Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía o181003a, predicada en 20000807, con 36 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Muy queridos hermanos, el pasaje del Evangelio es conocido. Y esta característica nos debe invitar a ponernos en guardia con nosotros mismos. Cuando uno oye una palabra que es completamente nueva, la atención se despierta. Pero cuando uno oye un pasaje que ya ha escuchado otras veces, fácilmente uno se distrae. Ah, sí, la parábola del sembrador. Sí, sí, la multiplicación de los panes, lo de la adúltera. Los pasajes conocidos del Evangelio, los pasajes que creemos que ya conocemos, son pasajes que se pueden perder para provecho espiritual nuestro, a menos que estemos especialmente despiertos con el corazón amoroso hacia Cristo. La multiplicación de los panes. Si el pasaje de la multiplicación de los panes. Un momento, y es que estamos simplemente ante un mago que tomó unos panes y los multiplicó. Estamos simplemente ante un panadero celestial. Aquí hay mucho más que eso.

Y el corazón atento, amoroso y vigilante descubre siempre algo nuevo en la Palabra. ¿Estamos seguros de haber escuchado este evangelio? O simplemente lo digo porque a mí me ha pasado. Cuando ya empezó el relato que se sentó, que la multitud, ah, sí, ya, ya sé. Y como que le bajamos el volumen a la atención. Es muy peligroso que esto nos llegue a suceder, porque dejaríamos de escuchar a Dios que nos habla a través de su Palabra. La multiplicación de los panes. Sí, pero ¿qué rodeó a esa multiplicación? ¿Y qué sucedió ahí? ¿Y qué me quiere decir Dios hoy con eso? Y a esta asamblea reunida, no está reunida por casualidad. Esta Eucaristía está culminando un día de predicación, de oración, de confesión, de conversión. ¿Qué nos dice en este momento este Evangelio? Como es probable que no recordemos todos los detalles, vamos a repasarlo un poquito, a ver qué sorpresas tiene el Espíritu Santo para nosotros en este pasaje que por conocido no lo hemos oído con el corazón.

Al enterarse Jesús de la muerte de Juan, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Por el lado de la tranquilidad, muy rico. ¿Rico para quién? Para los apóstoles. La viuda de los apóstoles se había vuelto una especie de carrusel donde no paraban los enfermos, los posesos, los pobres, enfermos, posesos, pobres, enfermos, posesos, pobres. De manera que esta gente estaba que ya no podía más. Los adjetivos utilizados son importantes porque todo este pasaje tiene que ver con los discípulos. No tiene que ver con un mago que multiplica panes. Los discípulos. Vamos a seguirle el hilo a los discípulos a ver qué les pasó. Un lugar tranquilo ¡que descanso! Un lugar apartado ¡qué peligro! ¿Por qué peligro? Porque en los lugares apartados no hay donde conseguir alimento. Pero el lugar era así, tranquilo y apartado. Al saberlo la gente lo siguió por tierra desde los pueblos. Esto era algo que Jesús podía esperarse, pero era algo que no le gustaba demasiado a los discípulos. Sigue el carrusel. Pobres, enfermos, posesos, enfermos, posesos y pobres. Al desembarcar vio a Jesús el gentío le dio lástima. A Jesús le dio lástima. Yo me permito suponer que a los discípulos no les dio tanta compasión ni tanta misericordia. ¡Otra vez esta gente! A Jesús le dio lástima. Pero Jesús, que estaba en todo y que no se le pasaba ni una, se dio cuenta de que a los discípulos no les había dado esa misma misericordia. Sigamos la escena. Curó a los enfermos.

Podemos imaginar a los discípulos por allá sentados o acostados, esperando cuando terminara la sanación de hoy. Finalmente curó a los enfermos. Se hizo tarde y entonces se acercaron los discípulos. fueron ellos los que fueron donde Jesús se acercaron a decirle: Estamos en despoblado, es muy tarde. Despide a la multitud para que vayan y se compren de comer y nos dejen en paz. Y a ella alcanza lo poquito que tenemos. Ese es el problema. El problema no está en si hay o no hay panes. El problema está en que estos discípulos ven que se está haciendo tarde, que esa gente no se suelta de Jesús a ninguna hora y que apenas tenemos cinco panes. Bueno, hay que recordar cómo eran esos panes. Esos panes eran supremamente nutritivos. A la gente pobre cuando trabajaba un día le daban un pan de esos como alimento de todo el día, eran panes grandes. Además era pan integral con centeno, vitaminas nutrientes y minerales. Eran unos panes buenos, panes saludables. Algunos de ellos tenían crunch. Tal vez grandes y nutritivos. Los discípulos tenían sus cinco panes por allá guardados. Y resulta que un pan de esos podía calmar el hambre de todo un día.

