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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los verdaderos profetas y los falsos profetas.
Homilía o181002a, predicada en 20000807, con 6 min. y 53 seg. 
Transcripción:
La Biblia nos habla en muchos lugares de falsos profetas y nos habla también de verdaderos auténticos profetas. Pero no hay muchas ocasiones en que aparezca un enfrentamiento como el que escuchábamos en la primera lectura Jeremías profeta, Ananías, profeta. Jeremías que asegura el triunfo y la permanencia del reinado de Nabucodonosor, el caldeo que cargó toda esta gente o casi toda para el destierro. Ananías, en cambio, predica que aunque Nabucodonosor ya ha logrado algo, es una victoria falsa y pronto Dios va a poner orden en las cosas. Dos palabras en contradicción, ambas dichas de parte de Dios, que infunden confusión polémica dentro del pueblo. ¿Cómo distinguir los verdaderos de los falsos profetas?. El libro del Deuteronomio trata la cuestión en dos lugares en los capítulos trece y dieciocho. Básicamente lo que dice es que hay como dos géneros de falsos profetas. Hay un profeta que es falso porque enseña la confianza en dioses distintos de Yahvé. Y dice el Deuteronomio aunque realizará los milagros y los prodigios que sean, es un falso profeta y debe ser apedreado. Otro es el caso del que no induce a rebelión contra Yahvé, pero lo que dice no se cumple. Entonces este dice, el Deuteronomio es simplemente un charlatán y hay que hacer caso omiso de él. ¿Cómo encontrar la verdadera palabra que viene del Señor? Lo que decía Ananías tenía sentido. Dios no puede dejar a su pueblo en esa humillación. Dios hará brillar su gloria, y la manera de salir por la gloria de Dios es otorgándole la victoria a Dios, Nabucodonosor no puede tener la última palabra. En cambio, el mensaje de Jeremías era muy complicado, porque como sabemos, Jeremías lo que decía era mire, en este turno lo que nosotros tenemos que hacer es soportar el castigo y darnos cuenta de que Dios en este caso le ha dado realeza a Nabucodonosor, así sea nuestro enemigo hay que someterse a Nabucodonosor. Hay que soportar un tiempo convertirse al Señor, finalmente dará la victoria. Es decir, que en el fondo ambos prometían victoria de parte de Dios. Pero la diferencia está en que Ananías hablaba de una victoria sin conversión, mientras que Jeremías veía en la mano incluso impía de Nabucodonosor, veía la ocasión de una penitencia, la ocasión de una conversión. Es decir, que, por lo menos en este caso, sí había un criterio que podía utilizarse y quizá fue el que le iluminó el que sirvió para iluminar el entendimiento de Jeremías. Ananías proponía un restablecimiento del orden, pero un orden aparente, porque todos los desórdenes que por ejemplo, Jeremías había denunciado, ahí estaban el culto vacío, las injusticias con los pobres, la opresión de unos para con otros. Eso estaba ahí. Ananías dice, Dios hará brillar su gloria, pero es una gloria extraña. Es un esplendor extraño, porque no supone la transformación del corazón, ni supone la conversión, ni supone la penitencia. Por eso Jeremías nos da hoy una pista que va mucho más allá de esos tiempos del destierro. La gloria de Dios viene, se manifiesta. Dios sale por su pueblo. Dios va a hacer brillar su victoria. Todo eso es cierto. Pero la gloria de Dios tiene que resplandecer primero en el interior, primero en el corazón, primero en las obras que nacen de ese corazón renovado, para que luego sí aparezca el reconocimiento institucional, para que luego aparezca la relevancia social, para que luego aparezca la eficacia apostólica. Desde este punto de vista, la lectura resulta, creo yo, bastante actual, porque estas últimas tres cosas que he mencionado son cosas que nos preocupan a todos, pero sobre todo a los evangelizadores, sobre todo a las comunidades religiosas. Queremos eficacia apostólica, queremos una relevancia social, desde luego, no de clase, sino hombre. Pues que se vea que servimos para algo, que hacemos algo. Queremos, en fin, prestar un servicio que institucionalmente tenga un lugar, tenga una situación dentro del conjunto de la sociedad humana. Jeremías nos dice si toda esa parte externa, institucional, relevante y apostólica, toda esa parte viene, pero toda esa parte viene a partir de la Conversión profunda del corazón, de la aceptación de la Alianza en nosotros y de las obras que nacen de esa alianza celebrada en el corazón, convencido de sus palabras. Jeremías dictamina, sentencia, se enfrenta como en duelo a muerte al falso profeta Ananías, y le dice Mira: tú que has profetizado rebelión contra el Señor, tú vas a morir. Y desde luego, cuando se realizó, cuando se consumó la muerte de Ananías, la gente supo lo que le esperaba. Que Dios, pues con su espíritu, y en este ambiente de retiro que nos ha permitido Dios nos llame a conversión profunda, para que desde ese corazón renovado y esas obras coherentes con nuestra opción, podamos también presentar un rostro nuevo dentro de la Iglesia y dentro de la sociedad humana.

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