no creemos que nuestra vida sea el desenlace de una película que ya fue filmada. Nuestra vida es una respuesta y diálogo permanente con la providencia y con el amor de Dios. Entonces los mismos que le dicen al cardenal Ratzinger hoy Papa Benedicto, los mismos que le dicen, esa no puede ser la interpretación del tercer secreto, porque falta que se cumpla tal o cual cosa. Esos mismos tendrían que decirle a la Biblia que Jonás no fue profeta porque Nínive no fue destruida.
Resumiendo, el verdadero profeta anuncia una verdadera esperanza y se alejan de la verdadera profecía, tanto los que presentan una falsa esperanza, que era el caso de Ananías, como los que presentan ninguna esperanza, porque estamos metidos en una película que ya fue filmada. Reunamos entonces los tres criterios que uno debe tomar como grandes, como poderosos indicadores de si hay o no hay que creer un determinado mensaje.
Primero. Desconfía de aquel que te habla de aquello que tú querías oír. Desconfía de eso. Cuidado con eso. Esto incluye también el caso de aquellas personas que andan buscando que les digan que sí les hicieron una brujería. Y lo que yo he visto es que tanto los brujos que tienen su negocio en una ciudad como Bogotá. Como la mayoría de los equipos de liberación que trabajan con sacerdotes con ese ministerio, tienen la costumbre de diagnosticar siempre. Usted necesita que le hagan liberación porque a usted le hicieron algo. Míreme la cara y míreme la edad que tengo. Yo conozco el trabajo de sacerdotes que están en el Ministerio de Liberación y que tienen sus equipos de oración y todo. Quedémonos solo en el caso de la Iglesia Católica. ¿ Qué he visto? Sabes lo que he visto en los años que tengo. Si he conocido un caso. No, he conocido dos. De personas que se han acercado a esos grupos de liberación y que les hayan dicho no, lo tuyo no tiene que ver con liberación. Lo tuyo tiene que ver con malas decisiones que tomaste o tiene que ver con la situación económica del mundo. No, la gente quiere oír que le digan que sí les hicieron algo. Eso es lo que la gente quiere oír. Y por eso estamos diciendo, el primer criterio es Desconfía de lo que tú quieres oír. Desconfía de eso. Desconfía, si lo que te dicen corresponde a lo que tú querías oír.
Segundo criterio, tal vez el más importante de todos. Si te llaman a verdadera conversión como la enseña y practica nuestra Iglesia Católica, entonces buena seña. Si no aparece el lenguaje de la conversión. Aparentemente es un libro muy espiritual. Aparentemente es un padre muy espiritual, es un padre que ha predicado, es un monje que ha predicado en no sé cuántos países, ha vendido millones y millones de ejemplares. ¿Y? eso no demuestra nada. A veces lo más popular, incluyendo lo que se vende en librerías católicas, no es católico. No te dejes engañar. Yo he tenido en mis manos libros de autores y tú pasas y pasas páginas y se acabó el libro. Y nunca hubo una invitación a la conversión. Conversión que significa aceptar el valor infinito del sacrificio de Cristo, el valor infinito de su Santísima Sacratísima Sangre y lo que implica dejar el pecado. Primer criterio, perdón que me repita. Cuidado cuando te dicen lo que querías oír. Segundo criterio, cuidado cuando no aparece por ninguna parte, conversión y dejar el pecado.
Tercer criterio, si la persona no da pie, no da espacio a la esperanza, como el caso de los que están obsesionados con Fátima, o si la persona anuncia una falsa esperanza como el caso de Ananías, apártalo. Eso no es. Si la persona, ya dije, habló de conversión y detrás de la conversión trae una verdadera esperanza que implica la proclamación del señorío de Dios en todas las áreas de nuestra vida. Buen punto. Esos son los tres criterios. En resumen, no me guío por mi gusto. Escucharé a los que me llamen a conversión y tendré un buen examen para saber si abren verdadera esperanza.

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