La escena sucede más o menos de medio día hasta la tarde. O sea que estamos cuantos a ver estamos diez, doce, Jesús, trece, trece personas. Y hay cinco panes y dos peces, de a medio pan o un poco menos, que nos quede por ahí algún bobo. Juan se pondrá a hacer ayuno o lo que quiera y nos alcanza aquí. Es decir, está lo de nosotros. Las cuentas que hicieron los discípulos fueron estos. Aquí están los de nosotros. Y eso guardado allá en una bolsita aparte. Nadie sabía, nadie sabe nada, nadie ha hablado de favor a nadie. Ahí estaba la bolsita. Y entonces ¿qué hace falta para que nuestro plan perfecto funcione? Pues que se largue toda esta gentuza. Que se haga tanto enfermo no deja la vida en paz. Que se vaya, que se acabe tanta misericordia. Ojo, que se acabe tanta compasión de Cristo, que se acabe eso y que nos dejen aquí en paz. Jesús les replicó: No hace falta que se vayan. ¿Ahora, qué va a hacer? Y esa frase de Jesús, es el centro en realidad del Evangelio de hoy, según la versión de Mateo. Dadles vosotros de color. ¿Eso qué quiere decir? No escondan, no escondan lo que tienen. Mentirosos, duros de corazón, hipócritas, creen que no me di cuenta; que cuando llego la gente, le sacudió la gente. Cuando llegaron los enfermos, les fastidiaron los enfermos. Creen que no me he dado cuenta que les fastidia la gente y que no hayan la hora de que se vaya la gente para comer a sus anchas. Duros, saquen de donde ustedes, todos ustedes.

Claro que Jesús conocía matemáticas. La Escuela Primaria Cooperativa Integral de Nazaret, seguramente le había enseñado que comiences panecitos, no se podía hacer nada para tanta gente. O sea que el sentido de la Palabra de Cristo ¿qué es? Es una denuncia directa al corazón de los discípulos. Porque los protagonistas, en cierto modo de este pasaje del Evangelio son los discípulos. Deja de esconder lo tuyo, deja de ocultarlo tuyo, déjame reservarte lo tuyo, dame lo tuyo, y alcanza para ti, para ellos, para mí, para todos. Dame lo tuyo, eso que tienes escondido. Cuando uno oye el Evangelio y dice: Ah, sí, otra vez la multiplicación de los panes que una vez Jesús se puso y eso se acaba y se acaba panes. Eso no produce nada en el corazón. Pero en el momento, en el punto en el que nos encontramos de nuestra reflexión, yo creo que ya la cosa es distinta. Dame de lo tuyo. Qué tal que uno se ponga a analizar. Bueno, y ¿cuáles serán mis cinco panes y dos peces? ¿Qué es lo que yo estoy escondiendo y quiénes son los que me están estorbando? Esas son las dos preguntas de este Evangelio.

¿Qué es lo que yo estoy escondiendo para mí? Para mí aquí. Que nadie se dé cuenta. Menos mal. Reservé aquí mi bolsita. ¿Y quiénes son los que me están estorbando? Hay que salir de esta celebración eucarística con la mente clara en esas dos preguntas ¿Qué es lo que yo escondo? Como los discípulos escondían sus cinco panes y dos peces, y segundo, ¿quiénes son los que me estorban? ¿quién es? Entonces ya estamos ante un Evangelio que no solamente habla de panes y peces y palestina y el mar, el cielo, las estrellas, las fases de la luna. Estamos aquí. estamos aquí en la tierra. Y Jesús te está diciendo: Hey, tú, ¿por qué escondes lo tuyo? Y segundo, ¿por qué te escondes? ¿Y de quién te estás escondiendo? El cuadro que los discípulos tenían muy claro era: Ahora se va toda esta gente. Los despedimos. Bueno, maravilloso. El Señor es todo grande con ustedes. Sí, sí. Muy bien. Terminen de irse. Procuren no volver. Hasta luego. Hasta luego. Adiós. Adiós. Ya se fueron. Así que ahora. Sí. Sentémonos. Sentémonos. Vengan esos panes para acá. Ese era el cuadro de los discípulos. Pero resulta que el cuadro de Jesús es distinto. Ellos le replicaron: Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. Como quien dice Jesús, no compartamos aquí. No, Jesús no compartamos es un poquito fijate no alcanzan, no alcanzan, de manera que no compartamos para que. Eso eso y nada es lo mismo. Tráemelos Si ustedes dicen que es poquito, denme ese poquito. ¡Qué mensaje tan bello el de Cristo! Tú dices que no puedes hacer nada. ¿Yo qué puedo hacer por el Evangelio? ¿Yo qué puedo hacer por él? Yo, yo, yo ¿qué puedo hacer? A ver, una persona como yo. ¿Yo qué puedo hacer? Claro, como no es nada, no lo hago.

Miserable hombre de corazón duro. A ti te dice Jesucristo: Si es poquito, por qué no me das, al fin y al cabo es poquito. Jesús da la vuelta al argumento uno. Uno dice: No te lo doy porque es poquito, no vale la pena. Y Jesús dice: Pero si es poquito, entonces dame tú un poquito. Como es poquito, no te importará dármelo. Y uno dice. ¿Y cómo así, hermano? Traédmelos. Yo me imagino a los discípulos mirando uno al otro diciendo. ¿Quién fue el pato aquí? ¿Quién? ¿Quién le contó? ¿qué pasó aquí? ¿Por qué falló el plan? No hay plan B. ¿Qué pasa? Traedmelos dice Jesús. No hay nada qué hacer. Hay que llevarle los panecillos.

Y mientras ellos estaban trayendo los panes, otra voz de Jesús recuéstense en la hierba. Ya los hizo sentar. Y ahora. La cosa se supone que iba a quedar aquí entre nos, si. Se iba a quedar aquí entre nos. Era una cosa aquí como íntima entre nosotros, pero ya Jesús nos hizo sentar, ya Jesús me hizo quedar como yo soy, como el egoísta que es mío, como el mentiroso que es capaz de mezquinar a Dios un pedazo de pan. Ahora sí que es como yo soy. Siéntense. Manda Jesucristo. Y nos hizo sentar en la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces. Alzó la mirada al cielo. ¡Cómo me gusta esa imagen! No. Cristo, con los ojos levantados al cielo, es tan bello pensar en Jesús con esos ojos hermosos. Ojos levantados al cielo. Ahí como que se miraban dos cielos. No. Ante los ojos de Cristo, el cielo de la tierra miraba al cielo del cielo con los ojos de Cristo. Levantó los ojos al cielo. Pero aparte de esta realidad tan poética y tan hermosa, hay algo aquí que también es enseñanza para nosotros. Los discípulos todo el tiempo habían argumentado, mirando horizontalmente ese tipo que viene allá. Este que acababan de exorcizar debe tener un hambre salvaje porque el demonio no lo dejaba comer. Ese tipo debe tener un hambre salvaje. La otra señora de allá que anda con tres chinitos. Esa mujer debe estar que no puede del hambre. ¿Y el de allá? Ellos estaban mirando así horizontalmente. Estaban mirando el problema así. Y de vez en cuando cambiaban el ángulo y miraban así a la tierra. A ver, a ver. De dónde sacó más pan. Jesús levanta la mirada al cielo. Son tres maneras de mirar. Mirar a la tierra es mirar lo que yo puedo hacer. Con el trabajo se saca el pan de la tierra.

Mirar horizontalmente es mirar qué necesitan mis hermanos y qué puedo darles yo. Esas dos miradas son necesarias. La mirada al trabajo mío y la mirada a mis hermanos y a sus necesidades. Pero quedan incompletas. Y falta la tercera mirada. Y la tercera mirada es al cielo. Muchas veces Jesucristo mostró que es necesario mirar al cielo para descubrir, por ejemplo, que Dios hace salir el sol sobre malos y buenos. Que Dios hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Hace falta mirar al cielo para descubrir que Dios pinta un cuadro de arreboles hermosísimo y no cobra un centavo. Hay que mirar al cielo para ver la libertad de los pájaros y descubrí que a ellos los cuida el Padre Celestial. Hay que mirar al cielo para descubrir como el trueno y el relámpago nos revelan también la dureza de la vida. Hay que mirar al cielo para descubrir la luz, la noche. Hay que mirar al cielo para descubrir los luceros, obras de Dios. Y no cambiará Dios por ningún ídolo. Necesitamos las tres miradas. Mira lo que tú puedes hacer. Mira tú, te necesita. Pero mira quién los hizo a ambos. Ahí empieza, ahí nace la generosidad. Mira al cielo Pronunció la bendición. Esto también es hermoso para mí, porque resulta que hay dos usos del verbo bendecir. Cuando Dios nos otorga sus bienes, decimos que nos bendice. Cuando nosotros agradecemos con alabanza a Dios, le bendecimos a Él. Son dos usos del verbo bendecir. Cuando decimos vamos a bendecir al Señor, estamos agradeciendo los bienes. Cuando decimos que El Señor nos ha bendecido, en este día estamos reconociendo sus bienes.

Y resulta que el evangelista nos dice aquí solamente pronunció la bendición y uno no sabe si bendijo a Dios por ese pan, o bendijo ese pan con la mirada y el amor de Dios. Bendito sea el Espíritu Santo que no aclaró cuál de las dos bendiciones era, para que nosotros entendiéramos que Jesús es la bendición, porque Jesús es la bendición que Dios le regala a esta tierra y Jesús es la bendición que nosotros, humanidad solidaria con su cuerpo, le da a Dios. Nosotros bendecimos a Dios Padre por su Hijo y nosotros nos unimos al Hijo para bendecir al Padre. Jesús pronunció la bendición, bendijo a Dios por el pan, bendijo al pan con el amor de Dios partió los panes. ¿Y qué hizo? Se los dio a los discípulos. Mire tenga, vea, vea que si había. Tenga para que llegue, tenga para que llegue. Si había, no. Jesús nos enseñó no solo con las palabras hoy en este evangelio, no nos enseñó tanto con las palabras, sino con los hechos. Yo me imagino sus discípulos, los pocos de pan, y pensando: Y yo que dije que esto no alcanzaba. Pero hay todavía otro detalle. Recuerde usted que el Evangelio es infinito.

Hay otro detalle, dice aquí: Jesús alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, se los dio a los discípulos. Cuando los discípulos comieron, se los dieron a la gente. No dice así. Lo que dice es: Se los dio a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente. Mucha hambrecita. Primero aprende a servir. Primero aprende a servir. Yo imagino sus discípulos llevando esos panes y aprendiendo de Jesús, aprendiendo de Jesús, esas tripas que bramaban y otros repartiendo pan, repartiendo el pan. Primero. Primero lo primero. Primero mis preferidos, que son los pobrecitos, que son los enfermitos, esos que ustedes no quieren voltear a mirar. Primero ellos. Sí, hombre. Usted resiste más. Usted resiste más. Porque usted no tiene ni la enfermedad, ni la pobreza, ni la terrible vejación que está sufriendo esa persona. Primero mis pobrecitos y después. Entonces, si sigue el Evangelio. Comieron todos, todos y sobró. Recogieron doce cestos llenos de sobras, cestos llenos de sobras, pan y pan en abundancia.

También en esto, en esta palabrita, en estas palabritas, hay otra enseñanza de Dios. Que Dios nos enseñe por favor, a meditar la Escritura, porque yo pienso que nosotros pasamos por encima de la Biblia como en avión supersónico, ni nos enteramos de lo que está escrito ahí. Mire. Recogieron los cestos llenos de sobras. Este milagro lo cuentan los cuatro evangelios. Te voy a contar un descubrimiento que hicimos una vez en nuestra clase de griego cuando estábamos estudiando este texto en el Evangelio según San Juan. Allá se encuentra en el capítulo sexto. Resulta. Resulta que lo que aquí aparece descrito los canastos llenos de sobras. En el Evangelio de Juan aparecen junto con una consigna que da Cristo; que nada se pierda, que nada se desperdicie. Una expresión bonita, para mostrar el respeto de Cristo por el trabajo humano. Una expresión bonita para expresar el agradecimiento con los hechos ante el Dios que da todo el alimento. Una expresión hermosa para mostrar que mientras haya hambre en el mundo, no se puede desperdiciar alimentos. Una expresión preciosa para decirles a los discípulos. Así como aquí quedaron estas obras. Así hay que seguir repitiendo este milagro hasta el último confín de la tierra.

Porque resulta que tenían cinco panes y recogieron doce canastos con las sobras. Esos canastos con las sobras son el comienzo de un nuevo milagro que Cristo quiere hacer. Pero una multitud aún mayor. Mucho más grande. El milagro debe continuar. La generosidad del amor debe continuar. La misericordia debe continuar. ¿Hasta cuándo? Hasta que vuelva el Señor. El verbo griego que utiliza Cristo en el Evangelio de Juan es el verbo apóllymi que significa echar a perder. Cristo dice que nada se eche a perder. Y esta otra frase de Cristo también va mucho más allá de los panes y de los alimentos. Cristo es el gran administrador. Es lo que en términos administrativos se llama técnicamente un duro. Jesucristo es un duro, un tenaz. Jesucristo es un genio. El verdadero genio de la administración no es el que cancela una parte de los recursos. Anula una parte de las personas, echa a perder una parte de la historia. El verdadero administrador es el que dice lo que dijo Cristo; que nada se desperdicie. Y desde aquí podemos juzgar la justicia social de nuestro tiempo.

Usted ha oído la palabra reingeniería. Una palabra que suena bonita en los estantes de las librerías y suena pavorosa en la fábrica o en la empresa o en la oficina donde usted está. Cuando uno ve la reingeniería en las librerías dice: Qué maravilla, van a rediseñar la nueva teoría administrativa que va a optimizar los recursos para que optimice todo lo que estamos haciendo y se optimice. La optimización. Ahora bien, hacer óptimo todo. Pero para que todo sea óptimo necesitamos al menos la mitad de los empleados. Vamos a optimizar en este momento esta fábrica, de manera que todos ustedes deben irse a la porra. Vayanse, estamos optimizando. Sí. Es muy lamentable. Es terrible. Pero vayan, vayan. En alguna parte les recibirán. Hay un manicomio, leprocomio. Donde ustedes en algún momento podrán recibir algún mendrugo. Púdranse bien puedan. Claro que uno entiende que no necesariamente las fábricas, empresas u oficinas deben tenerlo uno a uno hasta la muerte. No. Sin embargo, mi comunidad sí me recibió hasta la muerte. Fíjese que hay diferencias. Resulta que uno entiende que eso no debe suceder. Pero si nosotros pensamos en el sistema económico como tal, no en una empresa, vemos que de hecho el sistema económico manda a la perdición, manda a que se pierdan, manda a que se prostituyan, manda a que se degeneren, manda a que se mueran, multitudes. Nosotros somos los genios de la administración. Hemos llegado aquí. Vamos a cambiar el sistema financiero de este país. Por consiguiente, tenemos una tecnología que es una súper tecnología con ultra súper tecnología. Vamos a optimizar todos los recursos, de manera que con nuestra súper tecnología ya no caben esas empresas financieras chiquitas, esas empresas. Eso tenemos que acabar. Y se acabó. Y se acabó. Se acabó. Y eso, señores, qué pena. No les habían afilado las garras. Y en este mundo el que no tenga garras no tiene cómo defenderse. Problema de ellos. Nosotros somos los genios financieros.

En esta escena, en este capítulo, el ganador se llama yo. Esa es la administración moderna en la inmensa mayoría de los casos. Ojalá haya excepciones, pero la administración moderna que yo conozco consiste en eso. Sea usted el primero. Afile sus garras. No se deje de nadie. Suba. Suba. Así la escalera sea de cráneos, suba, suba. Esa es la administración moderna. Y los que queden por el camino. El que tenga, tú sabes. Esto se llama supervivencia del más fuerte. Darwin ya lo dijo. Darwin ya lo dijo. No estaban hechos para esta tierra. Pero van a quedar en la calle, se van a morir. No es mi problema. Mi problema es ser un genio financiero. ¿Me entiende? Soy un genio. Un genio, González. Entonces, la optimización nuestra. La optimización según el mundo, consiste en que se pudrá el que se pudra y se muera el que se muera y se pierde el que se pierda. La administración, según Cristo, es otra Que nada se pierda, que nadie se pierda.

Pero hay otra interpretación de esto que, como ustedes ven, podría llevarnos muy lejos. Prometo resumir. Cuando uno va a hacer la administración o reingeniería, la propia vida, uno suele hacer la misma operación. Uno dice bueno, voy a analizar mi vida. Al fin y al cabo, se supone que estos eventos religiosos son para que uno analice la vida y para que uno organiza su vida. Listo, Me pongo en la presencia de Dios. Señor, estoy en su presencia. Yo me convertí dira alguna persona. Yo me convertí a los veintiocho años. Quiere decir que fueron veintiocho años perdidos. Qué ha cancelado todo ese tiempo de mi vida. Estuve dos o tres años en una comunidad muy bonita, laical, hermosa. Teníamos unas actividades preciosas. Íbamos al teatro de la Gobernación. Fue muy bello ese tiempo. Pero después entraron las envidias, entraron los problemas, entraron las discusiones y todo eso se acabó. Y me aparté de Dios cuando tenía treinta años. Esa sí fue la época en que me degeneré. Esto sí fue la degeneración, hasta que tenía cuarenta y siete años. Y entonces fui a un retiro y en ese retiro dieron un testimonio que me hizo llorar. Como yo no lloraba desde hacía mucho tiempo. Y entonces volví a Dios y le pedí que me perdonara. Quiere decir que de los treinta y uno a los cuarenta y siete años está cancelado este tiempo. Jesús hoy te invita a que no hagas eso. Jesús te invita hoy a que no consideres desaparecido ni aniquilado ningún tiempo de tu vida, ningún tiempo de tu vida, ninguno. Pero si yo en esa época ni rezaba ni me postraba ante el Santísimo. Mire, con decirle que no me sabía ni alabaré. Fue una época realmente muy mala de mi vida. Era una época vergonzosa. Fue una época vergonzosa. Yo ahora me acuerdo y me pongo colorado. Solo que los negros no nos vemos rojos, sino morados. Pero yo me acuerdo. Eso fue, fue una situación terrible. ¿Por qué quiere cancelar esa época de su vida? ¿Por qué, mamá? Yo no esperaba. Yo no creía. Yo no rezaba. Señor, salga de su yo en esos años. Dios, sí lo amaba. Dios, sí lo esperaba. Dios sí lo bendecía.

Es que precisamente el mensaje que le estamos diciendo es que usted no es el único que hace su vida. Los años que usted quiere cancelar, no los cancele. Déjelos ahí vivos. Mírelos. Pero es que me dan vergüenza. Pues bueno. Muy bueno, que le de vergüenza. Póngale una y otra vez. Esas son sus llagas. Que por alguien que llegará donde un crucifijo con un poco de curitas, de banditas y empezar a taparle las llagas. Porque así como tan, tan repugnante, tanta llaga. Es blasfemo pensar así. ¿Cierto? Tienen que estar abiertas las llagas de Cristo, porque en esas llagas puedo yo descubrir el amor de Dios. Pues no le ponga usted tampoco curitas, banditas, esparadrapo a las épocas tristes de su vida. Pero es que son mis llagas, pues por eso. Pero eso tiene que crear sus llagas abiertas. Sus llagas tienen que quedar abiertas, ojo, abiertas ante las llagas abiertas de Cristo, abiertas sus llagas, las suyas ante las llagas abiertas de Cristo. Así tienen que quedar. ¿Y si me traumatizo? Quiere decir que usted está dejando sus llagas abiertas ante usted mismo. Porque cuando se reúnen, así como dice la gente, me voy a reunir yo conmigo. Cuando se reúne usted con usted mismo y averigua de dónde viene y para dónde va, para ver si usted cree que usted puede usted lograr lo que usted quiere. Esta es, entre paréntesis, la Nueva Era. Meditemos, meditemos, meditemos. ¿Y que la meditación? Es meterme por dentro de mí. No se rían. Voy a meter dentro de mí. Voy a entrar en mí. Claro que una persona que está en eso, cuando se encuentra con una llaga, dice Bueno, voy a hablar eso conmigo, cuál de los dos es está llaga. Ahí no hay nada que hacer. Pero si yo estoy ante Jesucristo. Entonces yo le digo Jesucristo, Jesús toma a ti mi llaga, y yo tomo la tuya. Tu llaga me sana y mi llaga en ti es un espejo de tu mismo amor. Por eso esa frase dice, hasta dónde nos llevarán las obras del milagro de él. Esa frase que nada se desperdicie es una de las consignas más profundas y más hermosas de Jesucristo. Que nada se desperdicie. No dejes perder el tiempo de tu vida. No lo dejes perder.

Todo ese tiempo, en primer lugar, es llaga y puedes unirlo a las llagas de Cristo. Y en segundo lugar, todo ese tiempo te sirve para que recuerdes una cosa. Cuando yo no pensaba en él, Él ya pensaba en mí y eso te va a hacer humilde, te va a ser agradecido, te va a hacer orante, te va a prevenir de recaer en el pecado. Hermanos, muchas otras cosas tendría para deciros, pero no podéis con ellas ahora. De manera que quedémonos con las enseñanzas que el Espíritu Santo le haya dejado a cada corazón. Acuérdese la escena de los discípulos y acuérdese cómo Cristo enseñó a los discípulos lo que son las palabras. Tal vez nunca hubieran entendido. Y recuerde también la consigna de Cristo que nada se desperdicia. Y recuerde los ojos de Cristo. Porque ese día el cielo de la tierra estaba mirando al cielo del cielo. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

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